John M. Coetzee, brillantez y honestidad intelectual

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John M. Coetzee, escritor sudafricano en lengua inglesa, nació en Ciudad del Cabo en 1940. En sus novelas, se puede rastrear un cuestionamiento de las realidades del colonialismo equiparable al de Joseph Conrad. Es, además, un escritor que trabaja en privado y  que se aseguró de que sus datos biográficos interesen menos que sus novelas.

En diciembre de 2003, es el segundo autor sudafricano que recibe el Premio Nobel de Literatura. En su caso la Academia destacó su «brillantez y la honestidad intelectual» así como su «conciencia crítica». Fue también el primer escritor galardonado en dos ocasiones con el Premio Booker, considerado el más prestigioso de la literatura en lengua inglesa.

Su primera novela es Tierras del poniente en 1974; en 1977 publica En medio de ninguna parte y luego vienen Esperando a los bárbaros (1980), Vida y época de Michael K (1983) y Foe (1986). La edad de hierro (1990), El maestro de Petersburgo (1994), y Desgracia (1999) son algunas de sus otras novelas.

“La anciana y los gatos” es un cuento que leyó en el marco de inauguración del seminario Tres días con J.M. Coetzee, en la Universidad Central de Bogotá del 8 al 10 de abril del 2013. El autor hizo una lectura en público de su trabajo que revela las conversaciones de un hijo con su madre, la consagrada escritora Elizabeth Costello, con quien el autor recupera uno de sus personajes más emblemáticos que dan nombre a la novela homónima publicada en 2003, poco después de ser galardonado con el Nobel.

La anciana y los gatos

Le resulta difícil aceptar que, para tener esta conversación corriente aunque necesaria con su madre, deba ir hasta donde ella reside, en este pueblo ignaro de la meseta de Castilla, donde siempre hace frío, donde para cenar te dan un plato de frijoles y espinacas, y donde además uno debe mostrase educado con respecto a esos gatos medio salvajes suyos que se desperdigan por todas partes cada vez que entras en la habitación. ¿Por qué, en el crepúsculo de su vida, su madre no puede instalarse en algún lugar civilizado? Ha sido complicado llegar hasta allí, será complicado volver; incluso estar allí con ella será más complicado de lo necesario. ¿Por qué todo lo que toca su madre tiene que ser tan complicado?
Los gatos están por todas partes: hay tantos que parecen dividirse y multiplicarse delante de sus ojos como amebas. También está la presencia no explicada de ese hombre en la cocina del piso de abajo, sentado en silencio, inclinado sobre un tazón de frijoles. ¿Qué hace ese desconocido en casa de su madre?
No le gustan los frijoles, le van a dar gases. Seguir la dieta de los campesinos españoles del siglo XIX solo porque estás en España le parece una muestra de afectación.
Los gatos, que no han comido y que seguro no toleran los frijoles, rodean los pies de su madre, se retuercen y se limpian con la lengua intentando llamar su atención. Si estuvieran en su casa, los echaría a patadas. Pero, por supuesto, esta no es su casa, solo es un invitado, debe comportarse de forma educada, incluso con los gatos.
–Ese es un sinvergüenza –observa, señalando–, ese de ahí, con la marca blanca en la cara.
–Para ser precisos –dice su madre–, los gatos no tienen cara.
Los gatos no tienen cara. ¿Ha vuelto a quedar como un idiota?
–Quiero decir el que tiene la mancha blanca alrededor del ojo –se corrige.
–Los pájaros no tienen cara –dice su madre–. Los peces no tienen cara. ¿Por qué van a tener cara los gatos? Las únicas criaturas con cara de verdad son los seres humanos. Nuestra cara es lo que nos hace humanos.
Por supuesto. Ahora lo entiende. Ha cometido un error léxico. Mientras que los seres humanos tienen piernas, los animales tienen patas; mientras que los seres humanos tienen narices, los animales tienen hocicos. Pero, si los seres humanos son los únicos que tienen caras, ¿con qué y a través de qué encaran los animales el mundo? ¿Rasgos anteriores? ¿Un término así satisfaría la pasión por la exactitud de su madre?
