Abelardo Castillo: “Para mí hay muchos mundos reales”

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Abelardo Castillo nació en Buenos Aires, pero asumió como lugar de nacimiento, por decisión, la ciudad de San Pedro, donde se trasladó con su padre en 1946 y vivió hasta los 18 años.

Publicó sus primeros cuentos en 1959 y en ese año ganó un premio en el concurso de la revista Vea y Lea. Fue, además, el fundador de la revista El Grillo de Papel, continuada por El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) y que se caracterizó por su adhesión al existencialismo, al compromiso sartreano del escritor. Luego, desde 1977 hasta 1986, dirigió El Ornitorrinco.

Obtuvo numerosos premios nacionales e internacionales y algunos de sus cuentos, novelas y obras de teatro fueron traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, eslovaco, ruso y polaco.

Algunos de sus relatos, como “El tiempo de Milena”, incursionan en lo fantástico con una clara influencia de Poe. Al respecto, dice Castillo: “Siempre escribí cuentos fantásticos y no hago ninguna diferencia con los otros. Para mí no hay un mundo real, hay muchos mundos reales, el de la locura es solo otro de los mundos reales. Lo que pasa es que en los 60, para un escritor de izquierda, escribir cuentos fantásticos estaba casi prohibido. Ese género pertenecía a la derecha y tuvo que aparecer Julio Cortázar para justificarlo también desde la izquierda”.

El tiempo de Milena

Claro que, tal como se presentaban las cosas ese atardecer, lo mejor era ir considerando la posibilidad de tomarla en serio, quiero decir que si ella, Milena, amenazaba acostarse con el primer imbécil que se cruzara en su camino, tal vez fuera razonable admitir que, efectivamente, era capaz de hacerlo. ¿O esa que estaba entrando en el hotel Las Brumas, de la calle Acoyte, en compañía de un tipo que debía de llevarle treinta años y que parecía un corredor de seguros que ha tenido un buen día, no era Milena? Por supuesto que era Milena. Podía no serlo, de acuerdo. Su larga pollera floreada, de hindú, su blusa de eso que las mujeres llamaban bambula y sus zapatillas chatas, el collar de varias vueltas y piedras de colores que le caía hasta la cintura, sus cuadernos de la facultad bajo el brazo, su pelo lacio y esa manera de caminar que le daba aquel aire de «mi ombligo es mi brújula», podían pertenecer a unas cincuenta mil adolescentes argentinas de los años sesenta, pero sólo una había discutido conmigo esa misma tarde en el bar La Comedia, a sólo una yo le había dicho que se hiciera revisar la cabeza con su pediatra, sólo una había amenazado irse a la cama con el primer imbécil que se le cruzara en el camino, a sólo una yo le había dicho que por mí podía acostarse con el Mahatma Gandhi, y sólo una, luego de levantarse de la mesa con un apreciable desparramo de pocillos y vasos me había dicho desde la puerta:

–¿Viste la casa de los perros?

–Qué casa de qué perros, perdón.

Yo estaba a unos tres metros, sentado todavía a la mesa, tratando de aparentar que aquél era un diálogo amistoso entre dos jóvenes modernos pero civilizados. Serían las tres de la tarde. Unas treinta cabezas se volvieron hacia la puerta del café. Me habían mirado y ahora miraban a Milena. Creí notar en el aire cierta ansiedad por su respuesta.

–Los perros de mármol. La casa a la que una vez me dijiste que le ibas a escribir un poema de mierda y me lo ibas a dedicar a mí.

Estábamos en los años sesenta, ya lo dije, pero de hecho no podíamos saberlo, o por lo menos yo no lo sabía. Milena, en cambio, sí lo sabía, tal vez era la única en aquel café que ya lo sabía.

–Vi la casa y vi los perros –admití–. Pero no pude haber dicho nada semejante porque nunca digo malas palabras.

Tampoco podía habérselo dicho una vez: sólo la conocía desde la noche anterior. Claro que el tiempo de Milena y el mío no corrían de la misma manera, ni siquiera, quizás, en el mismo sentido. Pero esto lo comprendí del todo muchos años después.

