La conciencia liberal de Hollywood

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A veces, de repetir medias verdades estas se convierten en leyes a las que creemos al pie de la letra. Se asume muy equivocadamente que la razón es sostenida por aquellos que están del lado de nuestra acera y que los contrarios están desposeídos de esa luz, cubiertos por la sombra de la ignorancia.

El opositor a las opiniones que sostenemos, pasa a ser, en virtud del pensamiento intolerante, la profunda y honda abertura cuya lóbrega apariencia es impedida de entrar en contacto con las preclaras e ilustradas ideas que poseemos a perpetuidad. Y ni por azar del destino es detentada por aquellos a quienes nos enfrentamos.

Combatiendo a los que cercenan el derecho a opinar, se puede uno alejar de los centros, peligrosamente cerca de los extremistas del otro bando. Y así venir a darnos cuenta de que nos hemos convertido en defensores de las verdades castrantes, negando a quienes nos adversan, los derechos que antes nos negaban ellos a nosotros.

Se requiere tener una cabeza fría y un espíritu crítico, o más bien autocrítico, para caminar armado de razones y no caer víctima de la tiranía de esa corrección. O para evitar ser aplastado por las ansias de una limpidez que nos convierta en los insensibles guardianes de todo lo inhumano, en defensa de una ortodoxia transformada en cáncer del espíritu.

Tanto tiempo hemos pasado abominando a la industria Hollywoodense que cuando nos ponen delante de nuestras narices obras de honda raigambre social, estas son despachadas destempladamente como productos fallidos de un capitalismo salvaje, fabricadas por seres con las almas amputadas por los valores monetarios.

Las conversaciones sobre los Premios Óscar del 2016 se han centrado en destacar el racismo imperante, en la exclusión de las minorías, en los merecimientos para recibir la distinción, pero se les ha escapado destacar las virtudes sociales de filmes como Primera Plana (Spotlight), La Gran Apuesta (The Big Short), Straight Outta Compton o Trumbo.

Primera Plana (Spotlight) fue la ganadora de la Mejor Película, y triunfó sobre la base de la defensa de la libertad de expresión, del bienestar del ciudadano enfrentando a un mal usado poder eclesial aliado a gente venida de todas las capas de la sociedad, pues ya se sabe que “la madre de todos los miedos es el miedo al miedo”, como decía el presidente Franklin Delano Roosevelt.

¿Cómo es que un conglomerado tan grande de gente, incluyendo a los mismos periodistas, no quisieran darse cuenta de los abusos que se estaban cometiendo contra la parte más desvalida de la sociedad como son los niños, y que ha llevado al Papa Francisco a pedir perdón por esos desmanes? La explicación es que ninguno quería perder su puesto en la repartición de bendiciones y canonjías, pero otros, los más humildes, carecían del poder para enfrentarse al poder.

Ese entramado que conjuraba además a los defensores de la ley, hacían de Boston una ciudad de susurros y silencios, de llantos impotentes, de miradas hacia otro lado para no ver. Y esa putridez es lo que retrata magistralmente Spotlight, porque no solo de osas hechas de CGI o de sufrientes haciendo muecas de dolor, vive Hollywood.

La Gran Apuesta (The Big Short), desmenuza con estilo el colosal fraude contra la sociedad norteamericana y mundial. Un hecho cometido por los grandes tiburones de las finanzas, que con su accionar llevó a la ruina a millones de personas que pusieron su confianza en una banda de estafadores vestidos de carísimos trajes amparados en un lenguaje técnico repleto de trucos para despojar de sus bienes a incautos de todo tipo.

Solo un pequeño grupo dentro del mismo sistema pudo darse cuenta de la catástrofe económica que se avecinaba. Demás está decir que nadie les hizo caso hasta que fue demasiado tarde. La precisión del análisis de estos expertos para predecir la debacle fue escalofriante.

La Gran Apuesta usa técnicas documentales, estructuras narrativas eficaces y el moderno lenguaje audiovisual, para poner a nuestra disposición las informaciones de una crisis que amenazó con llevarse de paro la estructura financiera mundial, ayudados por la impericia o la falta de visión de los gurús gubernamentales de la economía, comenzando con el jefe de la Reserva Federal Alan Greenspan.

Straight Outta Compton es la película que cuenta los inicios y la carrera del grupo N.W.A. donde militaron figuras como Dr. Dre, Ice Cube, Easy-E, Mc Ren y Dj Yella. Ellos cultivaron el llamado Gangsta Rap con unas letras agresivas, violentas y de un realismo lacerante, fruto de las precarias condiciones de donde salieron sus integrantes.

Esta película, que mereció más nominaciones por la calidad de su música, la disección de la vida de estos talentosos músicos y por describir sin filtros ni ningún tipo de atenuantes el racismo puro y duro de una nada diversa ciudad de Los Ángeles, en la California del sueño blanco y la pesadilla negra por allá por los años 80.

Straigh Outta debió ser impulsada por los auspiciadores del boicot al Òscar, y quizás hubiesen hecho algo útil, pero no puede esperarse semejante lucidez de un raperito de quinta categoría como Will Smith, o de un niño rico de New York como Spike Lee. Esta es una película que enfrenta al racismo de manera inteligente, mostrando a los representantes de este y su modus operandi, dejando ver unos reales luchadores contra esta peste del espíritu.

La mejor forma de enfrentarse a la censura y a la coacción de la libertad de expresión es la que se muestra en Trumbo, que no es un “biopic” al uso, ni la maravillosa historia de un poderoso superhéroe. Pues no, este filme describe la lucha infatigable de un grupo salido de las entrañas de Hollywood que se batieron a muerte en los 50 contra los anti-comunistas de la Guerra Fría.

¿Por qué razón un acomodado, exitoso y adorado guionista como Dalton Trumbo, se enfrentaría a la maquinaria derechista en la cumbre de su poder? ¿Qué personas, como los “Diez de Hollywood”, pondrían en peligro a sus familias y vidas para defender el derecho de decir las cosas como mejor les pareciera? Por varias razones, entre ellas, la libertad de conciencia y de expresión, solo eso.

Los “Diez de Hollywood” y Trumbo sufrieron la persecución del senador McCarthy, del sistema judicial, de los reaccionarios intolerantes como John Wayne y Hedda Hopper. Salieron a flote por la tenacidad de sus creencias y por la solidaridad grupal, que aun con traidores como Edward G. Robinson, entre otros, no fue capaz de quebrantarlos.

Así que cuando algún extremista de lengua veloz y manos frías quiera argumentar que Hollywood es solo una fábrica de trivialidades, no lo insulte ni lo avergüence de inmediato, hágale una lista, si quiere de las nominadas al Òscar de este año y después de haberlas visto todas, pregúntele si sigue manteniendo la misma opinión.

Existe un Hollywood liberal y defensor de las causas justas al lado de ese otro, racista, xenófobo e intolerante que fabrica churros como Nacido el 4 de Julio. En la fábrica de los sueños coexisten las dos caras del discurso, el conservador y el liberal. Así seguirá siendo por los filmes de los filmes. Amén.

 

Publicado originalmente en Vanguardia del Pueblo