–Un gato tiene semblante, pero no cara –dice su madre–. Un semblante corporal. Ni siquiera nosotros, tú y yo, nacemos con caras. Nos las tienen que sacar, como el fuego se saca del carbón. Yo te saqué una cara, desde tus profundidades. Recuerdo cómo me agachaba para ponerme encima de ti y soplaba, día tras día, hasta que al final tú, el ser que llamaba hijo mío, empezó a surgir. Era como convocar un alma.
Se calla.
El gato de la llamarada blanca ha empezado una pelea con un gatito más viejo por una hebra de hilo.
–Con cara o sin ella –dice él–, me gusta lo alegre que es. Los gatitos prometen mucho. Es una pena que pocas veces se cumpla.
Su madre frunce el ceño.
–¿Qué quieres decir con cumplir, John?
–Quiero decir que parece que todos prometen que se convertirán en individuos, en gatos individuales, cada uno con la promesa de un carácter individual y una distinta visión del mundo. Pero al final se convierten en gatos, en gatos intercambiables y genéricos, representantes de la especie. Siglos de relacionarse con nosotros no parecen haberles ayudado. No se individualizan. No desarrollan verdaderas personalidades. Como mucho muestran rasgos de carácter: el vago, el petulante y cosas así.
–Los animales no tienen personalidades, del mismo modo que tampoco tienen caras –dice su madre–. Te decepcionas porque esperas demasiado.
Aunque su madre le lleva la contraria en todo lo que dice, no le parece que sea hostil. Sigue siendo su madre, es decir, la mujer que lo trajo al mundo y que después, de forma cariñosa pero distraída, lo cuidó y lo protegió hasta que encontró su camino en la vida, y que luego se olvidó de él, más o menos.
–Pero si los gatos no son individuos, madre, si no son capaces de ser individuos, si son sencillamente una encarnación tras otra del Gato Platónico, ¿por qué tener tantos? ¿Por qué no solo uno?
Su madre ignora la pregunta.
–Un gato tiene alma pero no personalidad –dice–. Si entiendes la distinción.
–Es mejor que la expliques –dice–. Con palabras sencillas, en beneficio de este forastero de pocas luces.
Su madre ofrece una sonrisa que es claramente cariñosa.
–Los animales no tienen cara, estrictamente hablando, porque no tienen la musculatura fina en torno a los ojos y la boca de la que gozamos los humanos para que nuestras almas puedan manifestarse. Así que sus almas son invisibles.
–Almas invisibles –reflexiona–. ¿Invisibles para quién, madre? ¿Invisibles para nosotros? ¿Invisibles para ellos? ¿Invisibles para Dios?
–Sobre Dios no sé nada –dice ella–. Si Dios lo ve todo, todas las cosas deben resultarle visibles. Pero invisibles para ti y para mí, sin duda. Invisibles, para ser precisos, también para los otros gatos. Los gatos usan medios diferentes para comprenderse unos a otros.
¿Ha recorrido tantos kilómetros para oír esto: tonterías místicas sobre almas de gatos? ¿Y qué hay del otro hombre en la cocina? ¿Cuándo va a explicar su madre quién es? (Esta pequeña casa no está hecha pensando en la intimidad, oye al hombre de la cocina resoplar quedamente, como un cerdo, mientras come.)
–Comprenderse unos a otros –dice–. ¿Qué significa eso? ¿Olerse las partes íntimas o algo más elevado? ¿Y –de pronto se vuelve más atrevido– quién es el hombre que está abajo? ¿Trabaja para ti?
–El hombre de la cocina se llama Pablo –dice su madre–. Cuido de él. Lo protejo. Pablo nació en este pueblo y ha vivido aquí toda la vida. Es tímido, no reacciona bien ante los desconocidos, por eso no te he presentado. Pablo pasó una época difícil hace un tiempo, cuando, como se suele decir, se exhibía. De forma habitual y sin provocación. No a mí –cuando llegas a cierta edad los hombres dejan de exhibirse ante ti– sino a mujeres jóvenes, y también a niños.
”Servicios Sociales quería llevarse a Pablo y encerrarlo en lo que llamaban un lugar seguro. Su familia, es decir, su madre y su hermana soltera, no se opusieron, ya les había causado bastantes problemas. Fue entonces cuando intervine. Prometí a la gente de Servicios Sociales que cuidaría de él si dejaban que se quedara. Prometí vigilarlo, asegurarme de que no se portara mal. Y eso es lo que he hecho y he seguido haciendo. Ese es el hombre de la cocina.
