Crematorio

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Crematorio, Juan Xiet, Nulú Bonsai Editora, Bs. As., 2015, 192 pp.

Se trata de un libro del 2013 que cierra la trilogía conformada por Metástasis (Milena Caserola, 2008) y Ataque de pánico (Nulú Bonsai Editora, 2008), y que bien puede entenderse sin haber leído los dos anteriores. Hace unos meses, la misma editorial lo reeditó por segunda vez.

Crematorio es heterogéneo, reúne un conjunto de relatos con distintos formatos, todos ellos coherentes con una sensibilidad poética que cala hasta los huesos: reflexiones en prosa, poemas, escenas de obras de teatro y fragmentos de novela por escribirse, prosa poética, “pseudo-haikus”; el autor escribió estos textos a modo de “catarsis”, poniendo en el centro de la escena a un Juan Xiet —personaje— frágil y disruptivo.

La muerte del nono Antonio, el padecimiento de una otitis, la primera comunión, una noche en la cárcel, una entrevista de trabajo en una funeraria, Juan masturbando a un brasileño, los efectos alucinógenos de un cactus, Juan penetrando un bollo de pizza, la falta de dinero, Juan haciéndole el amor a una muñeca inflable, son algunas de las experiencias que narra Xiet. Se trata de anécdotas interesantes por sí mismas pero también, y sobre todo, por estar puestas al servicio de temas que nos atraviesan. Cuestionan las convenciones y las ridiculizan con espontaneidad, nos hablan de la soledad más profunda, de la desolación y la incomprensión, de lo escurridizo de nuestra existencia, de nuestras miserias, del tedio de la rutina y de la alienación de nuestros tiempos; Juan Xiet nos muestra el morbo que todos —de alguna manera— tenemos y escondemos, lo destapa hasta el escándalo; su escritura, como lugar de resistencia, exorciza. En este aspecto, nos recuerda a Charles Bukowski, pero su estilo —con las desprolijidades que una escritura desesperada conlleva—, plagado de imágenes, oxímoron, metáforas, ironías, lo convierten en un escritor particular, de una escritura honesta, capaz de mostrar la más tierna fragilidad pintada de humor negro y capaz de reflexionar sobre la poesía, los márgenes y el arte como vía de acción en pos de una sociedad mejor.

Crematorio, además, es un libro histriónico. El tamaño y la tipografía de las letras varían en consonancia con lo que el texto expresa. La prosa y la poesía están plagadas de negritas, mayúsculas, cursivas, letras que se repiten; los ritmos de lectura se aceleran con la falta de espacios entre las palabras o se aletargan con los espacios en blanco. Su escritura nos exaspera o nos suspende en un limbo en el que las voces —del inconsciente y de otros seres—, antes introducidas con total naturalidad, resuenan como un eco.

Y si de rupturas se trata, el autor nos adelanta el final del libro, más para angustiarnos que para calmar nuestra ansiedad. Es cálido y oscuro a la vez, tierno y perturbador, pero siempre con una verdad subyacente: la del que, consciente de sus miedos, trasciende la marginalidad que le toca, para sangrar en los bordes y sublimar en las letras. Entonces leemos:

*Llega un momento en que tengo que ver muertos.

Si son muertas mejor.

Autopsias o accidentes.

Violaciones […]

Hace tiempo quebré la barrera del asco, saltando la valla del morbo, llegando a la meta de la curiosidad […]

Tantos años acabando tantos litros en tantos pisos.

Tantas veces que mentí.

Tantas veces que conquisté.

Tanto misticismo que logré cautivar detrás de mis ojos y entre el paréntisis de lo que ocultaba:

la verdadera verdad de ser un miedoso.

Y la búsqueda exhaustiva de cosas que quería evitar.

El actuar, con la gente, con mis días, desde la base de la improvisación aceptando mis oscuridades, mis palabras barnizadas, mi morbo.

Y si busco muertos para entenderme, no está mal.

Y si me masturbo mirando autopsias o violaciones, no está mal, sociedad.

 

*Crematorio, cap. XX

 

*[…] Hace frío hoy. Un frío irrespetuoso. No quiero sentarme a llorar. Fabrico peldaños donde no hay escaleras. Miento. Me miento. Me mima, me ama. Mamá, mamita, le tengo miedo a esta hoja, al pentagrama clásico que puedo lograr aquí. Tengo miedo de seguir. Dale Juan escribí, ¿sabés quién sos? Juan Xiet, escribí, ¿tenés miedo al cáncer? Andá al médico, ¿tenés miedo al sida? Cuidate. Tenés miedo a la soledad, conocete. ¿Tenés miedo a tu cerebro? Mirate a los ojos en un espejo durante veinte minutos. Tengo toda una fila de balanzas esperándome. Por mí. Por vos y la decadencia de este país desgraciado. De este país cerebro de cosas. De este país que no son más que mis palabras. Mi delirio fantasmal. Tuve tantas enfermedades ya, que debería haber muerto de cansancio. Y todas eran mentira. Tuve tanta mudez verbal. Tanta inexplicable soledad del rito de las sonrisas. Sólo una ínfima parte del acorde jajaja era real. El resto: mascarillas de fósforo inventado. ¡Pum! No hay nadie, mi espalda es el mar en 1968 y no hay nadie.

Desaparecen como el amor y la buena conducta.

Pero vuelvo a escribir.

Siempre.

*Crematorio, cap. 31

Los recursos literarios borbotean hasta salpicarnos. Si el arte se trata de conmover, estamos ante uno de los artistas más provocativos.

Juan Xiet llevó la poesía a la calle a través del colectivo artístico del que fue cocreador: Poesía Urbana. Fue también uno de los miembros fundadores de la FLIA (Feria del Libro Independiente y Autogestivo) de Buenos Aires. Ha participado en la construcción y mantenimiento de infinitos ciclos del under porteño. Actualmente, produce el festival de cultura en El Emergente bar y forma parte del colectivo de artistas SUCEDE.