–Viste la casa –dijo Milena–, bueno. Hoy mismo estate por ahí a eso de las siete.

La puerta, súbitamente sin Milena, dio unos bandazos en el vacío como si por ella estuviera entrando o saliendo una fantasmal sucesión de Milenas invisibles.

Ahora eran las nueve de la noche y Milena, con aquel difuso anacronismo de traje gris, salía del hotel de la calle Acoyte. Milena saliendo de un hotel con un señor vestido de traje, como cuando años después nos enteramos de que Marilyn se acostaba con Kennedy. Happy Birthday, Mister President, por favor. En la esquina había un quiosco de flores, y si estaba por ocurrir lo que efectivamente ocurrió, era para vomitar. El tipo le compró un ramito. Ella le dio un beso en la mejilla y él tomó un taxi. Cuando el automóvil arrancó, Milena le hizo chau con una mano y con la otra amagó tirar las flores a la alcantarilla. Lo pensó mejor y se las devolvió a la florista. Bueno, por lo menos era parcialmente humana.

Vino directamente hacia mí.

–Te lo dije –dijo.

–No te imaginás lo celoso que estoy –dije yo–. ¿Ya te confesó que si no fuera porque la mujer tiene cáncer de próstata se casaba con vos?

Milena me miró, achicando los ojos.

–¿Las mujeres tenemos próstata? –preguntó con desconfianza.

–La de él, sí. La mujer de él se llama Osvaldo y es ingeniero agrónomo.

–Ja –dijo Milena.

Después estábamos en la puerta del bar La Paz, y esto, que se escribe fácil, requiere explicar que debimos de haber caminado unas cuarenta cuadras en silencio. Parece mucho, pero no lo es, o por lo menos no lo era. Yo tenía veinticinco años y Milena diecisiete. Lo más difícil de ese trayecto fue seguramente el silencio, no la distancia.

–No digas que no te di una chance –dijo Milena.

Todavía no habíamos entrado en el bar. Estábamos parados ante la puerta. Milena tenía ahora un aire lúgubre y algo rencoroso.

–Una chance –dije yo–. Vos me diste una chance a mí.

–Sí, tarado. Mirá lo que me hiciste hacer. Cuando me viste pasar podrías haberme dicho que me querías y agarrarte a patadas con el tipo.

–Eso es cierto –dije yo–. También podría haber hecho otra cosa.

–Qué –dijo Milena.

–Lo que voy a hacer ahora.

–¿Qué vas a hacer? –dijo Milena, otra vez desconfiada.

No se lo dije. Le pegué un sopapo tan sorprendente, incluso para mí, que Milena, después de abrir la puerta vaivén con la espalda, fue a caer sentada dentro del bar.

–Estos hippies son todos drogadictos –le comentó a su mujer un señor que pasaba.

Media cuadra antes de llegar a Callao, solo, yo iba pensando que esta chica no era para mí. Estaba loca, se vestía como Indira Gandhi y decía malas palabras. La había conocido esa misma madrugada, precisamente frente a la casa de los perros, y no nos habíamos separado en todo el día. Nos habíamos ido a la cama juntos a la hora de almorzar, habíamos discutido por Simone de Beauvoir a las tres de la tarde, a las siete ya me había sido infiel y a las diez de la noche del mismo día había conseguido convertirme en un varón golpeador. Si esto duraba una semana, íbamos a salir en el Libro de los Records Guinness. Pero que se muera, pensé. El señor de La Paz tenía razón, aunque sólo tomen leche, como Milena, estos hippies son todos drogadictos. Los drogan los chocolatines, la música pop, el agua mineral, la Revolución Cubana. Lástima que fuera tan linda, aunque la palabra exacta no es linda. Era mucho más que linda. Era como si fuera de ámbar. Cómo podía ser que una envoltura tan diáfana como el cuerpo de Milena encerrara semejante desastre. Momento en que oí detrás de mí una especie de tropel algodonoso, me di vuelta y caí de espaldas en mitad de la vereda, con Milena encima.