–Así que esa es la razón por la que no viajas. Porque te tienes que quedar aquí y vigilar al exhibicionista del pueblo.
–Cuido de Pablo y cuido de los gatos. Los gatos también tienen una relación tensa con el pueblo. Hace algunas generaciones eran gatos domésticos corrientes. Luego, la gente que vivía en pueblos como este empezó a irse a las ciudades, a vender su ganado, y abandonó a los gatos de la casa. Por supuesto, los gatos se asilvestraron. Regresaron a la naturaleza. ¿Qué otra opción tenían? Pero a los que se han quedado en los pueblos no les gustan los gatos salvajes. Les disparan cuando pueden, o les ponen trampas para capturarlos y ahogarlos.
–Abandonados por sus domesticadores, volvieron a ocupar sus almas salvajes –señala.
La observación quería ser frívola, pero su madre no ve el chiste.
–El alma no tiene cualidades, no es salvaje ni doméstica ni nada –dice–. Si el alma tuviera cualidades, no sería un alma.
–Pero has dicho que era un alma invisible –objeta–. ¿La invisibilidad no es una cualidad?
–No existen los objetos de percepción invisibles –contesta–. La invisibilidad no es una cualidad del objeto. Es una cualidad, una capacidad o incapacidad, del observador. Decimos que el alma es invisible si no podemos verla. Eso dice algo de nosotros. No dice nada del alma.
Él niega con la cabeza.
–¿De qué te sirve, madre –dice–, estar sola en este pueblo dejado de la mano de Dios, en las montañas de un país extranjero, metida en discusiones bizantinas sobre sujetos y objetos, mientras unos gatos salvajes, llenos de pulgas y Dios sabe qué otros parásitos, merodean debajo de los muebles? ¿Esta es la vida que quieres?
–Me estoy preparando para la próxima mudanza –contesta–. La última mudanza –lo mira a los ojos, está tranquila, parece hablar totalmente en serio–. Me estoy acostumbrando a vivir en la compañía de seres cuya forma de ser es diferente a la mía, más diferente a la mía de lo que puede entender mi intelecto humano. ¿Eso tiene sentido para ti?
¿Tiene sentido para él? Sí. No. Ha venido a hablar de la muerte, la perspectiva de la muerte, la muerte de su madre, y de cómo prepararse para ella, pero no de la vida de su madre después de la muerte.
–No –dice él–, no tiene sentido para mí, no.
Mete un dedo en el potaje de frijoles y estira la mano. El gatito con la llamarada blanca detiene su juego, huele cautelosamente el dedo, lo lame. Mira al gatito a los ojos, y durante un momento el gatito le devuelve la mirada. Detrás del ojo, tras la grieta negra de la pupila, ¿qué ve? ¿Hay un destello momentáneo, una luz que rebota desde el alma invisible del interior? No puede saberlo con seguridad. Si había un destello, lo más probable es que fuera su propio reflejo en la pupila.
Con ligereza, el gato salta del sofá, y, con la cola levantada, se aleja.
–¿Entonces? –dice su madre. Sonríe ligera y quizás incluso burlonamente.
Él niega con la cabeza, se limpia el dedo en la servilleta.
–No –dice–, no lo veo.

Duerme en la pequeña habitación que da a la calle. La habitación es tan fría que casi no puede obligarse a desnudarse. Se duerme acurrucado en forma de pelota bajo la fría ropa de cama. Se despierta en mitad de la noche, helado. Saca la mano para tocar la pequeña estufa que había dejado encendida junto a la cama. Está fría. Enciende el interruptor de la lámpara que hay junto a la cama, pero no hay luz.
Sale de la cama, pelea en la oscuridad con los cerrojos de la maleta, se pone calcetines, pantalones, una parka. Se envuelve la cabeza con la bufanda. Luego, mientras le castañetean los dientes, vuelve a la cama y duerme mal hasta el amanecer.
Su madre lo encuentra en el comedor, acuclillado sobre las brasas del fuego de la noche anterior.
