Carol: proa hacia Lesbos

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LA NOVELA

La obra de Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, 1921-Locarno, Suiza, 1995) no desmiente una estimable irregularidad. Habitualmente conocida por su archifamoso Mr. Ripley, un emergente de la sociedad del bienestar, tiene, sin embargo, obras de una extraña y repelente profundidad. Podrían mencionarse Mar de fondo, El grito de la lechuza, los cuentos reunidos en Los cadáveres exquisitos y, según la biografía escrita por Andrew Wilson, Beautiful Shadow, Extraños en un tren, que fue en verdad la que la lanzó a la fama.

Si Extraños en un tren fue casi de inmediato comprada por Alfred Hitchcock, no le ocurrió lo mismo con su segunda novela, la autobiográfica Carol. Fue lanzada al mercado con el título The Price of Salt y en 1952, no sólo las editoriales importantes se negaban a publicarla, sino que la escritora debió optar por el seudónimo de Claire Morgan.

Con su habitual acidez, Highsmith cree que el texto tuvo semejante éxito porque en la época las historias que hablaban de amores homosexuales terminaban siempre de manera trágica. Ella decidió que a Carol le correspondía un happy end, algo que no es común en el resto de sus novelas o cuentos. Muy pronto abandonaría Estados Unidos y se instalaría en Europa de manera definitiva.

La novela en cuestión llega hoy día como una narración enmascarada en una tercera persona que bien puede pasarse a primera. Tendremos entonces la imagen de una adolescente de diecinueve años, Therese Belivet, y de no pocos de aquellos jóvenes de la época. Porque en el texto literario el punto de vista le pertenece a Therese. Vemos lo que ella cree que es la realidad, asistimos a sus andanzas por el teatro Black Cat y sus deseos de convertirse en escenógrafa.

Al revés de lo que piensa Highsmith, Therese no es una ingenua. O en todo caso, posee la ingenuidad petulante de los adolescentes. Se cree superior a su novio, Richard, con el que ha mantenido relaciones sexuales tres veces sin conseguir placer alguno. El capítulo 8 de la versión española de Anagrama, el del barrilete, nos demuestra que no estamos ante personas comunes. Se lee a James Joyce y a Kafka, se mencionan compositores que Therese considera importantes y, por supuesto, también abundan las canciones de la época.

Entonces, quién es Carol? Sencillamente la puerta que Therese debe abrir para conocer no sólo su propio cuerpo sino también sus sentimientos y sus ideas. Como le ocurriera a la autora, Therese la descubre en las fiestas de fin de año, mientras está empleada en la sección juguetería de unos grandes almacenes. A partir de aquí y deslumbrada por esa mujer de unos  treinta o treinta y dos años, esta muchacha de diecinueve comenzará la persecución. Le enviará una tarjeta de Navidad pero sin su firma. Simplemente coloca su número de vendedora.

Therese y Richard, Carol y su marido Harge, una antigua amiga de Carol, Abby, quien la conoce desde los cuatro años, serán quienes nos guíen por un mundo que parece ya muy lejano. En youtube, con motivo de un reportaje humillante a  la actriz Francis Farmer, alguien escribió: “Oh, fucking fifties!. Si leemos con cuidado esta novela, nos encontramos tentados a coincidir con esa expresión.

No obstante, Carol no resulta un texto que condice con los mejores de esta escritora. Hay demasiado diálogo repetido y situaciones que se vuelven a analizar una y otra vez. No es sutil y lo mejor que puede decirse de él es el hecho de habernos dejado un retrato perfecto de aquellas adolescentes de los años 50.

LA PELÍCULA

Había en el caso de Todd Haynes dos antecedentes valioso: Far from Heaven y la miniserie televisiva Mildred Pierce, superior a la película homónima. El guión de la primera le pertenecía exclusivamente a él. Tenía, además, el antecedente de aquel melodrama modélico de Douglas Sirk, All that Heaven Allows. En verdad Haynes parecía haber dado vuelta el romance para mostrar un pueblo de Nueva Inglaterra con todas las mezquindades de la época y su hostilidad hacia las minorías tanto étnicas como sexuales.