Nos separó un policía en el preciso instante en que Milena, montada sobre mi estómago, blandía una birome y decía que no me la clavaba en el ojo de lástima. Ese mismo vigilante nos llevó a la comisaría quinta, donde, en algún momento, sobrevino el siguiente diálogo.

–Él nunca me pegó –decía Milena–, y si me hubiera pegado no es cosa de ustedes. Es mi amante y puede hacer lo que quiera.

–Si es su amante, lo que puede es ir preso –dijo el oficial de guardia, y me miró–. La señorita es una menor.

–Le mentí –dijo Milena–. A él le mentí, le hice creer que tenía veintiuno. Y si no nos deja ir les juro que declaro que el tortazo me lo dio el vigilante. Pongo de testigos a todos los de La Paz. Por si no lo saben –agregó asombrosamente–, los derechos adquiridos no se pierden.

Nadie entendió qué quiso decir pero nos dejaron en libertad. Después era de madrugada y estábamos caminando otra vez por el Parque Lezica. Cruzamos hacia el caserón de los perros de mármol y Milena dijo que era una casa tan hermosa que le daban ganas de llorar.

–Sí, se ve que siempre fuiste muy sensible –dije yo–. Pero ahora explicame algo. Por qué esta tarde dijiste eso de que una vez yo te dije no sé qué cosa.

–Porque me lo dijiste. Dijiste que ibas a escribir un poema sobre esta casa y me lo ibas a dedicar a mí.

–Un poema de mierda –precisé.

–Eso me salió porque estaba enojada.

–Pero ¿por qué dijiste una vez? Yo te conocí ayer: estabas mirando la casa y yo me paré a hablar con vos, y entonces te lo dije.

Milena me miró. Separó apenas los labios como si estuviera a punto de decir algo, que finalmente no dijo.

–Vos qué sabés –murmuró.

No volví a verla hasta quince años más tarde. Y esto también se escribe fácil. Lo mejor, por ahora, es decir que en esos años los grandes amores no duraban mucho y que el nuestro no fue una excepción. Nos defendíamos del tiempo. Nadie quería que la mujer o el hombre de su vida envejeciera, y eso, supongo, tendía a acortar las pasiones. Era preferible recordar: el recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos. La casa de los perros fue demolida. Los hippies se transformaron en farmacéuticos o en melancólicos. Los Beatles se separaron. En Bolivia mataron al Che. Yo cumplí cuarenta años.

–Hola –dijo Milena.

Yo estaba sentado en un banco de la plaza de Córdoba y Jean Jaurés y hacía más o menos un minuto había tenido una revelación: había visto los perros de mármol. Era el mismo grupo de lebreles que, quince años atrás, ornamentaba el jardín de la casa de Parque Lezica, y ahora Milena estaba parada frente a mí. La misma pollera hindú, el mismo collar. Seguía teniendo diecisiete años. No quiero decir que era una mujer que parecía una adolescente, tampoco quiero decir que aquélla era su hija. Quiero decir que era Milena y que seguía teniendo diecisiete años.

Cuando lo imposible empieza a suceder, lo más razonable es aceptarlo con naturalidad.

–Hola –dije.

Ella se sacó con lentitud los anteojos negros que traía puestos y acercó su cara hacia mí.

–Hola –repitió.

–¿Qué te pasó en el ojo? –pregunté.

–Después del tortazo que me diste anoche preguntás qué me pasó en el ojo.

Hice una pausa.

–Para mí eso fue hace quince años, Milena.

–Sí –dijo Milena–. Pero vos no sabés nada.

De todas maneras, yo sabía. Lo supe quizá desde la primera vez que la vi. Milena no habitaba la misma realidad que yo, que ninguno de nosotros. Ella tenía un tiempo suyo, vivía en unos pocos días de los años sesenta como en una isla personal, y sólo ahí uno podía encontrarla, más o menos como a las náyades se las encuentra en sus ríos o a las sirenas en el mar. Todo cambiaba o se desmoronaba a su alrededor, pero ella seguía en un Buenos Aires donde, frente al Parque Lezica, había una gran casa con perros de mármol en el jardín; ella andaba, para siempre, con su collar hasta la cintura y su blusa de bambula, por una calle Corrientes donde seguían, indemnes, el cine Lorraine, los quioscos de revistas literarias, el bar La Comedia.

