Severo Sarduy, neobarroco cubano

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Severo Sarduy (1937-1993) es un narrador, poeta y crítico cubano que sigue la línea de José Lezama Lima y que se considera uno de los máximos exponentes del neobarroco cubano. En 1960, gracias a una beca del gobierno, se trasladó a París, donde se vinculó con el grupo de escritores estructuralistas, colaboró en la revista Tel Quel, y trabajó para Editions du Sueil y como guionista de la radiotelevisión francesa; después de este viaje, nunca regresó a Cuba.

En la narrativa de este autor, se nota la búsqueda de una nueva manera de expresarse. En este sentido, recibe la influencia del nouvelle roman de A. Robbe-Grilet. Sarduy se caracteriza por una narrativa experimental y de una gran complejidad lingüística, con un lenguaje literario lujoso y metafórico, y por su predilección por los argumentos fragmentarios y los personajes con muy poca caracterización psicológica, mostrados como un objeto más. Algunas de sus novelas son Gestos (1963), De donde son los cantantes (1967), Cobra (1972) –que recibió el premio Médicis– y Maytreya (1978).

Además de sus novelas, Sarduy dio a conocer dos colecciones de poemas, Big Bang (1974) y Daiquiri (1980); y una de relatos, Para la voz (1977). Entre sus ensayos se destacan Escrito sobre un cuerpo (1969), Barroco (1976) y Nueva estabilidad (1988).

Poemas

Aunque ungiste el umbral y ensalivaste…

Aunque ungiste el umbral y ensalivaste
no pudo penetrar, lamida y suave,
ni siquiera calar tan vasta nave,
por su volumen como por su lastre.

Burlada mi cautela y en contraste
?linimentos, pudores ni cuidados?
con exiguos anales olvidados
de golpe y sin aviso te adentraste.

Nunca más tolerancia ni acogida
hallará en mí tan solapada inerte
que a placeres antípodas convida

y en rigores simétricos se invierte:
muerte que forma parte de la vida.
Vida que forma parte de la muerte

El paso no, del Dios, sino la huella…

El paso no, del Dios, sino la huella
escrita entre las líneas de la piedra
verdinegra y porosa. Aún la hiedra
retiene las pisadas, aún destella

de su cuerpo el contorno sobre rojos
sanguíneos o vinosos: en los vasos
fragmentados, dispersos. No los pasos
del dios, sino las huellas; no los ojos:

la mirada. Ni el texto, ni la trama
de la voz, sino el mar que los decanta.
En su tumba –las islas ideograma

de esa página móvil donde tanta
frase, no bien grabada, se derrama–,
sumergida, tu estatua ciega, canta.

El rumor de las máquinas crecía…

El rumor de las máquinas crecía
en la sala contigua: ya mi espera
de un adjetivo –o de tu cuerpo– no era
más que un intento de acortar el día.

La noche que llegaba y precedía
el viento del desierto, la certera
luz –o tus pies desnudos en la estera–
del ocaso, su tiempo suspendía.

No recuerdo el amor sino el deseo:
no la falta de fe, sino la esfera
imagen confrontando su espejeo

con la textura blanca, verdadera
página –o tu cuerpo que aún releo–
vasto ideograma de la primavera.

Entrando en ti, cabeza con cabeza…

Entrando en ti, cabeza con cabeza,
pelo con pelo, boca contra boca:
el aire que respiras –la fijeza
del recuerdo–, respiro y en la poca

luz de la tarde –rayo que no cesa
entre los huesos abrasados– toca
los bordes de tu cuerpo; luz que apresa
la forma. Ya su cénit la convoca

a otro vacío donde su blancura
borra, marca de arena, tu figura.
El día devorando de sonidos

quema, de trecho en trecho, su espesura
y vuelca de ceniza la textura
en la noche voraz de los sentidos.

La transparente luz del mediodía…

La transparente luz del mediodía
filtraba por los bordes paralelos
de la ventana, y el contorno de los
frutos –o el de tu piel– resplandecía.

El sopor de la siesta: lejanía
de la isla. En el cambiante cielo
crepuscular, o en el opaco velo
ante el rojo y naranja aparecía

otro fulgor, otro fulgor. Dormía
en una casa litoral y pobre:
en el aire las lámparas de cobre

trazaban lentas espirales sobre
el blanco mantel, sombra que urdía
el teorema de la otra geometría.

Ni la voz precedida por el eco…

Ni la voz precedida por el eco
ni el reflejo voraz de los desnudos
cuerpos en el azogue de los mudos
cristales, sino el trazo escueto, seco:

las frutas en la mesa y el paisaje
colonial. Cuando el tiempo de la siesta
nos envolvía en lo denso de su oleaje,
o en el rumor de su apagada fiesta,

cuando de uno en el otro se extinguía
la sed, cuando avanzaba por la huerta
la luz que el flaboyant enrojecía,

abríamos entonces la gran puerta
al rumor insular del mediodía
y a la puntual naturaleza muerta.

Que se quede el infinito sin estrellas…

Que se quede el infinito sin estrellas,
que la curva del tiempo se enderece.
Y pierda su fulgor, cuando se mece
un planeta en su abismo y en las huellas

del estallido primordial. Aquellas
noticias recibidas del comienzo
de las galaxias, del vacío inmenso,
hoy son luz fósil. Paradojas bellas

que anuncian por venir lo transcurrido
y postulan pasado lo futuro.
Universo del pensamiento puro:

un espacio que fluye como un río
y un tiempo sin presente, opaco y frío.
El tiempo de la espera y del olvido.