Hombre mirando al sudeste, revisitado

0
0

En el año 1987 se estrenaron treinta y dos películas argentinas. Quizás sólo dos de ellas merezcan hoy día la atención del investigador: se trata de Hombre mirando al sudeste de Eliseo Subiela y Sentimientos (Mirta de Liniers a Estambul) de Jorge Coscia y Guillermo Saura.

En 2016 la película de Subiela cumple treinta años, ya que fue rodada y estuvo lista para ser estrenada en 1986. Sin embargo, los exhibidores del país se mostraron totalmente inseguros con respecto al film, ya que el público elegía, según se adujo, otro tipo de material. Por consiguiente, luego de un paseo por  premios internacionales y de su larga estadía en la cartelera de otros países, recién se conoció en Argentina en abril de 1987. Y fueron los jóvenes de aquel momento quienes concurrieron masivamente a verla.

Hombre mirando al sudeste se vio postergada luego por la trayectoria posterior del realizador, quien eligió un tipo de cine que presumía apto para consumo de sus fieles seguidores. El plano final de la tercera película de Subiela, en donde el protagonista arltiano relata su vida su propio hijo, ya está dando indicios del camino que tomará el realizador –cfr. el final de Últimas imágenes del naufragio (1989)-.

REFLEXIONES EN SOLEDAD

Si en un primer momento la película provocó cierto escándalo en algunos grupos, en especial entre los psiquiatras, también consiguió la burla del habitual cenáculo de intelectuales que la consideraron cursi. Se criticaba en especial la banalización del uso de la novena sinfonía de Beethoven y las pretensiones de Subiela con respecto a la “alta” cultura. El espectador común podía no conocer La invención de Morel de Bioy Casares, o ignorar El perseguidor de Julio Cortázar o El himno a la alegría de Schiller. En realidad, las alusiones del guión a esta clase de productos culturales indican más bien la pretensión del director de hacer saber que ha leído o escuchado. Otro tanto ocurre con el nombre del médico, Julio Denis, un seudónimo juvenil de Julio Cortázar Y la enumeración podría seguir.

Cuando se habla de cine el terreno es siempre resbaladizo e inseguro. Finalizada la polémica que originó su estreno y con el rumbo posterior que tomó el director, Hombre mirando al sudeste parece haber caído en el tan criticado limbo de el cine de los años 89. Y sin embargo, el misterio sobre esta obra singular prosigue y es harto difícil develarlo.

En la superficie parecería ser una crítica a los hospitales neuropsiquiátricos, concretamente al Borda. En 1963 Subiela había rodado allí un corto –Un largo silencio y se encontró con un ambiente en el que nada había cambiado en 1986. Las palabras del psiquiatra con las que en voz over recibe a un nuevo paciente

  • Bienvenido al infierno.

dan cuenta de lo que el profesional piensa del lugar. Pero no sólo eso: se sabe que el médico se encuentra en una crisis personal en el momento de abordar a quien resulta una incógnita: Rantés.

 

EL PUNTO DE VISTA

Sólo conocemos a Rantés a través del psiquiatra. Es la voz over del doctor Denis la que guía el texto. Y también podemos ver al profesional en la soledad de su departamento, añorando lo que fuera su familia a través de las imágenes. Incluso la noticia de la muerte de Rantés nos llega a través de esa voz over: “El nueve de febrero de 1985 era sábado (…) Llegó al fondo del pozo (…) No soportó la anestesia y tuvo un paro cardíaco”.

Este hombre, que se despierta aterrado ante la visión de una pintura de Magritte, es también quien recibe las informaciones de los otros acerca de Rantés. La primera, la referida al enfermo número treinta y tres, está a cargo de otro interno:

  • Es un hombre muy bueno doctor. Y viene de muy lejos.

Aún cuando la cámara escamotee a Denis y en plano detalle veamos la caja de cartón que contiene las fotografías del final, será el médico quien nos lleve a conocer a quien se presenta como la incógnita de la película. Los pacientes lo tomarán como un líder. En plano semicenital se lo verá inmóvil y en la repetición de ese plano ya estará rodeado de compañeros que toman su misma posición. “Se pasaba horas inmóvil, sin pestañar, totalmente aislado, en algún lugar que yo sospechaba estaba demasiado lejos, pero no lejos hacia fuera como él decía, sino hacia adentro”.

Para esa voz over de Denis y para el staff médico del hospital es un N.N. “No está fichado, no existe, no es nadie”. A su vez el texto fílmico lo entrega, desde su primera aparición en la iglesia, cuando ejecuta el órgano, con una aureola de humanismo cristiano. El propio Rantés dirigirá a Denis estas palabras:

  • Doctor, doctor, ¿por qué me abandona?