–Vos comprenderás que esto es imposible –dije.

–Cómo va a ser imposible si está sucediendo. –Me miró y se rio–. Los derechos adquiridos no se pierden.

Volvimos a pasar todo un día juntos. Del encuentro siguiente recuerdo menos su cuerpo que un largo paredón, un puente y, allá abajo, las vías del tren, en una madrugada de Caballito o de Flores. Después, es como un hueco y estamos caminando por la Boca. Hay, en algún lugar de mi memoria, un vago resplandor de mástiles iluminados y un eco remoto de canciones italianas que venían de cantinas. O, tal vez, eso fue otra noche, cinco o seis años más tarde. Esa noche, la de los mástiles, una violetera le había dicho:

–Pídale a su papá que le compre un ramito.

–Comprame –dijo Milena. Y a la violetera–: No es mi papá. Es mi amante.

–Con más razón –dijo la violetera.

–¿Viste? –oí cerca de mi nuca, al rato.

–Si vi qué.

–Que le pareció natural.

En ese momento Milena caminaba detrás de mí, pegada a mi espalda, abrazada a mi cintura y sincronizando sus pasos con los míos.

–No tiene nada de natural, Milena. Un hombre de mi edad no se pasea por la Boca, a la madrugada, jugando a los siameses, con una chica de diecisiete años que tiene un ojo negro y que, además, no existe.

–Ufa –dijo Milena.

Después dijo que el moretón ya casi ni se le notaba. En los tres últimos días se había puesto un bife crudo en el ojo. Lo había leído en una revista de boxeo, era lo mejor para los moretones.

En los últimos tres días, había dicho. Más de veinte años para mí. Cosa que apenas era grave, considerando lo que supe unos años más tarde, en la Costanera Sur. Yo no podía encontrarla voluntariamente: ella aparecía en cualquier momento y pasaba un día o dos conmigo. Por alguna razón, su tiempo, el tiempo de Milena, sólo abarcaba una semana. Ella me lo dijo o yo lo deduje de algo que dijo. Le pregunté por qué. Milena me miró como si yo fuera un chico idiota y cambió de conversación. Nuestro primer encuentro, el único que yo consideraba real, había ocurrido la madrugada de un domingo, frente al Parque Lezica.

–Según eso –dije–, nos conocemos desde hace cinco días.

–Chocolate por la noticia –dijo Milena.

Estábamos en un hotel de la Costanera, y ella, con lenta aplicación, se pintaba de plateado la uña del dedo gordo del pie. Para esa época mi generación había perdido ciertas ilusiones de cambiar el mundo y yo tenía más de cincuenta años. En la Costanera Sur nadie se fija mucho si un hombre de cincuenta años entra en un hotel con un travesti, con una cabra o con la hija.

–O sea que nos quedan dos días.

–Tú lo has dicho, Caifás –dijo Milena.

–¿Y cuándo voy a verte otra vez? –pregunté, después de pensarlo bastante.

–Mañana. Si querés.

Le pregunté cuándo era mañana para mí, y ella contestó que por qué no me callaba, que le hacía perder la concentración. En el cielo raso del cuarto había un gran espejo. Yo, de espaldas en la cama, le pedí que mirase hacia arriba.

–Sí –dijo Milena–. No sé cuál es la gracia de estos espejos. Si estás encima mío y abro un ojo te veo el culo.

–No seas irrespetuosa, Milena. Tengo tres veces tu edad. Lo que quiero preguntarte es qué ves.

–Me veo a mí mirando para abajo, y te veo a vos. Pegados al techo parecemos moscas.

–Me ves a mí. Lo que te pregunto es si pensaste qué vas a ver de mí mañana.

