Paul Verlaine: el verso musical

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Paul Verlaine nació el 30 de marzo de 1844. Considerado el maestro del decadentismo y principal precursor del simbolismo, es en realidad el único poeta francés que merece el adjetivo de «impresionista». Junto con Víctor Hugo, la crítica lo considera, además, el mayor poeta lírico francés del siglo XIX.

En 1871 conoce a Arthur Rimbaud que será una gran influencia no solo en su vida personal, sino también en su obra poética. Su etapa de madurez se inicia con la publicación de Romanzas sin palabras (1874), que revela una poética nueva, basada en la música del verso, y expresa su desgarramiento, dividido entre Rimbaud y Matilde Mauté su exesposa.

Su ensayo Los poetas malditos es el que servirá para denominar a una generación de poetas entre los que se encuentran el mismo Verlaine, Charles Baudelaire, Stephan Mallarmé y Arthur Rimbaud, entre otros.

Leemos algunos de sus poemas en los que, a pesar de la traducción, se nota la búsqueda de la musicalidad y la preocupación por el ritmo.

Mi sueño

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.

¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro,
el de virgen de aquellas que adorando murieron.

Como el de las estatuas es su mirar de suave
y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,
un eco de las voces queridas que se fueron…

Canción de otoño

Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.

Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.

Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.

Tú crees en el ron del café

Tú crees en el ron del café, en los presagios,
y crees en el juego;
yo no creo más que en tus ojos azulados.
Tú crees en los cuentos de hadas, en los días
nefastos y en los sueños;
yo creo solamente en tus bellas mentiras.
Tú crees en un vago y quimérico Dios,
o en un santo especial,
y, para curar males, en alguna oración.
Mas yo creo en las horas azules y rosadas
que tú a mí me procuras
y en voluptuosidades de hermosas noches blancas.

Y tan profunda es mi fe
y tanto eres para mí,
que en todo lo que yo creo
sólo vivo para ti.