La dificultad, última novela de Tomás Abraham

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Todos tenemos una dificultad. Muchas veces esa dificultad nos mueve y nos impulsa en la vida. En el caso de Nicolás, el narrador y protagonista de esta historia, la suya es la tartamudez. Se puede pensar que en esa dificultad, entonces, radica la fuerza necesaria para avanzar. Si no hay un tropiezo, si nada hace vacilar, si no hay un choque contra algo sólido, el pensamiento se deja estar. Por eso la tartamudez puede convertirse en la mejor musa. Ya en 2013 en una entrevista para el diario Clarín, el autor recalcaba que todo proceso de trabajo implica vencer una dificultad y destacaba la figura de Van Gogh como la de un artesano que trabajó muchísimo su don.

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El lenguaje se posa cuando los pies duermen, escribe Nicolás. ¿El lenguaje empieza cuando el cuerpo reposa? La mente se mueve, los pies descansan. Hay una lucha entre el cuerpo y el decir. El cuerpo también habla y el lenguaje se quiebra. Se piensa en la tartamudez del cuerpo y también del alma. Es la imposibilidad, el querer hacer algo y no poder, ya sea hablar, moverse, cambiar de vida, ocupar un cierto lugar en la sociedad, realizarse, encontrar el amor, ser libre, seguir los propios deseos: todo estaba trabado, no solo la lengua. Y tal vez haya un acto de violencia del que Nicolás no es capaz: a la palabra no se la compra, se la confisca. El acto de apropiación es de expropiación. Se la arrebata. Y ahí es cuando aparece el narrador que es el mismo que vive todo lo aquí narrado pero es diferente, es ese ser que no tiene dificultad para expresarse, sus palabras fluyen y su relato tiene una fuerza extraordinaria. Se adueña de la palabra para volcar sus padecimientos más íntimos. Nicolás nos habla desde un lugar muy interesante que es su extranjería, siempre está sintonizando otro idioma y esto según el mismo narrador, despersonaliza, genera extrañamiento. Y a su vez le otorga la distancia necesaria para leer y entender el entorno que lo rodea.

La extranjería es, entonces, otro eje de este relato. Su protagonista es extranjero porque viene de una familia de inmigrantes. Se puede pensar la misma tartamudez como la de un extranjero que no logra dominar el idioma. En su libro El mundo entero como lugar extraño, Néstor García Canclini nos habla sobre dos modos de ser extranjero en las identidades nítidamente diferenciadas. El primero (el impuesto o discriminatorio) es no ser nativo o haber llegado tarde y nunca sentirse totalmente aceptado. El segundo (el elegido o emancipador) es la extranjería como elección, abandono del país en el que uno se siente incómodo e incomoda a los demás. “El deseo es irse y, más que integrarse, conquistar un espacio distinto que pueda experimentarse con confort y libertad”, resalta el antropólogo. Y pienso que esta novela pinta estos dos tipos de extranjería, la voluntaria y la forzada. Con su nomadismo el personaje se niega a anclarse a una patria y tener una identidad definida. Y, sin embargo, va logrando con este movimiento continuo, paulatinamente, conquistar otra patria: la del lenguaje, el uso de la palabra. Se puede pensar que Nicolás disfruta (aunque también sufre) el no tener patria porque el rol del intelectual es ser disidente, su objetivo es lograr pensar con independencia del lugar que se ocupe o del poder de turno.

Si uno se pregunta cuánto habrá del propio Tomás en este Nicolás que rima con el nombre del autor, la misma novela nos da una respuesta donde se define a la autobiografía como género de ficción, de inventiva, de creación.

Nicky es un personaje que a partir de que su padre se hace rico, parece que tiene la vida resuelta, pero no. Quisiera ejercer de lo que estudió, la filosofía, seguir una carrera académica, intelectual. Cuando regresa a la Argentina, luego de estar en Paris y Tokio, no encuentra las oportunidades que está buscando. Toca varias puertas, ninguna se abre. La necesidad de conseguir un trabajo viene de la mano de la ansiada libertad, la independencia de un padre algo castrador, exitoso en el mundo del dinero. De no encontrar un sustento, Nicolás se vería sometido a la autoridad ajena: el no poder, la no autoridad, el sometimiento. Su relación con Calamity también le impone la necesidad de hacerse cargo de una familia que no es la suya, de madurar de golpe.