Milena guardó el frasquito y el pincel en su gran mochila floreada. Se me echó encima, bufando, acercó mucho la cara a mi cara y dijo:

–Te voy a ver a vos. Lo que estás mirando ahí no tiene nada que ver conmigo. Yo te voy a ver siempre como sos.

–Y cómo soy.

–Viejísimo –dijo Milena.

Eso fue hace años. Mañana fue hoy mismo. Cada día que pasa me gusta menos lo que veo en los espejos, me agito cuando subo por las escaleras, toso, y un día de éstos tendré que resignarme a dejar el cigarrillo. Esta vez no quise entrar con ella en ningún hotel. La traje acá. Hasta hace unas horas, Milena andaba por la casa preparando café, dándole de comer a mi gato, husmeando en mi biblioteca. En algún momento de la noche oí una especie de grito de pájaro y la vi venir con un papel en la mano.

–Me lo escribiste. Viste que me lo ibas a escribir.

–Sí, te lo escribí. Hace casi treinta años, cuando demolieron la casa. Es bastante malo.

–A mí no me parece –dijo Milena–. Pero acá pusiste que los perros son de piedra, y esos perros son de mármol.

Mármol no rima con nada. Piedra rima con hiedra.

Mármol rima con árbol –dijo Milena.

–No. Esa es una rima falsa, Milena.

–Y vos sos medio pedante –dijo Milena–. Qué es una rima falsa.

Era nuestra víspera, nuestro penúltimo encuentro, y ella quería saber qué es una rima falsa. Ni siquiera nos habíamos ido a la cama, suponiendo que hoy eso hubiera sido una buena idea. La había encontrado a la tarde, en Parque Chacabuco, jugando a la payana con unos chicos rotosos que parecían salidos de un cuadro de Berni. Yo volvía del médico y ella estaba sentada en el pasto, en la posición del loto, tirando piedritas hacia arriba y recogiéndolas con el dorso de la mano. Casi la piso. Dónde te creés que vas, me dijo desde allá abajo, riendo, y se puso de pie y me tomó del brazo, y ahora eran casi las doce de la noche y Milena quería que le explicara qué es una rima falsa.

–Fue una broma –dije.

También le dije que siempre había querido preguntarle algo.

–Zas –dijo Milena–. ¿Qué?

–Aquel día, me refiero al domingo, después de haber estado conmigo, ¿de veras fuiste capaz de acostarte con el cretino del traje? –Milena empezaba a abrir la boca cuando agregué–: Mentime, por favor.

–Cómo te gusta complicar la vida –dijo Milena. Pensó un momento, dudó y me miró–. No me acosté.

–¿Y a qué fuiste al hotel?

–Eso qué tiene que ver. Cuando estábamos adentro le dije que era virgen y que si me tocaba me ponía a gritar. Es un ayudante de cátedra. Terminó aconsejándome que no fumara tanto y explicándome la Revolución Mexicana.

–Me estás mintiendo.

–Usted sabrá –dijo Milena.

Tal vez yo me había equivocado el primer día, tal vez esta chica era, exactamente, para mí.

Como ya dije, pronto sería medianoche. Si ahora le pedía que se quedara a dormir conmigo, íbamos a entrar en un nuevo amanecer y este encuentro sería, definitivamente, el último.

Le pedí por favor que se fuera. Me preguntó por qué.

–Porque quiero verte mañana –le dije.

–Si me quedo, también vas a verme mañana.

–No es lo mismo, Milena.

Y ésta fue, hasta hace unas horas, mi historia con Milena.

Tal vez terminó esta noche, o tal vez me queda un día más. He pensado que aunque yo ignore cómo hallarla, ella, en su semana del sesenta, con su blusa de bambula y su pollera hindú y sus cuadernos de la facultad, vendrá a buscarme mañana. Ya conoce mi casa, ya sabe cómo encontrarme. Sólo espero, mientras me preparo a envejecer, que el mañana del tiempo de Milena no llegue, para mi tiempo, demasiado tarde.

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