El movimiento

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En una Pampa desértica, seca, agobiante, como pequeñas manchas se mueven algunos hombres, son guerreros agotados, alucinados, prisioneros de la inmensidad del territorio. Marchan tras la ensoñación de El Movimiento. Soldados movidos por y tras viejas y agotadas consignas, que hablan de la unidad del Movimiento, un ente fantasmal que ni siquiera es necesario explicarlo, darle nombre, alcanza solo con sugerirlo, como esas palabras secretas y mágicas de los chamanes que todo lo cura y todo lo salva.

En nombre de él se ejecutan crímenes aberrantes, caprichosos,  fatuos, hasta rememorar los fusilamientos del Sordo Pedernera que ataba a los condenados a la boca de sus cañones. Todos refieren a las Tablas de Sangre de José Rivera Indarte, o a las sangres vertidas en el Polvo y Espanto de Abelardo Arias o Las Lanzas Coloradas del venezolano Arturo Uslar Pietri.

Existe una nación en formación o exactamente en el camino inverso, si es que existe. Benjamín Naishtat, el director del film, no se desvela por dar certezas al espectador, todo lo contrario: lo intimida, lo expulsa fuera de la historia, como si no quisiera testigo de las aberraciones que está evocando.

Cuál es el Movimiento con que jugamos en la historia Argentina, que caudillo es el convocado en esta historia: Lavalle, Acha, Paz, Benavidez, Aldao, o cualquiera de los vencidos que han sido todos. No importa todos viven bajo el mismo sino: la tragedia. Las ropas, los modos, el mobiliario no evita pensar en el peronismo,  quizás rosistas, quizás unitarios. ¿Qué es el Movimiento? ¿Dónde va ese movimiento?

El personaje de Pablo Cedrón, otro de los grandes aciertos de film, será el caudillo o apenas un capitanejo insurrecto, que puede asesinar como a una res al hombre que hasta un momento antes había tratado con la cortesía de un político en campaña.

El Movimiento es una historia fragmentada o retazos de una historia que son lanzados sin orden sobre la pantalla, si de algo carece el film es de orden, como la Historia en sí misma. Su trama se deshace como esos mismos hombres,  como El Movimiento. Solo parece guiarnos hacia el caos, hacia la muerte.

Sobre el final la cámara se detendrá sobre los rostros de hombres y mujeres convocados por El Movimiento, rostros, cobrizos, lastimados, taimados, picaros, a los que le sobran cicatrices y le faltan dientes, pero si se observa con cuidado detrás de ellos convocados para una fiesta pasará una moto, y cuando uno cree que fue una perla, pasará un rastrojero que nos lleva a otro espacio y otro tiempo, entonces ¿de qué Movimiento hablamos?

El film con la extraordinaria fotografía en blanco y negro de  Yarara Rodríguez, sin duda no va a convocar multitudes, es pequeño, de cámara, tan áspero que va a exigir del espectador toda su atención, que además se llevará tan poco  como una terrible sensación de vacío y el remoto temor de ser parte de El Movimiento.