–Se ha ido la luz –dice, acusadoramente.
Su madre asiente.
–¿Has encendido una estufa en tu cuarto por la noche? –pregunta.
–La he dejado encendida porque tenía frío –dice–. No estoy acostumbrado a esta forma de vida primitiva, madre. Vengo de la civilización, y en la civilización rechazamos la idea de que la vida debe ser un valle de lágrimas.
–Sea o no un valle de lágrimas –dice su madre–, la cuestión es que en esta casa, si enciendes una estufa entre la una y las cuatro de la madrugada, las horas en las que se calienta el agua para el baño, la luz se corta. –Se detiene, lo mira con una expresión ecuánime–. No seas infantil, John –dice–. No me decepciones. No nos quedan muchos días juntos, a ti y a mí. Deja que vea lo mejor de ti, no lo peor.
Si su mujer le hubiera dicho algo así habría habido una pelea: una pelea, y una atmósfera agria que habría durado varios días. Pero de su madre, parece, está dispuesto a admitir una cierta cantidad de amonestaciones. Su madre puede criticarlo y él baja la cabeza, dentro de ciertos límites, incluso aunque la crítica sea injusta (¿cómo iba a saber lo del calentador?). ¿Por qué, en presencia de su madre, vuelve a convertirse en un niño de nueve años, como si las décadas que han pasado solo fueran un sueño? Sentado frente al fuego extinguido, gira la cara hacia la de ella. Léeme, le dice, aunque no pronuncia una sola palabra. Tú eres la que dice que el alma se expresa en la cara, así que ¡lee mi alma y dime lo que necesito saber!
–Pobrecito –dice su madre, y alarga la mano y le revuelve el pelo–. Tenemos que endurecerte. Si todo el mundo fuera como tú, nunca habríamos sobrevivido a la Era de Hielo.
–¿A cuántos gatos das de comer? –le pregunta.
–Depende de la época del año –responde–. Ahora alimento a doce habituales, más algunos visitantes ocasionales. En verano bajan los números.
–Pero seguro que si les das de comer se multiplican.
–Se multiplican –concede ella–. Es la naturaleza de los organismos sanos.
–Se multiplican en progresión geométrica –dice él.
–Se multiplican en progresión geométrica. Por otro lado, la naturaleza también cobra su cuota.
–Aun así, entiendo que tus vecinos del pueblo estén molestos. Una desconocida se traslada a su pueblo y empieza a dar de comer a los gatos silvestres, y al poco tiempo hay una plaga de gatos. ¿No estás alterando cierto equilibrio? ¿Y qué pasa con los caballos que terminan como comida para gatos para que tú puedas dar de comer a esos gatos tuyos? ¿Piensas en los caballos?
–¿Qué quieres que haga, John? –dice su madre–. ¿Quieres que deje morir a los gatos? ¿Quieres que solo dé de comer a unos pocos elegidos? ¿Quieres que les dé tofu en vez de carne? ¿Qué estás diciendo?
–Podrías empezar por esterilizarlos –contesta–. Si te encargases de que los atraparan y esterilizaran, a todos, y corrieras con los gastos, quizá los vecinos del pueblo te dieran las gracias en vez de maldecirte entre dientes. La última generación de gatos, la esterilizada, podría vivir feliz, y ahí se acabaría todo.
–Una situación en la que todos ganan, de hecho. –Su madre suena brusca.
–Sí, si prefieres decirlo así.
–Una situación en la que todos ganan, de la que yo saldría convertida en un ejemplo brillante de cómo se puede tratar el problema de los gatos salvajes de forma racional y responsable, y al mismo tiempo con humanidad.
Él se queda en silencio.
–No quiero ser un ejemplo, John. –En la voz de su madre oye los comienzos del filo duro e insistente que íntimamente considera obsesivo–. Que otra gente sea un ejemplo. Yo voy donde me lleva mi alma. Siempre lo he hecho. Si no entiendes eso de mí, no entiendes nada.
–Cuando se usa la palabra alma, normalmente dejo de comprender –dice–. Pido disculpas. Una consecuencia de mi educación demasiado racional.
