Julio Verne, el padre de la ciencia ficción

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Julio Verne (1828-1905) fue un escritor francés, considerado junto con H. G. Wells el padre de la ciencia ficción. Aprovechando sus conocimientos geográficos, adquiridos a través de numerosos viajes por Europa, África y América del Norte, y su entusiasmo por la revolución tecnológica e industrial, se convirtió en un especialista de los relatos de aventura de corte científico. Predijo, además, con gran precisión el surgimiento de la televisión, los helicópteros, los submarinos y las naves espaciales.

Sus inicios literarios fueron difíciles hasta que conoció al editor Hetzel, quien se interesó por sus textos y le publicó Cinco semanas en globo (1862), obra que lo lanzó al éxito y lo estimuló a proseguir con los relatos de aventuras y fantasía. El mismo editor le encargó una colaboración regular para la revista Magazine déducation et de récréation, y en poco tiempo fue muy conocido.

Entre otras, son recordadas por los lectores de todas las generaciones las novelas Viaje al centro de la Tierra, para lo cual estudió geología, mineralogía y paleontología; De la Tierra a la Luna, cuya publicación despertó una enorme expectativa por los viajes espaciales; La vuelta al mundo en ochenta días, publicada por entregas; y Veinte mil leguas de viaje submarino, cuyo protagonista, el Capitán Nemo, es considerado por muchos como un alter ego del propio Verne. En total, escribió más de cincuenta novelas.

De las obras de Julio Verne, 33 fueron llevadas al cine, dando lugar a un total de 95 películas, sin contar las series de televisión. La más adaptada fue Miguel Strogoff (16 veces), seguida de Veinte mil leguas de viaje submarino (9 veces) y Viaje al centro de la Tierra (6 veces).

Viaje al centro de la Tierra. Capítulo XL

Desde el principio del viaje había experimentado muchas sorpresas y debía ya estar curado de susto, como se dice vulgarmente, y creerme al abrigo de todas las maravillas. Sin embargo, a la vista de aquellas dos letras que se habían grabado allí 300 años atrás, quedé como embobado, como tonto. No sólo se leía en la roca la firma del sabio alquimista, sino que tenía en mis manos el estilete que la había trazado. Hubiera sido en mí una insigne mala fe poner en duda la existencia del viajero y la realidad del viaje.

¡Mientras bullían en mi cabeza estas reflexiones, el profesor Lidenbrock se dejaba arrastrar por un entusiasmo algo ditirámbico respecto de Arne Saknussemm.

—¡Oh maravilloso genio! —exclamaba—, Tú no has olvidado nada de lo que debía abrir a otros mortales las vías de la corteza terrestre, y tus semejantes pueden hallar las huellas que tres siglos atrás trazaron tus pies en el fondo de estos subterráneos oscuros ¡Quisiste que otras miradas, a más de las tuyas, contemplasen estas maravillas! Tu nombre, grabado de trecho en trecho, conduce directamente a su objeto al viajero que es bastante denodado para seguirte, y en el centro mismo de nuestro planeta lo encontraremos escrito por tu propia mano. ¡Yo también, yo pondré mi firma en esta última página de granito! ¡Pero que desde ahora este cabo, visto por ti desde el mar que tú descubriste, se llame hasta la consumación de los siglos cabo Saknussemm!

He aquí las palabras que pude recoger, las cuales me comunicaron el entusiasmo que las había dictado. Un fuego interior renació en el fondo de mi pecho. Todo lo olvidé, los peligros de la ida, y los peligros de la vuelta. ¡Quería hacer lo que otro había hecho, y nada humano me parecía imposible!

—¡Adelante! ¡Adelante! —exclamé.

Me lanzaba ya hacia la oscura galería, cuando el profesor me detuvo, y siendo él el hombre del frenesí y de los arrebatos, me aconsejó entonces paciencia y sangre fría.

—Volvamos primero a buscar a Hans —dijo—, y acerquemos la almadía a este sitio.
No de muy buena voluntad, me sometí a la de mi tío, y me deslicé rápidamente por entre las rocas de la playa.

—¿Sabéis, tío —dije, mientras íbamos andando—, que hasta ahora las circunstancias nos han favorecido singularmente?

—¡Ah! ¿Lo crees así, Axel?

—Sin duda, y hasta la tempestad ha servido para volvernos al camino recto. ¡Bendita sea la tempestad! Ella nos ha traído a esta costa, de que el buen tiempo nos había alejado. Suponed por un instante que hubiésemos tocado con nuestra proa (¡la proa de una almadía!) las costas meridionales del mar de Lidenbrock ¿qué hubiera sido de nosotros? El nombre de Saknussemm no se nos hubiera aparecido, y ahora nos encontraríamos abandonados en una playa sin salida.

—Sí, Axel hay algo de la Providencia en que, navegando hacia el sur, hayamos llegado al norte, y precisamente al cabo Saknussemm. El hecho es más que admirable, y hay algo que yo no me explico.

—¡Eh! ¡Qué importa! Lo que debemos procurar es no explicar los hechos, sino aprovecharnos de ellos.

—Sin duda, muchacho, pero…

—Pero, vamos a tomar de nuevo el camino del norte, a pasar bajo las comarcas septentrionales de Europa, Suecia, Rusia, Siberia… ¿qué sé yo? en lugar de hundirnos bajo los desiertos de África o las olas del Océano, y no quiero saber más.

—Sí, Axel, tienes razón, y todo pinta perfectamente, pues abandonamos este mar horizontal que a nada puede conducirnos. ¡Vamos a bajar, a bajar, siempre a bajar! ¿Sabes que para llegar al centro del globo no tenemos que andar ya más que mil quinientas leguas?