Existía en aquella ama de casa cuyo marido la abandona por otro hombre una cierta comprensión, una humildad que la lleva a crear una relación con el jardinero negro. El centro de Far from Heaven es ese personaje femenino que intenta no vivir alienado en medio de tanta hipocresía. La técnica de Haynes, su manera de entregarnos a las criaturas –también de los años 50- indicaban una sensibilidad que él trasladaba a la cámara. Tal como ocurre con su homenaje a Bob Dylan, I´m Not There.

Por lo tanto, estábamos dispuestos a concederle el crédito suficiente. Cuando se necesita vender una película, en este caso una coproducciòn británico-americana, se recurre a cualquier argucia. Es así como puede leerse en The Guardian que desde Hitchcock y su Extraños en un tren, nadie había comprendido tan bien a Patricia Highsmith. No estamos seguros de que tal afirmación sea correcta.

Se sabe que la traslación de un texto literario al cine genera otro texto diferente. Para que el procedimiento se justifique, el film debe poseer una certera autonomía y una validez indiscutible. En este caso, la guionista Phyllis Nagy –y suponemos que Haynes también- han elegido una estructura circular que resulta una broma: en la primera escena vemos a Therese y Carol sentadas a la mesa de uno de los tantos bares que frecuentan. Un recién llegado las interrumpe y se comentan banalidades formales.

Esta misma escena irá al final para que nos enteremos que se trata del diálogo definitivo entre ambas. Carol, harta del chantaje, de los espías, de la pérdida de su hija Rindy, n o quiere arrastrar a Therese al vacío. Pero en la última escena vemos cómo la joven va en busca de Carol y el final es exactamente el de la novela: Therese avanzó hacia ella”. Este happy end en ambos textos, el literario y el cinematográfico, no tiene el mismo peso en ambos. Es comprensible en la novela, pero en la película el punto de vista está compartido y se producen rupturas que acaban por hacernos caer en el tedio.

Cuando se vende una película de esta categoría de aguarda el éxito que tuvo Broken Mountain (Ang Lee-2005). Como la misma Highsmith reconoce, no había demasiadas protagonistas de un romance homosexual que fueran mujeres. El problema es que Carol no nos resulta  tan fascinante como la novela propone. Es una mujer vencida de antemano por los prejuicios y la histeria de su marido. Asimismo, se traiciona el punto de vista y esto es más serio. Perdemos de vista a Therese para irnos con Carol a visitar a los abogados que juran venganza eterna empujados por el marido engañado. Si Haynes y Nagy quisieron construir un alegado feminista, al menos podrían haber aclarado, tal como ocurre en la novela, que Therese y su novio Richard tenían relaciones sexuales.

En este aspecto, la adolescente es aquí en exceso pasiva y la marcación corre por cuenta del director. Si le quitamos fascinación a Carol y le inventamos una suerte de anomia a Therese no vamos a salir ganando con la película. No importa que las intenciones vocacionales de la muchacha se cambien: pasa de escenografía a la imagen en blanco y negro de una fotógrafa con cierto talento. Pero como si fuera un pecado mortal, los jóvenes de esta película jamás mencionan un arquetipo cultural que pudiera asustar a la audiencia. Se opta por la trasegada música popular de aquella época. Y hay demasiada en la banda sonora. Lo retro es una variable del posmodernismo.

Highsmith sabía que estaba escribiendo para lectores y lectoras que tuvieran ciertas inquietudes y no sólo en el área sexual. En 2015 Haynes y Nagy juegan con la ignorancia de una audiencia que aguarda el momento de los desnudos y el placer. Si la novela es irregular, la película se nos escapa debido a la pérdida del punto de vista y a la marcación zombie de las actrices. El exagerado medio tono las aleja y las transforma en fantasmas de una época que se perdió en el tiempo.