Anaïs Nin, literatura erótica en versión femenina

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Anaïs Nin (1903-1977) fue una escritora que nació en Francia, pero a los 11 viajó a Estados Unidos con su madre y permaneció allí gran parte de su vida. Sus famosos diarios, que abarcan un período entre 1931 y 1974 en siete volúmenes, la hicieron famosa en 1960 y la convirtieron en punto de referencia para los movimientos feministas de la época. En estos, entre otras cosas, cuenta acerca de su vínculo con el escritor Henry Miller y su esposa June, y la relación incestuosa que tuvo con su padre.

Estudió psicoanálisis con Otto Rank y por su cuenta en la ciudad de Nueva York de 1934 a 1935. Luego regresó a Francia en 1935, donde colaboró en la creación de una editorial, Ediciones Siana, en parte porque ninguna se atrevía a publicar sus obras dado su gran contenido erótico.

En 1936 publicó su primera novela, La casa del incesto, y tres años después escribió Invierno artificial. Corazón cuarteado (1950), Una espía en la casa del amor (1954), Collage (1964) y Delta de Venus (1977) son otras de sus novelas más conocidas. Nin, sin dudas, fue una de las primeras mujeres en explorar el mundo de la literatura erótica.

Su relación con Henry Miller fue llevada al cine en 1990 por Philip Kaufman.

Fragmentos de sus diarios

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona”.

“Nunca me he tomado la molestia de describirme en el Diario, tiene gracia hablar con alguien sin decirle quién se es. Ahora voy a cumplir ese pequeño deber”.

“Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y estoy bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida, unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios. En general estoy seria, un poco distraída. Mi nariz es un poco Culmell, quiero decir, un poco larga, como la de la abuela. Tengo el pelo castaño, no muy claro, que me llega un poco por debajo del hombro. Mamá dice que son mechas, y yo siempre las oculto en una trenza o recogiéndomelo con una cinta. Mi carácter: me enfado con facilidad, no puedo soportar la menor broma, pero me gusta hacerlas. Me gusta el trabajo; adoro a mamá y a papá y por encima de todas mi tías y todo el resto de mi familia, sin contar mamá, papá, Thorvald y Joaquinito, quiero mucho a mi abuela. Me encanta leer y escribir es una pasión”.

“Creo firmemente en Dios y en todo lo que Dios me dice a través de la Santa Iglesia. Siempre recurro a la oración. Me cuesta tomar afecto, y sólo consigo querer a la gente que me parece igual que yo. Soy francesa, una francesa que ama, admira y respeta su país, una verdadera francesa. Siento admiración, aunque no tan fuerte, claro, hacia España y sobre todo hacia Bélgica. Mis pensamientos, el Diario los conoce tan bien como yo, incluso mi retrato”. (20 de Mayo de 1915)

“Siempre creí que era la artista que llevo dentro la que hechizaba. Creía que era mi casa esotérica, los colores, las luces, mis vestidos, mi trabajo. Siempre estuve dentro de la concha de la gran artista que trabaja, temerosa e inconsciente de mi poder. ¿Qué ha hecho el doctor Allendy?. Ha dejado de lado a la artista, ha manejado mi alma interior, sin sus antecedentes, sin mi creación. Incluso me ha inquietado su desinterés por la artista y me asombra que se haya apoderado así de mí, tan dépuillée de artificios, de ropajes, de encantos, de elixires”. (23 de octubre de 1932)

“No tengo ninguna moralidad. Sé que la gente se horroriza, pero no yo. Ninguna moralidad mientras el daño hecho no se manifieste por sí mismo. Mi moralidad no se reafirma cuando me enfrento con el dolor de un ser humano…”.

“Me fui a mi cuarto, envenenada. Soplaba incesante el mistral, seco y cálido. Así llevaba días, desde que llegué. Destrozaba mis nervios. No pensé en nada. Me sentía dividida, esa división me mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Herny. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad! Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosostros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno…”. (Escrito en julio de 1933 en Chamonix a partir de notas tomadas en junio de ese mismo año sobre las vacaciones con Le Roir Soleil y Anaïs en Valescure.)

“Habría querido terminar mi diario sin la confesión de un amor prohibido. Por lo menos, quería que mi amor incestuoso quedara sin escribir. Había prometido a mi Padre el más absoluto secreto. Pero una noche, aquí en el hotel, cuando me di cuenta de que no había nadie para hablarle de mi Padre, me sentí ahogada. Y empecé a escribir otra vez, mientras Henry leía a mi lado. Era inevitable. No podía eliminar mi diario cuando alcanzaba el clímax de mi vida, en el preciso momento en que más lo necesitaba para conservar mi sinceridad, por grande que fuera mi crimen”. (2 de julio de 1933)

