Del Puente de los Espías al Agente de CIPOL

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Cuando el presidente Barack Obama visitó Cuba recientemente, declaró que: “…Vine aquí a dejar atrás los últimos vestigios de la guerra fría…”. Una situación que muchos analistas políticos daban por superada pero de la que en la isla mayor de las Antillas aún quedan remanentes.

El enfrentamiento de Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, fue una confrontación política e ideológica que debe su nombre al consejero presidencial Bernard Baruch y su popularidad al columnista Walter Lippman, quien tituló su libro “Guerra Fría”.

El inicio de este difícil periodo en la historia de las relaciones internacionales se remonta a las desconfianzas entre los soviéticos por un lado, y los norteamericanos y los ingleses por el otro. Cómo cada ideología veía el mundo y la situación post II Guerra Mundial agravó las diferencias. Sucesos como la Guerra de Corea, el Plan Marshall, la crisis de los misiles, el bloqueo de Berlín, la OTAN y muchos casos más, jalonaron esos años de carrera armamentista o de temor a una hecatombe nuclear.

La coexistencia pacífica no fue más que un juego de palabras para enmascarar las tensiones geopolíticas que se dirimían de manera indirecta en los campos de batalla de los países de todo el mundo, como en Vietnam, los enfrentamientos entre árabes y judíos o la guerra civil afgana. La disolución de la Unión Soviética se produjo en 1991 por obra y gracia de Mijaíl Gorbachov, quien junto a George W. Busch dieron por terminada la contienda en la Cumbre de Malta de 1989.

Es impensable que el cine no se viese afectado por estos acontecimientos. La llamada “lista negra” de Hollywood, instaurada por influencias de las audiencias senatoriales que inspiró el senador Joseph Mccarthy, impedía trabajar a un grupo de directores, guionistas, actores y otros, acusados de apoyar la supuesta infiltración comunista en Hollywood.

Encontramos películas recientes que han tratado a la guerra fría en sus tramas llenas de espías, secretos nucleares o aviones derribados. Entre ellas tenemos El Agente Cipol de Guy Ritchie y El Puente de los Espías de Steven Spielberg, las dos del 2015. Ambas toman como punto geográfico de inicio o final ese Berlín del cual era tan difícil entrar como salir.

El Agente de Cipol narra en tono de comedia y salpicada de acción, el inicio de las andanzas de este grupo de espías en procura de dar con el paradero de un científico que ha inventado una especie de bomba atómica de los pobres, es decir, al alcance de cualquier país de recursos limitados o de un grupo que pueda pagar por ella y está basada en la famosa serie de TV de los años 60.

Los gobiernos de Estados Unidos, Rusia e Inglaterra se unen para combatir a una misteriosa organización internacional que como otras tantas, busca desestabilizar el mundo por medio de armas nucleares y como se sabe, solo las grandes potencias tienen licencias para andar aterrorizando al mundo o poseer armas de destrucción masiva.

El experticio visual de Ritchie es puesto al servicio de la historia que comandan Napoleón Solo, Ilya Kuryakin, Mr. Waverly o Gaby Teller, interpretados por Henry Cavill, Armie Hammer, Hught Grant y Alicia Vikander, en un filme que cumple su visión de entretener, ni más ni menos como cualquier blockbuster que se respete, para solaz y esparcimiento del espectador promedio.

Destacable esa presentación de los créditos iníciales que se integran a la narración con gran utilidad, pues nos van ilustrando al soltarnos la información necesaria para estar al tanto del tema, y una línea grafica que identifica las ciudades o los lugares donde se mueven los personajes, en una perfecta iconografía sesentera que nos deja bastante complacidos.

El Agente de la Cipol es un divertimiento que no por ligero resulta vacío de interés para quienes buscan ocupar su tiempo en releer la historia en clave colorista sin dejar de lado la especialidad del director, su humor malicioso o sus bien planificadas escenas de acción, y si no, póngale atención a las escenas de tortura cuando Napoleón Solo es capturado, la torpeza de Kuryakin al desenvolverse en un ambiente sofisticado, o la persecución en coche por Berlín.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La guerra fría nunca ha sido tan divertida, llena de acción o sofisticada, en un film no apto para amantes de la historia sin sentido del humor o hípsters en búsqueda de análisis profundos. Sin embargo, los conocedores podrán apreciar los toques de realismo servido por el director que ejecuta este divertimiento a conciencia, porque en la historia no todo son caras largas, también existe lugar para la sonrisa.

El Puente de los Espías es la última apuesta cinematográfica de Steven Spielberg y describe la historia del intercambio del espía soviético Rudolf Abel encarcelado en E. U. A., y de Francis Gary Powers, piloto del derribado del avión U-2 mientras sobrevolaba la URSS. Abel era defendido por el abogado James Donovan (Tom Hanks) con quien traba una cálida relación.

Abel detenido en 1957 y Powers capturado en 1960 y representan las dos caras de la misma moneda, obedientes soldados de sus gobiernos que los envían al combate . La guerra fría hará que estos peones se transformen en valiosas piezas de cambio por la información que manejan y por la simbología que representan para sus respectivas elites políticas.

Spielberg maneja con estilo el paralelismo en el tratamiento que se les da a ambos prisioneros, incluyendo la fachada legal para simular una defensa adecuada y la puesta en escena de los juicios condenatorios. El abogado Donovan es considerado despectivamente por su gobierno, sus compatriotas y hasta por los compañeros de trabajo, solo por el hecho de plantearse que el espía soviético debía de gozar de los mismos derechos de cualquier ciudadano sometido a juicio.

 

 

 

 

 

 

La brillante actuación de Mark Rylance contrasta con lo plano de las interpretaciones de sus compañeros de reparto, incluyendo al mismísimo Tom Hanks que pareciera no esforzarse mucho, regalándonos un festival de palabras y gestos anodinos, indignos de un actor veterano como él. De hecho, Rylance fue galardonado con el Oscar al Mejor Actor Secundario en la ceremonia de este año.

Es sorprendente que un director de la pericia narrativa de Spielberg naufrague en la gris pesadez de un filme correcto pero carente de atmosfera, y mucho menos que el guion estuviese firmado por Joel y Ethan Coen ni más ni menos. Al parecer, la guerra fría les dejo congeladas las habilidades artísticas a todo el elenco.

Berlín, una vez más, se convierte en protagonista del proceso de resolución del conflicto en una jugada a tres bandas, pues el socio alemán oriental quiso jugar su papel y no ser menos que el gran amigo ruso, para lo cual incluyó como pieza de cambio a un idealista estudiante norteamericano prisionero, pero hasta ahí llego su participación como actor de reparto del conflicto entre superpotencias.

Aun cuando ni el Agente de la Cipol o El Puente de los Espías sean obras de gran relevancia fílmica, son útiles para dar un panorama de los juegos de espionaje que caracterizaba esta época tan volátil y decisiva para la supervivencia de la raza humana, amenazada por las armas nucleares en manos de los halcones de ambos bandos.

El reflejo de la guerra fría en el cine se dio y se da en todos los géneros, especialmente en comedias para reírnos a mandíbula batiente o en pesados dramas cargados de suspenso que ilustran el estado de ánimo que vivió la población de ese periodo atrapada entre la carcajada, la histeria y el temor al holocausto nuclear.

Publicado originalmente en Vanguardia del Pueblo