Y el médico admitirá:

– Después de todo en esta historia yo sólo era Pilatos.

En  cuanto a Beatriz, la Santa según la apoda Rantés, miente desde el principio. Le dice a Denis que es evangelista y que conoció al joven porque se acercó a  trabajar con ella en una villa. En una segunda versión dice no ser evangelista y aclara que Rantés había sido alcohólico. La ambigüedad de esta mujer acabará por enfurecer al narrador. El médico comprueba que es verdad lo de la excrecencia azul que sale de la boca de la mujer cuando expresa un sentimiento. El afecto es el que lo provoca y no el sexo como supone el profesional.

Se hace necesario aclarar aquí que cuando Rantés aparece en solitario –practica la telekinesia para escaparse del hospital o distrae al personal de un restaurante para acercar comida a una familia pobre, debilitan el relato. En estas capas donde se van acumulando las incógnitas, no hubiera sido necesario este añadido que, según supone el texto, nos dará idea clara del poder de ese hombre.

Más acertada es la escena del circo. Allí se comprueba que en un momento de temor, los hijos del doctor Denis buscan la protección de Rantés y no del padre. Esto hubiera bastado para indicar el poder que trasmite ese cuerpo, un poder que ya se había verificado en el hospital, con sus compañeros internos. Esta fuerza no es percibida por la razón sino por los sentidos. Se da de este modo vuelta a la parábola de la caverna platónica. El texto fílmico cree que los sentidos –el afecto- pueden alcanzar la verdad, aunque esa verdad nunca es clara. Es arriesgada y comprometedora. Por el contrario, la razón, que debería ser la que descubre la verdad, se muestra no sólo rígida, sino cómodamente instalada en la represión y la indiferencia.

Existe un miedo que despierta lo desconocido, lo diferente, lo que no podemos comprender. “Una imagen proyectada en el espacio”, hologramas indescifrables, una mujer que cumple el rito de la purificación cambiándose los zapatos cuando sale del hospital. Y, sin embargo, hay un terror más poderoso. Según Rantés “hay torturadores que aman a Beethoven, quieren a sus hijos, van a misa. El hombre se permite eso”. He aquí que la crisis del Dr. Denis encaja perfectamente con la aparición de Rantés.

 

POCAS CERTEZAS, VARIAS INCÓGNITAS

Sabemos que Rantés muere como cualquier ser humano debido a la inflexible razón que predomina en las instituciones neuropsiquiátricas. Es, al fin y al cabo, un simple mortal  cuyo regreso aguardan sus compañeros de infortunio. Pudo haber sido en vida todo aquello que se le adjudica y aún más. El texto fílmico está dedicado por el realizador A mi padre. Y en las fotografías del final, ésas sobre las que interroga el médico en una toma lejana, cuando ya Räntés está sentenciado, existe esa pregunta que tampoco tiene respuesta. Falta una imagen y no se sabe de quién, aunque se deja entrever que se trata de una figura parental.

Mientras despedazaba un cerebro en Anatomía Patológica, Rantés se negaba a creer que el mundo afectivo del ser humano se alojara allí o en cualquier otra parte del cuerpo. Las palabras finales del narrador, la voz over del doctor Denis, demuestran que ha abandonado la razón. Se ha encerrado en una espera inútil: “Yo me senté a esperarla a ella (se refiere a Beatriz). Si eran hermanos, Dios era, para mí, a partir de ese momento, un alcohólico desconocido que había tenido dos hijos, estas dos caras de una misma moneda. Quizás todos fuéramos eso, los hijos idiotas o locos de un padre al que de cualquier manera costaba mucho olvidar”. Desde la secuencia cero, la banda sonora preparada por Pedro Aznar, los gritos y aullidos, ese música que es en realidad un conjunto de compases desordenados y las notas de ese piano que caen y que cierran la secuencia, preparaba ya el terreno para este final.

Seres a la deriva, sedientos de afecto –se incluye aquí también al médico- deben enfrentarse con una estructura racional fuertemente represiva. Las instituciones se habían transformado hacia 1986, en cárceles que continuaban con el exterminio emprendido desde antes. Por este motivo el investigador no comprende que los planos dedicados al concierto y a la Oda a la Alegría  y el sintagma paralelo del manicomio hayan caído como una bomba sobre la razón de ciertos intelectuales. Sencillamente, es uno de los momentos que más se recordarán de esa época del cine argentino.