No comparte la obsesión de su madre con los animales. Si se enfrenta a la elección entre los intereses de los seres humanos y los intereses de los animales, elegirá sin duda a favor de los seres humanos, de los suyos. Benigna pero distante: así describiría su relación con los animales. Distante porque, a fin de cuentas, hay una gran distancia entre los humanos y el resto.
Si de él dependiera la resolución del problema del pueblo y su plaga de gatos, si su madre no participara en modo alguno –si su madre hubiera fallecido, por ejemplo–, diría Mátenlos a todos, diría Exterminen a esas bestias. Gatos salvajes, perros salvajes: el mundo no necesita más. Pero, como su madre está involucrada, no dice nada.
–¿Tengo que contarte –dice ella– toda la historia de los gatos, de mí y los gatos?
–Cuéntame.
–Cuando llegué a San Juan, una de las primeras cosas de las que me di cuenta era que los gatos locales huían si captaban en el aire un leve olor a presencia humana. Y con razón: los seres humanos habían demostrado ser enemigos despiadados. Eso me parecía una pena, no quería ser la enemiga de nadie. Pero ¿qué podía hacer? Así que no hice nada.
”Después, un día, dando un paseo, vi un gato en una alcantarilla. Era una hembra, y estaba en el acto de dar a luz. Como no podía huir, me miró y gruñó. Una criatura pobre y medio muerta de hambre, que paría a sus cachorros en un lugar asqueroso y húmedo, pero que estaba dispuesta a dar la vida por defenderlos. Yo también soy madre, quería decirle. Pero, por supuesto, ella no lo entendería. No querría entenderlo.
”Fue entonces cuando tomé la decisión. Llegó en un instante. No requirió ningún cálculo, ningún balance de pros y contras. Decidí que en la cuestión de los gatos daría la espalda a mi propia tribu –la tribu de los cazadores– para ponerme del lado de los cazados. Costara lo que costase.
Tiene más cosas que decir, pero él la interrumpe, no puede desaprovechar la oportunidad.
–Un buen día para los gatos del pueblo, pero un mal día para sus víctimas –observa–. Los gatos también son cazadores. Acechan a sus presas –pájaros, ratones, conejos– y, lo que es más, se los comen vivos. ¿Cómo resolviste ese problema moral?
Ella ignora la pregunta.
–No me interesan los problemas, John –dice–, ni los problemas ni las soluciones a los problemas. Aborrezco la mentalidad que ve la vida como una sucesión de problemas que se presentan al intelecto para que los resuelva. Un gato no es un problema. Ese gato en la alcantarilla me hizo un llamamiento y respondí. Respondí sin cuestionarlo, sin recurrir a un cálculo moral.
–Conociste a la madre gato cara a cara y no pudiste rechazar su llamamiento.
Ella lo mira perpleja.
–¿Por qué has dicho eso?
–Porque resulta que ayer me dijiste que los gatos no tienen cara. Y me acuerdo de que, cuando era pequeño, me sermoneabas sobre la mirada del otro, sobre el llamamiento que no nos atrevemos a rechazar cuando nos encontramos cara a cara con el otro, a no ser que estemos dispuestos a negar nuestra propia humanidad. Un llamamiento que es anterior y más primitivo que la ética: así es como lo llamabas.
”El problema, decías, era que la misma gente que hablaba de cómo nos interpela el otro no quería hablar de ser interpelada por los animales. No aceptaban que en los ojos de la bestia que sufre es posible encontrar un llamamiento que solo se puede rechazar pagando un coste elevado.
”Pero –ahora me lo pregunto– ¿qué es exactamente, según tú, lo que negamos cuando rechazamos el llamamiento de la bestia que sufre? ¿Negamos nuestra animalidad común? ¿Qué estatus ético tiene esa curiosa abstracción, animalidad? ¿Y cuál es exactamente el llamamiento que nos llega de los ojos del animal, unos ojos que, según tú, carecen de la musculatura fina necesaria para expresar el alma? Si el ojo animal es simplemente un instrumento óptico inexpresivo, quizá lo que crees ver en el ojo animal no sea otra cosa que lo que tú deseas ver. Los animales no tienen ojos de verdad, no tienen labios de verdad, no tienen caras de verdad: estoy dispuesto a aceptar todo eso. Pero, si no tienen caras, ¿cómo es posible que nosotros, seres con caras, nos reconozcamos en ellos?
