La doncella guerrillera

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Simone Weil fue una de las filósofas más importantes del siglo XX. Murió muy joven, en el año 1943, a los 34 años, en plena Guerra Mundial; de algún modo se puede decir que su muerte estuvo vinculada al dramático suceso global. Sus textos relacionaban el marxismo, con la fenomenología, con una mirada mística cristiana. Hubo quienes incluso pidieron su canonización y al conocer algunas cosas de su vida y leer algo de su obra razones teológicas no fatan (teléfono para el cuervo del vaticano).

Fue compañera de Simone de Beauvoir en la Escuela Normal Superior (en Francia es una de las mejores universidades) y combatiente de la columna Durruti en la Guerra Civil Española. Fue obrera en Renault, profesora de filosofía, escritora incansable, militante no orgánica (aunque siempre abajo y a la izquierda) y mística católica en pleno siglo XX. Por un lado parece un personaje de la antigüedad, por el otro lleva la modernidad en sus venas. Compleja como el mismo siglo corto (a decir de Hobsbawm) que le tocó vivir y sufrir.

Fue Juana de Arco, Santa Teresa de Avila, Evita y el Che. Madonna, Hipatia, Olimpia de Gauges, Mary Shelley y Juana Azurduy. Fue anoréxica altruísta, una niña digital en un mundo analógico, guerrillera pacifista, periodista militante, profesora iluminista, anarko feminista (esto último en forma antiorgánica), piadosa y mártir. Todas las vidas en su corta vida.

Admirada por toda la intelectualidad de la segunda mitad del siglo XX, no deja de ser una genia olvidada, un Hecho maldito en un mundo burgués. Hipersensible al sufrimiento, en sus dos formas, individual y colectiva, acercó su filosofía a este significado profundo y trascendental del ser humano. Una inquietud universal y atemporal, una verdadera problemática filosófica, digna de una gran filósofa.

Una militante completa, comprometida en intelecto y en cuerpo. Coherente hasta su triste final, que tuvo pinceladas de un romanticismo por un lado ingenuo y anacrónico y por el otro profundamente consistente con su tiempo. Le tocó una época realmente difícil; es cierto que la Historia de la Humanidad no es un lecho de rosas, pero las décadas del ’30 y del ’40 pueden ser consideradas, sin temor a equivocarse, como las más mortales de todos los tiempos. La depresión económica, el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial son argumentos más que suficientes para sostener el grado de violencia de aquellos años. Y de esa dificultad hizo su objeto de estudio y trazó el sentido de su vida.

Su filosofía abunda en metafísica, indaga en aquellos objetos filosóficos que forman, fenomenológicamente, los elementos indispensables el ser. La amistad, el sufrimiento, el amor y la gracia, son abordados y despojados de toda sustancia empírica. Aquí ya no hay ciencia, sino pura filosofía. Si hubiera tenido, en aquellos años, el concepto de “atractor” (estados a los que tienden, a lo largo del tiempo, los sistemas; en la clasificación usual son 3: de punto fijo, periódico y caótico), no dudo que lo hubiera utilizado para explicar lo que ella entendía por la gracia, algo análogo a la gravedad newtoniana (es decir algo intrínseco a los cuerpos).

Su deseo, durante la guerra, fue el de estar en la vanguardia (de algún modo se sentía cómoda en ese espacio), pero no la dejaron. La Resistencia Francesa la dejó en Gran Bretaña, en la retaguardia, haciendo tareas distintas a las de combatir. Decidió entonces que su dieta iba a ser igual a la de un francés medio en la Francia ocupada, es decir casi nada de comida. Su salud se deterioró rápidamente y en un tiempo donde los antibióticos eran apenas un comienzo, una tuberculosis acabó con su vida.

Fue llamada la “virgen roja”, “la marciana” (así la llamaban en el liceo), o “Simón” (como quería que la nombraran en su casa); claramente y adrede intentaba hacer desaparecer su condición femenina; a decir verdad lo que la gente en su tiempo consideraba como rasgos diacríticos de una mujer. Con furia punk, detestaba todos esos lugares comunes (la mujer maquillada, de una belleza superficial y exógena) y se encargaba de parecer un hombre. Sin embargo, leyéndola o viendo sus fotos uno no puede menos que suspirar y admirar su condición de mujer, en tanto intelectual, luchadora y por qué no decirlo, por un tipo de belleza que sólo sirve para enamorar.