Otro gran tema de esta narración es el amor. Aquí, otra dificultad, ya que el deseo, la pasión, aparecen por un lado y el compañerismo y la contención por el otro, de la mano de Brisa. Esta mujer que se vuelve una especie de sombra de Nicky y su ausencia resulta dolorosa porque la sombra es el alma. Este protagonista cree que el amor de mujer y no el divino es el único amor que la humanidad inventó para los hombres, el único amor absoluto. Uno podría pensar que en este filósofo prima el amor a la sabiduría pero se encuentra con un hombre que muere por una mujer, la Presocrática en quien encuentra un amor pasional y por Brisa, la compañera que le brinda un amor constante pero sin deseo. Y también hay un intención de escapar de la soledad, esa temida por todos los hombres, en el fondo, esa que nos hace tomar a veces decisiones equivocadas con tal de esquivarla, porque la soledad duele, no hablar con nadie, sentir el paso del tiempo, estar hundido en un pozo a la espera de que se abra la tapa de la alcantarilla.

Tras toda esa búsqueda, sus viajes por destinos diversos, su vinculación con el mundo intelectual, sus amores vehementes, el descubrimiento de nuevas amistades, su intensa lucha por vencer la tartamudez, la superación de una tortuosa enfermedad intestinal, nuestro narrador acaba por decir que la felicidad es una derrota, es el canto de victoria de la costumbre. La costumbre que se manifiesta, por ejemplo, en la relación conyugal como aquello que nos entierra en vida, el matrimonio como una forma de la muerte, de la falta de aire. La inercia y el odio. Todo eso encarnado en una relación que corta las alas, que anula el brillo individual y lo reemplaza por una opacidad previsible: lo estable que lleva a una continuidad tranquilizadora pero a la vez sofocante. Hay una puja permanente entre aquello que calma, como el amor cálido de Brisa y aquello que angustia, que genera vacío, como los encuentros sexuales fortuitos. El protagonista vive inserto en una vida de carácter dual. También hay una oposición entre la vida y el campo de la teoría: a veces esta última es vivida como un sepulcro, mirar un libro resulta un cautiverio y las palabras escritas no nos hablan. Es posible que Nicolás compense con su vida errática y nómade aquel sedentarismo que le ofrecen los libros. Busca por un lado el conocimiento, aquel de la palabra escrita, pero sabe que no es suficiente y por ello busca ese otro conocimiento, el que solo la experiencia podrá brindarle.

La dificultad toca todos los temas clave de la existencia humana y se torna así una obra que podría ser un ensayo filosófico pero que elige el camino de la narrativa. Y llega a una especie de conclusión. En su camino por hacer oír su propia voz, Nicolás comparte con el lector un recorrido rico en pensamientos y vivencias. Su escritura fluye, su voz finalmente se afianza. Esta novela puede ser vista como un viaje donde las ideas ocurren, se pescan, como dice el libro. Es un viaje de itinerario no planificado donde el protagonista intercala el relato de los hechos con sus reflexiones. Se escribe desde sí… Un escrito no tiene destinatario… se escribe contra el mundo.

La dificultad realiza un excelente retrato de los sesenta, los setenta, la sociedad porteña, la parisina, la clase media enriquecida, la sociedad que vive la represión, la comunidad judía, el ámbito escolar y el universitario. Y por sobre todo, es el retrato del mundo interior de Nicolás donde por momentos él se hunde, se angustia, parece no tener escapatoria (hay una referencia al texto de Kafka Ante la ley). Pero por suerte para el lector, sale a flote y encuentra una salida: tal vez la narración como una vía posible para curarse y la reivindicación de la risa y el juego.

Tomás Abraham es filósofo, docente, ensayista, analista político. Ha publicado más de veinte libros y ha colaborado con distintos medios nacionales e internacionales. Dirige el Seminario de los Jueves, grupo de aficionados a la filosofía, que se reúne desde hace más de treinta años.

Tomás Abraham, La dificultad, Random House, 2015