–No he dicho que la gata de la alcantarilla tuviera una cara, John. He dicho que vio en mí a un enemigo y me gruñó. Un enemigo ancestral. Un enemigo de la especie. Lo que me ocurrió en ese momento no tenía nada que ver con un intercambio de miradas: tenía que ver con la maternidad. No quería vivir en un mundo en el que un hombre con botas se aprovecharía del hecho de que estás de parto, vulnerable, impotente, incapaz de huir, para patearte hasta la muerte. Ni quiero un mundo en el que mis hijos o los hijos de cualquier otra madre sean separados y ahogados porque alguien ha decidido que son demasiados.
”Nunca puede haber demasiados hijos, John. De hecho, deja que te confiese una cosa, me habría gustado tener más hijos. No es nada personal, pero cometí un lamentable error cuando me limité a ustedes dos solos, tú y Helen: dos hijos, un número agradable, pulcro y racional que debía demostrar al mundo que los padres no son egoístas, no piden más que su justa porción del futuro. Ahora que es demasiado tarde, desearía haber tenido muchos hijos. Me encantaría ver a niños corriendo por las calles otra vez (¿has visto lo muerto que se queda un pueblo como este si no hay niños?): niños y gatos y perros y otras pequeñas criaturas, huestes de ellas, huestes y huestes de ellas.
”En las fronteras del ser –así es como yo lo imagino– están todas esas pequeñas almas, almas de gato, almas de ratón, almas de pájaro, almas de niños que no han nacido, amontonadas, rogando por ser admitidas, rogando por encarnarse. Y quiero dejarles entrar, a todas, aunque solo sea por un día o dos, aunque solo sea para que puedan echar una mirada rápida a este hermoso mundo nuestro. Porque, ¿quién soy yo para negarles la oportunidad de encarnarse?
–Es una imagen bonita –dice él.
–Sí, es una imagen bonita. Sigue. ¿Qué más quieres decir?
–Es una imagen bonita, pero ¿quién va a alimentarlos a todos?
–Dios los alimentará.
–Dios no existe, madre. Lo sabes.
–No, Dios no existe. Pero al menos, en el mundo que espero y por el que rezo, todas las almas tendrán una oportunidad. No habrá más seres que no han nacido esperando al otro lado de la puerta, llorando porque les dejen entrar. Cada alma tendrá un turno para probar la vida, que es, de forma incomparable, la dulzura más dulce que existe. Y al fin podremos levantar la cabeza, nosotros, señores de la vida y la muerte, señores del universo. No tendremos que seguir en la puerta, diciendo: Lo siento, no pueden entrar, no los queremos, son demasiados. Bienvenidos, podremos decir en cambio, adelante, los queremos, los queremos a todos.
No está acostumbrado a ver a su madre en ese estado de ánimo rapsódico. Así que espera, le da todas las oportunidades de volver a la tierra, de matizar. Pero no, ese ánimo no la abandona: la sonrisa en sus labios, el brillo de animación, la mirada a lo lejos que no parece incluirle.
–Si hablo por mí –dice al final–, te lo garantizo, me habría gustado tener más de una hermana. Lo que me molesta, sin embargo, es esto: si tuvieras que criar a una docena de hijos en vez de dos, ¿dónde estaríamos ahora Helen y yo? ¿Cómo te habrías podido permitir la cara educación que nos preparó para los trabajos bien pagados y las vidas cómodas que afortunadamente tenemos? ¿No me habrías mandado, de niño, a recoger trozos de carbón en un patio de carga o a escarbar en busca de patatas en los campos? ¿Helen no habría tenido que ir a fregar suelos? ¿Y tú? Con todos esos niños exigiendo tu atención, ¿cuándo habrías tenido tiempo para pensar ideas elevadas y escribir libros y hacerte famosa? No, madre: si me dan la oportunidad de elegir entre nacer en una familia pequeña y próspera y nacer en una familia grande y azotada por la pobreza, siempre elegiría la familia pequeña.