Fragmento de Corazón cuarteado

La guitarra destilaba su música.
Rango la tocaba con el cálido color cobrizo de su piel, con la pupila de carboncillo de los ojos, con la espesa fronda de sus cejas, derramando en la caja color miel los sabores del camino abierto en el que vivía su vida de zíngaro: tomillo, romero, orégano, mejorana y salvia. Derramando en la caja de resonancia el vaivén sensual de su hamaca colgada en la carreta gitana y los sueños nacidos en su colchón de crin negra.
ídolo de los clubs nocturnos, en donde hombres y mujeres obstruían puertas y ventanas, encendían velas, bebían alcohol, y bebían de su voz y de su guitarra, las pociones y las hierbas del camino abierto, las cencerradas de la libertad, las drogas del ocio y de la pereza.
Al amanecer, las mujeres, sin contentarse con la transfusión de vida proporcionada por las cuerdas de tripa, henchidas de la savia de su voz traspasada a sus venas, querían tocar su cuerpo con sus manos. Pero al amanecer, Rango se echaba la guitarra al hombro y alejábase caminando.
-¿Estarás mañana aquí, Rango?
El mañana podía encontrarle tocando y cantando a la cola negra que su caballo meneaba filosóficamente, camino hacia el Sur de Francia.
Djuna se inclinaba hacia ese Rango ambulante para captar todo lo que su música contenía, y su oído detectaba la presencia de aquella inalcanzable isla de felicidad que había estado persiguiendo, que había entrevisto en la fiesta a la que nunca asistiera pero que, siendo niña, había contemplado desde la ventana. Y como un viajero perdido en un desierto, se inclinaba más y más anhelante hacia aquel espejismo musical de un placer desconocido para ella, el placer de la libertad.
-Rango, ¿querrías tocar alguna vez para que yo bailase? –preguntó con dulzura y fervor, y Rango, que iba a salir, se detuvo para inclinarse ante ella, con una inclinación de asentimiento que se había ido creando durante siglos de estilización y nobleza de porte, con una inclinación que denotaba la generosidad del gesto de un hombre que nunca había estado atado.
–Cuando quieras.
Mientras concertaban el día y la hora, y mientras ella le daba su dirección, caminaron instintivamente hacia el río.
Sus sombras, que avanzaban ante ellos, revelaban el contraste existente entre ambos. El cuerpo de él era dos veces mayor que el de ella. Djuna caminaba en línea recta, como una flecha; Rango deambulaba. Mientras le encendía un cigarrillo, las manos de él temblaban, las de ella permanecían firmes.
–No estoy borracho –dijo él, riendo–, pero me he emborrachado tan a menudo que, por lo visto, me han quedado manos temblorosas para toda la vida.
–Rango, ¿dónde tienes el carro y el caballo?
–No tengo carro ni caballo. Hace mucho tiempo que no los tengo. Desde que Zora se puso enferma, hace años.
–¿Zora?
–Mi mujer.
–¿Tu mujer también es gitana?
–No, y yo tampoco. Nací en Guatemala, en la cumbre de la montaña más alta. ¿Te sientes desilusionada? Esa leyenda era necesaria para mantenerme, para el club nocturno, para ganarme la vida. Y, además, me protege. En Guatemala tengo una familia que se avergonzaría de mi vida actual. Me escapé de casa a los diecisiete años. Me crié en un rancho. Incluso hoy en día mis amigos dicen: «Rango, ¿dónde tienes el caballo? Siempre parece que lo acabas de dejar en la cancela».
Viví con los gitanos en el Sur de Francia. Me enseñaron a tocar. Me enseñaron a vivir como ellos. Los hombres no trabajan; tocan la guitarra y cantan. Las mujeres les cuidan robando comida bajo sus amplias faldas. ¡Zora nunca logró aprenderlo! Se puso muy enferma. Tuve que dejar de vagar. Ya hemos llegado a mi casa. ¿Quieres pasar?
Djuna contempló la casa de piedra grisácea.
Todavía no había borrado de sus ojos la imagen de Rango en los caminos abiertos. El contraste resultaba doloroso y dio un paso atrás, súbitamente intimidada por un Rango sin caballo, sin libertad.

Las ventanas de la casa eran largas y estrechas. Parecían enrejadas. Djuna todavía no podía soportar la visión de cómo Rango había sido capturado, domesticado, enjaulado, de cuáles habían sido las circunstancias, y quién su artífice.
Estrechó su mano grandota, la mano grande y cálida de un cautivo, y le abandonó con tanta rapidez que él quedó aturdido. Permaneció sorprendido, balanceándose, encendiendo torpemente otro cigarrillo, preguntándose por qué ella había salido huyendo.
No sabía que Djuna acababa de perder de vista una isla de felicidad. La imagen de una isla de felicidad evocada por su guitarra se había desvanecido. Avanzando hacia un espejismo de libertad, había penetrado en un bosque lóbrego, el bosque lóbrego de sus ojos oscureciéndose al decir: «Zora está muy enferma». El bosque lóbrego de su pelo despeinado al inclinar la cabeza, arrepentido: «Mi familia se sentiría avergonzada de la vida que ahora llevo». El bosque lóbrego de su perplejidad en el momento de ir a entrar en una casa demasiado gris, demasiado mísera, demasiado hacinada para su cuerpo grande y potente.

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
La poción es la suma de toda nuestra existencia.
Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión… amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.

Trailer de Henry y June