John Steinbeck, heredero del naturalismo

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John Steinbeck (1902-1968) fue un escritor norteamericano que recibió el Premio Nobel en 1962. Heredero del naturalismo y con un estilo influido por la escritura periodística, no faltan, sin embargo, ni la expresión de sentimientos ni el simbolismo en sus obras principales: De ratones y hombres (1937), Viñas de ira (1939) y Al este del Edén (1952), todas llevadas al cine.

Hay en el autor un interés por los desposeídos, por la clase obrera, por las clases sociales más bajas, clara influencia de la escuela naturalista. Viñas de ira es considerada su mejor novela y está basada en artículos periodísticos que el mismo Steinbeck había escrito. En 1940, recibió el premio Pulitzer, pero sus ideas políticas a favor de las reformas llevadas a cabo por Franklin D. Roosevelt para favorecer a la clase trabajadora le acarrearon la condena de los sectores más conservadores.

Al Este del Edén sería llevada al cine por Elia Kazan con James Dean en el papel protagónico. Este libro fue el favorito del propio autor. Narra la historia de dos familias, los Trasks y los Hamilton, en el periodo que va desde el fin de la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial (1865-1914). El relato está concebido como una monumental alegoría sobre el problema del libre albedrío y la predestinación en relación con el mal.

En 1969 Steinbeck escribe Diario de una novela, sobre el proceso de creación de Al este del Edén, que se publica como Diario de una novela. Las cartas de Al este del Edén, en el 2008.

Diario de una novela, Las cartas de Al este del Edén (fragmento)

El oficio, o el arte de escribir, es el torpe intento de encontrar símbolos para lo que no se puede expresar con palabras. En una soledad absoluta, un escritor intenta explicar lo inexplicable. Y a veces, si la suerte se conjuga con el momento justo, puede llegar a sublimar un poco, sólo un poco, de lo que está intentando expresar. Y si uno es lo suficientemente consciente como para saber que no será capaz de lograrlo, entonces es que no es un escritor, en absoluto: quien de verdad lo es siempre trabaja con lo imposible.

Puede que éste sea el único libro que haya escrito jamás. Creo que cada hombre está destinado a uno solo. Cierto es que un hombre puede cambiar, o evolucionar de tal modo que se convierta en otro, por lo tanto, obtenga otro libro, pero no creo que ése sea mi caso.

Siento cómo la esencia creativa recorre todo mi ser buscando una salida para manifestarse, igual que el semen, concentrado en el hombre, pugna por emerger. De esto espero que surja algo hermoso y sincero: lo intuyo (aquí sigue en vigor el símil anterior).

Tom, mi hijo, tiene algún tipo de problema: se lo vi en sus ojos, en la actitud que tuvo ayer al esconder tan desabridamente sus emociones. No sé qué hacer, pero he de ayudarle. Se ha vuelto taciturno y Gwyn dice que descarado. Sé lo que es eso. Y por si fuera poco, está la mentira que va contando de que yo le voy a buscar todos los días al colegio: no diría eso, si no tuviese la necesidad real de que fuese verdad. Creo que lo mejor será que me acerque al colegio y hable con los que lo tratan cada día y lo conocen mejor. Eso haré. Y ahora, al trabajo.

No podría decir que ésta haya sido una buena semana, pero hago lo que puedo, el libro va hacia delante poco a poco; nunca retrocede, sino que acumula la tensión y eso es, exactamente, lo que quiero, e intento, que haga. Soy consciente de que la gente está acostumbrada a una tensión casi continua, llena de acción, y que yo esté realizando lo contrario, no será para ti, precisamente, algo bueno a la hora de editarlo. Sucede lo mismo con el teatro de hoy en día: si no gritan y se mueven continuamente por el escenario, no tiene éxito: es como si la gente hubiese perdido el don de escuchar, a lo mejor, nunca lo han tenido, quién sabe. Los libros que ahora admiramos, no tuvieron casi ningún éxito en la época en que fueron escritos. Sé que Moby Dick, tan ensalzado actualmente, no vendió todos los ejemplares de su primera y escasa tirada ni en diez años, y puede que este libro corra igual, o incluso peor, suerte; lo tildarán de anticuado y pasado de moda, cosa cierta en gran medida, ya que uno ha de fijarse mucho para encontrar la cantidad de innovaciones que estoy introduciendo. Digamos que, con respecto a su desarrollo, está más cerca de un Fielding que de un Hemingway, así que, a los incondicionales de Hemingway no les gustará. Habrás notado que a los jóvenes sólo les entusiasma una clase de libro, es como si no supieran que hay más, no amplían sus gustos. Yo mismo, de joven, era igual; me acuso de cometer el mismo delito.

Me pasé todo lo que quedaba de tarde con el sacapuntas, monté y desmonté su motor no sé cuántas veces. Vi que tenía una mina que lo atascaba, improvisé sobre la marcha pero lo arreglé, y es todo un mérito porque no tengo ni idea de motores.

Un libro es como un hombre: inteligente y estúpido, valiente y cobarde, hermoso y feo. Por cada página lograda, habrá otra malograda; como una bella flor y un desafortunado cruce de perro sarnoso. Por cada expresión sublime, habrá otra torpe; como un gracioso giro en rizo y el patoso batir de unas alas de cera que no soportan acercarse demasiado al sol.