–Qué forma tan rara de ver el mundo tienes –reflexiona su madre–. ¿Te acuerdas de Pablo, el hombre que conociste anoche? Pablo tenía muchos hermanos y hermanas, pero se fueron a la gran ciudad, lo dejaron atrás. Cuando Pablo estaba en un momento de necesidad, los que fueron a rescatarlo no fueron sus hermanos ni sus hermanas, sino la mujer extranjera, la vieja de los gatos. Los hermanos y las hermanas no se aman necesariamente, mi niño. No soy tan ingenua como para creer eso.
”Dices que, si tuvieras que elegir entre ser profesor en una universidad y trabajar en una granja, escogerías ser profesor. Pero la vida no es una cuestión de elecciones. Ahí es donde te equivocas. Pablo no empezó como un alma desencarnada que afrontaba la elección entre ser el rey de España y el tonto del pueblo. Vino a la tierra y cuando abrió sus ojos humanos y miró a su alrededor he aquí que estaba en San Juan Obispo, y era lo más bajo de lo más bajo. La vida como un conjunto de problemas que resolver; la vida como un conjunto de elecciones que realizar: ¡qué forma tan extraña de ver las cosas!
Es absurdo intentar discutir con su madre cuando se encuentra de este humor, pero tiene una última salida.
–Sin embargo –dice–, sin embargo, has decidido intervenir en la vida del pueblo. Has decidido proteger a Pablo del sistema de servicios sociales. Has decidido hacer de salvadora de los gatos del pueblo. Podrías haber elegido algo bastante distinto. Podrías haberte sentado en tu estudio, mirar por la ventana, escribir escenas humorísticas sobre la vida en la España rural y mandarlas luego a las revistas.
Su madre lo interrumpe con impaciencia.
–Sé qué elección es, no hace falta que me lo digas. Sé cómo te sientes cuando decides actuar. Sé todavía mejor cómo es cuando decides no actuar. Podría haber elegido escribir esas escenas bobas de las que hablas. Podría haber decidido no comprometerme con los gatos del pueblo. Sé exactamente cómo es y a qué sabe el proceso de deliberación y decisión, exactamente cuánto pesa en la mano. La otra forma de hablar no es cuestión de elección. Es un acuerdo. Es una entrega. Es un Sí sin un No. O sabes lo que quiero decir o no. No voy a explicarme más. –Se levanta–. Buenas noches.
Va a la cama en su segunda noche en San Juan con un gorro de lana, un jersey, pantalones y calcetines, y duerme mejor por eso. Cuando entra en la cocina en busca del desayuno se siente casi afable; sin duda, tiene hambre.
La cocina está agradablemente luminosa y tibia. Del viejo horno de hierro fundido llega un crujido brusco. Junto al horno, en una mecedora, con una alfombra sobre las rodillas, está Pablo, que lleva gafas y parece estar leyendo un periódico.
–Buenos días –le dice a Pablo.
–Buenos días, señor –le responde Pablo.
No hay señal de su madre. Le sorprende: antes se levantaba pronto. Se hace café, se sirve cereales y leche.
Ahora que lo ve de más cerca, Pablo no está leyendo sino revisando un montón de recortes de periódicos. La mayoría, cuidadosamente doblados, van a una caja de cartón que está abierta en el suelo, a su lado; conserva algunos en el regazo.
Teniendo en cuenta lo que su madre le ha dicho de Pablo, espera que los recortes muestren a mujeres con poca ropa. Pero, como si percibiera su desaprobación, Pablo levanta uno para que lo vea.
–El papa –dice.
Es una fotografía de Juan Pablo II, vestido de blanco, inclinado hacia delante en su trono, levantando dos dedos para dar la bendición.
–Muy bien –le dice a Pablo, y asiente y sonríe.
Pablo levanta una segunda fotografía. Otra vez Juan Pablo. Sonríe otra vez. ¿Sabe Pablo, se pregunta, que el papa polaco está muerto, que ahora hay un alemán en su trono? ¿Cuánto tardan las noticias en llegar a este pueblo?
Pablo no le devuelve la sonrisa, pero abre los labios y enseña los dientes. Sus dientes son diminutos, tan pequeños y tan numerosos que le recuerdan a los de un pez; parecen estar envueltos en una película blanca, una película demasiado densa y pegajosa para ser saliva. Este debe ser, se dice, el aspecto que tendrían tus dientes si no te los lavas en un año; e inmediatamente siente tanta repulsión que no puede seguir comiendo. Se lleva la servilleta a la boca y se levanta.