—¡Bah! —exclamé— ¡Mil quinientas leguas! ¡No merecen si quiera que hablemos de ellas! ¡En marcha, en marcha!

Este diálogo insensato duraba aún, cuando llegamos al lado del cazador. Todos los aprestos estaban hechos para partir inmediatamente. No había ni un salo fardo que no estuviese embarcado. Nos colocamos en la almadía, izóse la vela, y Hans hizo rumbo hacia el cabo Saknussemm.

El tiempo no favorecía a un género de embarcación que no ceñía ni picaba bien el viento, ni podía acercarse demasiado a la tierra. Sus viradas eran difíciles, y por consiguiente navegaba mal de vuelta y vuelta. Era casi imposible que bolinease. Con frecuencia, las rocas poco profundas obligaban a rodeos bastante largos para no exponerse a tocar o varar. Por fin, después de tres horas de navegación, es decir, a las seis de la tarde, se alcanzó un punto a propósito para desembarcar.

Salté a tierra, seguido de mi tío y el islandés. La travesía no había enfriado mi entusiasmo. Todo lo contrario. Hasta propuse para cortarnos la retirada, pero mi tío se opuso a ello. Le encontré singularmente tibio.

—Al menos —dije yo— partamos sin perder un instante.

—Sí, muchacho; pero antes, examinemos esta nueva galería, para saber si hemos de preparar nuestras anclas.

Mi tío puso en acción su aparato de Ruhmkorff; dejamos la almadía amarrada a la orilla y nos dirigimos, marchando yo a la cabeza, a la abertura de la galería no distaba de allí más que unos veinte pasos.

El orificio, casi circular, presentaba un diámetro de unos cinco pies; el oscuro túnel estaba abierto en la roca viva y como enlucido por las materias eruptivas a que dio salida en otro tiempo, y su piso o parte inferior estaba al nivel del suelo, de suerte que se podía penetrar sin la menor dificultad.

Seguíamos un plano casi horizontal cuando, a lo seis pasos, interrumpió nuestra marcha la interposición de una roca enorme.

—¡Maldita roca! —exclamé con cólera, viéndome de pronto detenido por un obstáculo insuperable.

En vano buscamos a la derecha e izquierda, arriba y abajo, algún paso, alguna bifurcación. Experimenté una desazón vivísima, sin resignarme a admitir la realidad del obstáculo. Me agaché, miré por debajo de la roca. Ningún intersticio. Miré por encima. La misma barrera de granito. Hans dirigió a todos los puntos de la pared la luz de lámpara, pero no se vio ninguna solución de continuidad. Fuerza era renunciar a toda esperanza de pasar.

Me senté en el suelo, mi tío paseaba por el corredor a largos pasos.

—¿Pero entonces Saknussemm…? —pregunté yo.

—¿Quedaría detenido —dijo mi tío— por esta puerta de piedra?

—¡No, no! —respondí con vehemencia—. Ese pedrusco, a consecuencia de una sacudida cualquiera, o por uno de esos fenómenos magnéticos que se producen en la corteza terrestre, ha cerrado súbitamente este paso. Muchos años han mediado entre el regreso de Saknussemm y la caída de este peñasco. ¿No es evidente que esta galería fue en otro tiempo el camino de las lavas, y que entonces las materias eruptivas circulaban por era libremente? Mirad, hay grietas recientes que surcan esta mole de granito, formando con pedazos reunidos, con piedras enormes, como si la mano de algún gigante hubiese trabajado en su construcción, pero un día la corriente fue más fuerte, y este pedrusco, a la manera de una clave de bóveda que falla, se deslizó hasta el suelo y dejó obstruido el paso. ¡Este obstáculo es, pues accidental, y Saknussemm no lo encontró, y nosotros si no lo derribamos, somos indignos de llegar al centro del mundo!

Así hablaba yo, como si el pensamiento del profesor hubiera sido transmitido. Me inspiraba el genio de los descubrimientos. Olvidaba el pasado y desdeñaba el porvenir. Ya nada existía para mí en la superficie de este esferoide en cuyo seno me había abismado, ni las ciudades, ni los campos, ni Hamburgo, Königstrasse, ni mi pobre Graüben, que, debía considerarme perdido en las entrañas de la tierra.

—¡Pues bien! —replicó mi tío—. ¡Con el azadón y la piqueta abrámonos camino! ¡Derribemos estos muros!

—Son demasiado duros para el azadón —exclamé.

—¿Pues entonces el pico?

—Para el pico la operación es demasiado larga.

—¡Pero…!

—¡La pólvora! ¡La mina! ¡Hagamos saltar el obstáculo!

—¡La pólvora!

—¡Si no se trata más que de romper un pedazo de roca!

—¡Manos a la obra Hans! —exclamó mi tío.

El islandés se fue a la almadía, y volvió luego con un pico porque se trataba nada menos que de abrir un agujero bastante considerable para que pudiera contener cincuenta libras de algodón fulminante cuyo poder expansivo es cuatro veces superior al de la pólvora común.

Yo me hallaba en un estado de sobreexcitación indecible. Mientras Hans trabajaba, yo ayudaba activamente a mi tío en preparar una larga mecha, formada con pólvora mojada y encerrada en una funda de tela.

—¡Pasaremos! —decía yo.

—¡Pasaremos! —repetía mi tío.

A media noche estaba abierto el barreno y cargado con el algodón fulminante. La mecha, atravesando la galería, terminaba exteriormente. Ya no faltaba más que una chispa para que produjese sus estragos aquel aparato formidable.

—¡Hasta mañana! —dijo el profesor.

Tuve que resignarme, y pasar todavía esperando seis horas que me se me hicieron eternas.