Elogio de Timothy Leary o el tripi académico

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La primera vez que me enteré de la existencia de Timothy Leary fue cuando se murió. Y sí, llegué tarde, como me sucede muchas veces. Lo que me llamó la atención, recuerdo, fue que un psicólogo de Harvard estaba filmando su propia muerte y la estaba transmitiendo por Internet. Piensen que esto sucedió en el año 1996, cuando la web aún estaba en sus comienzos. Al mismo tiempo, en la información que pude recolectar, se decía que el descanso último de Leary era el espacio exterior (?). Que sus restos mortales iban a ser enviados por una nave más allá de la atmósfera terrestre, hacia el Cosmos.

Con eso bastó para que se encendiera mi curiosidad. ¿Quién era ese señor extravagante, que hacía un uso tan particular de la naciente World Wide Web y que quería que su cuerpo inerte terminara flotando en el espacio?. Un poco de búsqueda activa y un poco de la azarosa provisión universal de información, hicieron de Timothy Leary un personaje legendario en mi propio Paraíso de las ciencias, las artes y los deportes.

(Este texto es una expiación literaria, casi con un tinte culposo judeocristianomusulmán. Leary es uno de aquellos autores que están en lista de espera desde hace por lo menos 20 años. Cuyos libros no son nada fáciles de conseguir, o mejor dicho no lo eran. Gracias al libro electrónico, ya tengo en mi poder “Chaos and the cyberculture”, del año 1994. ¡No veo la hora de empezarlo!. Dicho sea de paso, que sensación deprimente es saber que, por más que leamos como animales, hay libros que nunca en la vida vamos a poder leer).

Timothy Leary fue un destacado psicólogo norteamericano, con un doctorado en la Universidad de California, famoso por sus experiencias con ácido lisérgico. Sus investigaciones proponían el uso de drogas alucinatorias como una técnica terapéutica. A finales de los ‘50, junto a los escritores de la generación beatnik, hacían sesiones donde experimentaban con el LSD, recientemente descubierto y con hongos del tipo Psilocybe; allí participaban personajes como Allen Ginsberg, William Burroughs o Gregory Bateson, entre otros artistas y científicos. Pronto fue señalado como uno de los padres del movimiento hippie. De hecho él fue uno de los inventores de esas camionetas Volkswagen, pintadas de colores, con símbolos de la paz, que recorrían EEUU escandalizando a la conservadora sociedad de los ‘60.

Pero claro, no todo era paz y amor en aquellos dorados tiempos. Y la droga comenzaba a verse como un peligro más para el sistema reinante. Ya bastante problemas había con Vietnam y los derechos civiles. Pero Leary era claramente un inconformista, alguien que no iba a dejar sus convicciones a un costado, sólo porque los conservadores lo amenazaran. Así fue que terminó preso por posesión de drogas. Nixon lo odiaba. Lo consideraba el peligro número uno para los EEUU. La justicia quiso poner un castigo ejemplar y lo sentenció a 90 años. Por suerte se escapó, aunque eso enfureció aún más a la derecha yanqui. Hacia finales de los ’70, durante el gobierno de Carter, fue indultado.

Durante los ‘80 y los ‘90 se entusiasmó con la revolución informática. “La PC es el ácido lisérgico de los 90”, solía decir (yo creo que su eco resonó en aquellos pasillos de Puán en los comienzos del menemismo). Los videojuegos, los fractales, las cyber redes sociales, todo configura un nuevo estado cultural, donde lo global y lo local se mezclan, donde las identidades no son lo que parecen, sino que se dinamizan, tanto para bien como para mal. Donde existe un claro peligro de adicción y donde también es posible expandir la conciencia. Algo similar a lo que él proponía con respecto a las drogas alucinógenas.

En los ‘60 se postuló para gobernador de California, compitiendo contra Ronald Reagan. ¡Qué diferente hubiera sido el mundo si hubiera ganado!. Nos queda, de esa aventura, la maravillosa canción que le dedicaron los Beatles: “Come together”. Y claro el inconformismo y la pasión por los fenómenos que permiten ver más allá, aunque a veces nos dejen de recuerdo un poco de efecto residual.