–Scusi –dice, y deja la habitación.
Scusi: palabra equivocada, italiano: ¿cómo se dice en español que lo sientes, pero no puedes soportar mirar a tu interlocutor a la cara?
–¿Se lava? –le pregunta a su madre–. He visto que no se lava los dientes. No sé cómo soportas estar cerca de él.
Su madre se ríe con alegría.
–Sí. E imagina cómo sería el sexo con él. Pero, bueno, en general a los hombres les da igual cómo huelen. A diferencia de las mujeres.
Están sentados en el pequeño jardín trasero, los dos, empapados de un sol bastante pálido.
–Y… ¿Lo he entendido bien? –dice–. ¿Este hombre será el heredero de tu patrimonio español? ¿Es un paso prudente? ¿Cómo puedes estar segura de que no echará a los gatos en cuanto tú no estés?
–¿Cómo puedo estar segura de Pablo? ¿Cómo podemos estar seguros de cualquiera? Podría crear una fundación, supongo, de la que Pablo recibiría un estipendio mensual, y contratar a un agente que hiciera visitas sorpresa para comprobar que Pablo cumple con su deber. Pero eso se parecería demasiado a El castillo de Kafka, ¿no crees? No, los gatos tendrán que probar suerte con Pablo. Si al final Pablo es una manzana podrida, tendrán que seguir cazando para mantener el cuerpo y el alma juntos. Primero los legendarios años de abundancia bajo la buena reina Elizabeth, luego los tiempos oscuros bajo el mal rey Pablo: si eres de natural filosófico, como la mayoría de los animales, te encogerás de hombros y te dirás que así es el mundo y seguirás con tu vida.
–Aun así, madre, para hablar en serio un momento, si quieres dejar el pueblo mejor que cuando lo encontraste, ¿no sería una buena opción una fundación legal? No una fundación dedicada a que Pablo sea honesto, sino una fundación que se encargue de animales sin hogar. Podrías permitírtelo.
–Encargarse de… Ten cuidado, John. En algunos círculos encargarse de significa eliminar, significa sacrificar, significa dar una muerte misericordiosa.
–Encargarse sin eufemismos: eso es lo que quiero decir. Ofrecerles un santuario y alimentarlos y cuidar de ellos cuando sean viejos o estén enfermos.
–Lo pensaré. Aunque he de decir que prefiero algo más sencillo. Darle mi bendición a Pablo y recordarle que dé de comer a los gatos. Porque también es cosa suya, este acuerdo, por poco apetecible que a ti te parezca él. Para mostrarle que confío en él, en quien nadie ha confiado nunca. Quizá también le escriba un par de líneas al papa, y le pida que le eche un ojo a su sirviente Pablo. Quizás eso sirva. Pablo es devoto del papa, como habrás visto.

Es sábado y ha llegado el momento de marcharse, de conducir hasta Madrid y subir a su vuelo de regreso a América.
–Adiós, madre –dice–. Me alegro de haber tenido la oportunidad de verte en tu guarida en las montañas.
–Adiós, mi niño. Saludos a los chicos y a Norma. Espero que esta larga excursión haya merecido la pena. Pero ¡ssh! –Levanta el dedo índice, sin llegar a ponérselo en los labios, eso no sería propio de ella–. No hace falta que me lo digas, solo estás cumpliendo con tu deber. Cumplir con el deber no tiene nada de malo. El deber, no el amor, es lo que hace que el mundo gire. El amor es bonito, lo sé, un plus agradable. Pero no es de fiar, desgraciadamente. No siempre fluye.
”Pero despídete también de Pablo. A Pablo le gusta sentirse incluido. Dile Vaya con Dios. Es la forma antigua de decirlo.
Va hacia la cocina. Pablo está en su lugar de costumbre, en la mecedora junto a la estufa. Alarga una mano.
–Adiós, Pablo –dice–. Vaya con Dios.
Pablo se pone en pie, lo abraza, le da un beso en cada mejilla. Oye el pequeño estallido de saliva cuando Pablo separa los labios, huele el dulce hedor de su aliento.
–Vaya con Dios, señor –dice Pablo.