Boris Vian: la juventud existencialista

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Boris Vian (1920-1959) fue ingeniero, periodista, dramaturgo, novelista, actor, músico de jazz y autor de canciones. Fue, además, uno de los jóvenes intelectuales que se nutrió del existencialismo de Sartre. En sus comienzos publicó con el seudónimo de Vernon Sullivan.

Su primera novela, Escupiré sobre vuestras tumbas (1946), escandalizó al público por su violencia y su pornografía. Bajo la forma de una novela negra, contiene una rabiosa denuncia del racismo. Es autor asimismo de las novelas La espuma de los días (1947) y El otoño en Pekín (1947) –que revela el influjo de Raymond Queneau y de Eugène Ionesco–, y de poemarios como No quisiera morir (1962). Compuso incluso dos óperas: El caballero de nieve (1957), con música de G. Delerue, y Fiesta (1959), con música de D. Milhaud.

Como dramaturgo se anticipó al teatro del absurdo utilizando diálogos inconexos. Son famosas Descuartizamiento para todos (1950), comedia negra ambientada en un matadero, y la tragedia burlesca Los constructores del imperio (1959).

Boris Vian murió de un ataque al corazón en la butaca de un cine durante el estreno de la película basada en su primera y polémica novela.

Poemas

Si fuera poeta

Si fuera poeta
Sería un borracho
Tendría una nariz roja
Una gran caja
En la que apilaría
Más de cien sonetos
En la que apilaría
Mis obras completas.

Un poeta

Un poeta
Es un ser único
En montones de ejemplares
Que no piensa más que en verso
Y no escribe más que en música
Sobre motivos diversos
Unos rojos otros verdes
Pero magníficos siempre.

Si los poetas fueran menos tontos

Si los poetas fueran menos tontos
Y si fueran menos perezosos
Harían a todos felices
Para poder dedicarse en paz
A sus sufrimientos literarios
Construirían casas amarillas
Con grandes jardines delante
Y árboles llenos de pájaros
Mirliflautas y lisosos
Parongros y verderones
Y pequeños cuervos muy rojos
Que dirían la buena ventura
Habría grandes chorros de agua
Con luces dentro
Habría doscientos peces
Desde el crusco hasta el ramusón
De la libela al pepamulo
De la aguja al rara curul
Y de la avela al cañizón
Habría aire completamente nuevo
Perfumado con el olor de las hojas
Comeríamos cuando quisiéramos
Y trabajaríamos sin prisa
Para construir escaleras
De formas nunca vistas
Con maderas veteadas de malva
Suaves como ella bajo los dedos

Pero los poetas son muy tontos
Escriben para comenzar
En vez de ponerse a trabajar
Y eso les da remordimientos
Que conservan hasta la muerte
Encantados de haber sufrido tanto
Les dan grandes discursos
Y se les olvida en un día
Pero si fueran menos perezosos
Sólo en dos serían olvidados.

A mi amor

Como soy muy viejo, sé muchas historias,
Y he hecho para ti no menos de un ciento.
Oh, no es en verdad poderoso ni atento
No me han hecho falta esfuerzos meritorios

Pero es un poco loco, un poco blasfematorio
Un poco alegre a veces, un poco triste de paso
Guarda un poco de forma, y se va deformando
Si es preciso –pero era un motivo perentorio.

No me reproches que me burle de todo.
No me burlo. Me complazco sobre todo
En manosear en los rincones a mi pobre musa…

Ella desentona a menudo. Señora, no estoy al tanto
Y le hago daño en sus tiernos encantos…
Pero da un poco igual si eso te gusta.

Caída del demonio

Le seguía desde hace una hora,
Preparándole una emboscada.
¡Ah! Me iba a reír a carcajadas.
Pero él… Mucho mejor si llora…

En una existencia mejor
Lo mandaría, todo palpitante…
Él entra… Al punto, jadeante,
Lo empuño tan pronto aflora…

¡Pájaro maldito! ¡Estornino vil!
¡Esta noche se acerca tu fin!
Su cara estaba ya pálida,

Y yo reía con aire burlón…
Abrí la ventana de un empujón
Y lo proyecté al vacío…

Indecente soneto

Soñadora, imagina
Por las contraventanas
El sol de la mañana
Cerca de ella se arrima

Tal como en un ensueño
La veo a cada instante
Espejismo irritante
Quimera, señuelo

La clara salud
De la rosa luz
Colora su mejilla

Y en su cuerpo desnudo
El sol se ovilla
Amante desconocido.

A mi musa

Por qué me soplas siempre burradas
Yo no te he tratado como a una vil ramera
Me haces un bello verso, lo escribo, y sin espera
De improviso, ¡tac! Es una payasada

El mal calambur, la insulsa tontería
De más o menos gusto – menos diría yo antes
Recuerda a Diógenes con un traje elegante
A Pascal cancionista diciendo groserías

A Beethoven en un campo tocando el mirlitón,
A Paul Claudel en el aquelarre montado en un bastón
A un mal ensalmador curando a Hipócrates

Cantando un aire swing, Marcel Cachin desnudo
Pío Doce vestido de gran diablo cornudo…
Un gorro de payaso en la cabeza de Sócrates…