Nadie tiene por qué saberlo, Beatriz Mosquera

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Beatriz Mosquera nos ofrece una historia ambientada en Los Cardales, un pueblo “perdido en la llanura, a un costado de la ruta que lleva a Claromecó”. El amor, el fanatismo religioso, los prejuicios, la política, la maternidad y la paternidad, todo se contamina de la realidad pueblerina que oprime a todos los personajes, porque como dice el refrán: “Pueblo chico, infierno grande”.

Nadie tiene por qué saberlo es una novela que atrapa por su argumento, pero que, además, está muy bien escrita. A medida que los lectores avanzamos vamos metiéndonos cada vez más en un relato en el que el manejo del tiempo y de los puntos de vista determinan diferentes capas de lectura. La verdad y la mentira –o lo que es lo mismo, el juego entre apariencia y realidad– es uno de los ejes que articula la narración. En un pueblo prejuicioso, donde el qué dirán es tan importante, no interesa tanto la verdad, sino aparentar que la verdad es aquello que queremos que el otro crea como tal. En este sentido, salvar las apariencias es más importante que sincerarse. Elisa siente que su matrimonio con Osvaldo es una mentira; al mismo tiempo descubre el verdadero amor en su relación con Thelma, pero tiene todo el pueblo en contra, y todavía algo peor: deberá enfrentarse a su propio marido que también se enamora de Thelma.

Como decíamos unas líneas más arriba, más allá de que la historia sea atrapante, importa el cómo la cuenta Mosquera: los recuerdos de los personajes se entrelazan con un narrador que sabe incluso más que ellos y que nos pone en la pista de aquellos momentos que serán significativos para su futuro. Los capítulos se suceden sin título ni número, y representan el fluir de la vida misma con sus idas y vueltas, con sus hechos repetidos, pero relatados desde diferentes miradas para que nosotros como lectores podamos sacar nuestras propias conclusiones.

El triángulo Elisa/Thelma/Osvaldo sirve para poner en evidencia diferentes temas: la búsqueda del amor auténtico, aquel que nos ofrece la plenitud; el verdadero significado de la maternidad y la paternidad; el machismo; la postergación personal en pos de los mandatos familiares o sociales. Esta relación, a su vez, se conecta con otras que van creando una red de intrigas, de ocultamientos, pero que al final devienen en grandes descubrimientos.

En este develar y develarse, la escritura y la palabra tienen un papel determinante: “Elisa escribe todas las noches. Es su manera de almacenar para olvidar. Deshacerse de los hechos es aprender el oficio del olvido. Sólo así, puede aparecer un nuevo camino. (…) Elisa se siente como un bicharraco que se metió en las aspas del ventilador de la escritura para desplumarse completo”. Dalmacia, su tía, también escribe, y su escritura provoca una serie de hechos encadenados que precipitan el final, y que llevarán inexorablemente a la verdad.

El contexto político tampoco está ausente en la novela, pero como telón de fondo, como marco que roza la realidad de los personajes sin quitarles, al final, la posibilidad de elegir sobre sus propias vidas: el peronismo, el golpe del 76, el conflicto con el campo son los tres ejes que nos ubican históricamente y colaboran a dar sentido a ciertos comportamientos de los protagonistas.

Nadie tiene por qué saberlo es una excelente novela, uno de esos textos que nos provocan cierta nostalgia al llegar a la última página.

Ficha técnica

Nadie tiene por qué saberlo, Beatriz Mosquera, Deldragón, 2014, 248 pgs.