El Renacido: mucho “Chivo” y poco “Negro”

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Decir que existe una obra original es erigir una mentira del tamaño de los zigurats babilónicos o de la Torre de Babel. La originalidad viene dada por la dosis de verdad expresiva que el artista insufla a su obra y a la habilidad artesanal de las manos que sirven de vehículo para plasmar lo que dicta la sensibilidad.

 

Se toma una pizca de esta obra o de este artista, se mezclan adecuadamente los ingredientes, se introducen al horno de la creatividad a la temperatura correcta, y lo que debe salir es un fruto original del espíritu artístico, adornado por influencias de obras y creadores precedentes, con la única condición de fundirse con el discurso del autor erigido en vocero de las musas.

El pecado original, por lo tanto, no es tomar de aquí o de allá, de este o de aquel. Lo imperdonable es la copia tal cual o que se noten las costuras y las sendas por donde se llegó a los resultados de un arte so pretexto de homenajes con dudosa justificación a figuras que no necesitan tal cosa.

Observando detenidamente El Renacido, la última película de Alejandro González Iñarritu, no dejan de venir a mi mente dos obras alejadas de esta en tiempo y espacio, como fueron Pequeño Gran Hombre (1970) de Arthur Penn, y Bailando con Lobos (1990) de Kevin Costner, por el tratamiento a personajes que conviven con el universo indígena.

La diferencia quizás esta en los tonos, pues el cinismo crítico de Penn no es la aproximación humanista de Costner sobre la lucha entre el hombre y sus instintos, o en la naturaleza interior de los humanos salvajes, esos blancos supuestamente civilizados, con una forzada vena poética que González Iñarritu quiere imprimir a El Renacido.

¿Y si no parasen ahí las dichosas influencias y nos viésemos atenazados por imágenes demasiado cercanas al cine de Andrei Tarkovski o al de un Terrence Mallick? De por sí, eso no está penado por “las tablas de los mandamientos de la ley fílmica”, siempre y cuando saquen un producto digno que exprese sus verdades estéticas.

El Renacido narra la historia de Hugh Glass, representado por Leonardo DiCaprio, guía de un grupo de tramperos. Son atacados por un grupo de indios que les quitan una parte de las pieles obtenidas en la cacería. Más tarde, Glass es atacado por un oso y su capitán lo deja malherido al cuidado de su hijo indígena Hawk, y dos de sus hombres, entre ellos, John Fitzgerald (Tom Hardy).

La animadversión de Fitzgerald por Glass es evidente desde el inicio del filme, y en la primera oportunidad mata a Hawk, convence al otro cuidador de un supuesto ataque de la tribu que los acosa, dejando abandonado a Glass, quien sobrevive a pesar de sus gravísimas heridas. De ahí en adelante, es una ruta para vengar la muerte de su hijo a manos del odioso cazador.

El director y su encargado de fotografía se regodean hasta el hartazgo del espectador, con un concierto de bellísimas imágenes de la naturaleza virgen y salvaje que no agregan absolutamente nada al relato, alargando la duración de la película más allá de lo prudente, un alarde de esteticismo que no agradecemos a Emmanuel -El Chivo- Lubezki.

¿Dónde comienza la responsabilidad de uno y termina la del otro? No sé si es como afirma el certero analista mexicano de cine Saúl Arellano Montoro, que González Iñarritu -El Negro-, quiso complacer a Emmanuel Lubezki -El Chivo-, pero esos excesos entorpecen el normal desenvolvimiento de la historia.

El tema indígena, que salpica y da vueltas a los protagonistas durante toda la trayectoria de la película, no es tratado con la profundidad que se merece. El director pierde una oportunidad de oro para fundir la cosmovisión indígena y blanca en el gran relato del atropello de los primeros por los segundos, en el marco de la justa venganza que busca un hombre martirizado por sus recuerdos y los eventos sangrientos más recientes.

Si se asume El Renacido como vehículo de lucimiento de Leonardo DiCaprio para por fin conseguir su ansiado Oscar, quizás no estemos tan equivocados. No ahonda en el alma del personaje, que es de una riqueza inigualable, se ahoga en las orillas de un alma torturada que sus habilidades actorales no logran atrapar nunca.

Si queremos llamar actuación a una sucesión de expresiones de dolor y gestos vacíos, podemos hacerlo, pero en nuestra opinión, DiCaprio nunca estuvo a la altura del personaje por más que lo intentase. Podrán darle el Oscar porque ya le toca, como afirma otro renombrado crítico mexicano de cine, Irving Torres Yllán, pero no porque en esta película haya estado a la altura de su personaje.

Cuidado por suponer que tenemos dudas de la capacidad de Leo como actor, pero los actores, como cualquier artista tienen sus aciertos y sus fallos, y en El Renacido, con su personaje Glass, el no tuvo uno de sus mejores trabajos. A lo más que llega es a hacer lo que no pudo en el Titanic, a superar el frio.

En donde sí tenemos una verdadera actuación es en un convincente Tom Hardy, interpretando a John Fitzgerald, que transparenta su odio racista contra Glass y su hijo Hawk, a uno por su afinidad con los indígenas y al otro por serlo.

Hardy borda un personaje detestable, indigno de nuestra simpatía. Carente de cualquier sensibilidad que no sean las ganancias monetarias, y por lo tanto creíble a los ojos del público. Es imposible evitar sentir repulsión por un ser que todo lo ve en blanco y negro. Lo que hace Hardy es entregarse al personaje, metiéndose en su piel, sintiéndolo, todo lo contrario de DiCaprio, que lo exhibe, no lo vive.

La debilidad de El Renacido tiene su origen en un guión muy centrado en la acción del personaje Glass (DiCaprio), que no pudo asumir el mundo interior de éste, pues todo estaba basado en pruebas de resistencia o de supervivencia por medio de acciones físicas, y no internas. Los intentos de dotar de trascendencia al film mueren allí, la venganza está justificada en palabras y acciones, pero no en emociones ni sentimientos.

Igualmente se queda por debajo en su desempeño, nuestro admirado Ryuichi Sakamoto, quien no logra hacernos sentir empatía por su música, la que en este caso carece de la personalidad de otras creaciones suyas en el cine, sin aportar gran cosa. Sakamoto se queda en la mera ilustración de unas imágenes tan bellas como vacías.

Alejandro González Iñarritu se queda en El Renacido a las puertas, al borde de dar un paso más allá en sus películas. Pudo más su afán esteticista que la profundidad narrativa. Así es el arte, un complejo proceso de toma de decisiones no siempre acertadas.

El Renacido es un filme estéticamente hermoso, con altibajos en muchas áreas, sobre todo en la guionística y en la actoral, en la música o en su concepto fotográfico, aunque acertado en el gusto de ciertos públicos y en los votantes de la Academia. Pero para nuestro gusto la película tuvo “mucho Chivo y poco Negro”.

Publicado originalmente en Vanguardia del Pueblo