Mallarmé y Celaya: dos poetas, dos compromisos

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Un día como hoy, nacieron Stéphane Mallarmé en 1842 y Gabriel Celaya en 1911. Francés uno y español el otro son dos poetas del compromiso, aunque de diferentes maneras.

Influido especialmente por Charles Baudelaire, Mallarmé renovó la poesía de la mano del simbolismo. Con el uso del verso libre, una particular sintaxis y un vocabulario poco común, sus poemas resultan muchas veces oscuros, de difícil lectura, pero cargados de significaciones. La palabra se llena de resonancias, y así el poeta asume el compromiso de eliminar toda anécdota de su obra, todo rastro de realismo para crear una nueva poética: “Pintar no la cosa, sino el efecto que produce”.

Formó, además, parte del grupo de los poetas malditos como Paul Verlaine, el mismo Baudelaire y Arthur Rimbaud entre otros.

RESURGIR

Primavera enfermiza tristemente ha expulsado
al invierno, estación de arte sereno, lúcido,
y, en mi ser presidido por la sangre sombría,
la impotencia se estira en un largo bostezo.

Unos blancos crepúsculos se entibian en mi cráneo
que un cerco férreo ciñe como a una vieja tumba
y triste, tras un sueño bello y etéreo, vago
por campos do la inmensa savia se pavonea.

Luego caigo enervado de perfumes arbóreos,
cavando con mi rostro una fosa a mi sueño,
mordiendo el suelo cálido donde crecen las lilas,

espero que, al hundirme, mi desgana se alce…
–Mientras, el Azur ríe sobre el seto y despierta
Tanto pájaro en flor que al sol gorjea–.

BRISA MARINA

Leí todos los libros y es, ¡ay! , la carne triste.
¡huir, huir muy lejos! Ebrias aves se alejan
entre el cielo y la espuma. Nada de lo que existe,
ni los viejos jardines que los ojos reflejan,
ni la madre que, amante, da leche a su criatura,
ni la luz que en la noche mi lámpara difunde
sobre el papel en blanco que defiende su albura
retendrá al corazón que ya en el mar se hunde.
¡Yo partiré! ¡Oh, nave, tu velamen despliega
y leva al fin las anclas hacia incógnitos cielos!
Un tedio, desolado por la esperanza ciega,
confía en el supremo adiós de los pañuelos.
Y tal vez, son tus mástiles de los que el viento lanza
sobre perdidos náufragos que no encuentran maderos,
sin mástiles, sin mástiles, ni islote en lontananza…
¡Corazón, oye cómo cantan los marineros!

EL HIJO PRÓDIGO

I
En aquellas en quienes el amor es una naranja seca
que preserva un viejo perfume sin el néctar bermejo,
busqué el Infinito que hace pecar al hombre
y sólo hallé un Abismo enemigo del sueño.
—¡El Infinito; sueño altivo que mece en su oleaje
los árboles y los corazones como arena fina!
—¡Un Abismo, erizado de zarzas ásperas, donde rueda
un fétido torrente de afeites mezclados con vino!
II
Oh, la mística, oh, la sangrante, oh, la enamorada,
loca de aromas de cirio y de incienso, que no supiste
qué Demonio te retorcía el atardecer en que, doliente,
puliste un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús.
Tus rodillas endurecidas por las oraciones ensoñadoras,
beso, y tus pies también que calmarían el mar.
Quiero hundir mi cabeza en tus muslos nerviosos
y llorar mi error bajo tu cilicio amargo:
allí, santa mía, embriagado por perfumes extáticos,
olvidando el negro Abismo y el Infinito amado,
luego de haber cantado muy quedo largos cánticos
adormeceré mi mal sobre tu fresca carne.

Gabriel Celaya fue uno de los poetas españoles de la generación literaria de posguerra y uno de los más destacados representantes de la que se denominó “poesía comprometida” o “poesía social”. Si bien transitó varias etapas, se lo recuerda por su propuesta de una poesía no elitista para transformar el mundo.

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

MOMENTOS FELICES
Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
–el pitillo en los labios, el alma disponible–
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro –sé que todo es fiado–,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
”Estaba justamente pensando en ir a verte”.
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?