Nereo López: El fotógrafo que no se quería enrrutinar

0
74

 

No tengo melancolía de las viejas cámaras, ni de los amores añejos, ni de las viejas costumbres, ni de las viejas palabras y mucho menos de los antiguos gobiernos.

Nereo López nació en 1920, en una Colombia que apenas se despertaba del siglo XIX,  abandonó muy joven su Cartagena natal para radicarse en Barranquilla, la misma que tanto deparó al joven García Márquez, con quien compartieron muchas noches en la mítica cantina La Cueva con el legendario Grupo Barranquilla, formado por Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Luis Vicens, Enrique Grau entre otros futuros artistas e intelectuales. Nereo además formó parte del equipo de la primera y única película que dirigió el aracateño “La Langosta Azul” en 1952.

Junto a Hernán Díaz, serán los primeros fotógrafos colombianos en conseguir reconocimiento internacional. A la vez que también serán los primeros que lograran publicar libros con su obra. Díaz, la iba a hacer en 1963 con “Seis pintores colombianos” (Alejandro Obregón, Enrique Grau, Guillermo Wiedemann, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero y Armando Villegas)  y Nereo, con “El libro de los oficios infantiles” de 1964 y “Los que esperan y su imagen” 1965, ambos con textos del escritor Jaime Paredes Pardo. Nereo llegará a publicar una docena de libros entre ellos en 1966, “Cali, ciudad de América”, con textos de Alfonso Bonilla Aragón, “Herederos del mañana” de 1979 que será acompañados por escritos de Germán Arciniegas; “Aracataca-Estocolmo. Premio Nobel a García Márquez”, de 1983; “Nereo López. Un contador de historias”, de 2011 cuyas reseñas están a cargo de Santiago Rueda Fajardo y César Peña. Sería Nereo López, gracias a su innata necesidad de caminos, quien llegaría a convertirse en el gran exponente de la fotografía documental de Colombia, ya que Hernán Díaz, se abocó mucho más al trabajo de estudio.

El estilo de López, fue fuertemente influenciado por Luis Benito Ramos y Leo Matiz, que se buscaban reflejar la espontaneidad de los personajes o escenas que capturaban en espacio urbanos.

Nereo López ha desarrollado una larga carrera como reportero gráfico en medios como El Tiempo, El Espectador, Cromos, en las revistas norteamericanas Time y Life  y el periódico brasileño O Cruceiro.

Como él mismo lo dice: “A mí me tocó por entonces cubrirlo absolutamente todo, desde un pocillo hasta una mujer desnuda, desde los rictus de un presidente hasta el rostro maltrecho y triunfal de un campeón de box”. Pero más allá de los muchísimos viajes que le tocó hacer por el interior de su país tuvo dos muy importantes y de manera exclusiva, fue el único fotógrafo colombiano que formó parte de la comitiva del Papa Paulo VI, en todo su periplo colombiano de 1968 y en 1982, le tocó acompañara a su viejo amigo Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel a Estocolmo.

nereo1

 

Su labor como reportero gráfico le permitió fotografiar casi todos lo rituales campesinos, los grandes festivales del vallenato, corridas de toros, cárceles, el misticismo de la Guajira y desbordado geografía del Amazonas, Campañas políticas Peregrinaciones y todos los artistas de los últimos cuatro décadas desde el pintos Alejandro Obregón, al músico  Rafael Escalona, los escritores Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, políticos como Alfonso López Michelsen, Misael Pastrana Borrero, artistas como Martha Traba, intelectuales como Germán Vargas Cantillo, Manuel Zapata Olivella, y cantantes como Carlos Vives.

A lo largo de su carrera periodística realizaría importantes reportajes gráficos, como: “El secuestro del menor Nicolás Saade” en 1954; “Un pintor llamado Obregón” 1960; “El guajiro colombiano” y “El río Magdalena, civilizado y salvaje” en 1961 “Toros desde la barrera” de 1970.

 

magdalena

 

En 1964 la crítica de arte Marta Traba cura su muestra “El hombre cada día” en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Nereo realizó importantes exposiciones en Praga, México Madrid, Caracas, Moscú y Nueva York.

La segunda vida de Nereo López

A la edad de cuando todo está terminando, Nereo López decide huir de los apremios económicos que lo sujetaban  a Bogotá e inicia una nueva etapa en Nueva York. Dona más de 100 mil negativos a la Biblioteca Nacional y parte en el 2000, con ochenta años a una nueva aventura.

Desde siempre sintió que alguna vez tendría que experimentar vivir en una gran ciudad, y no dudó  en clausurar su vida y emprender una nueva etapa a los ochenta años.

Dice que recorrió más de cien galerías fotográficas, Nueva York tiene 147, y comparó su trabajo con la de muchos otros colegas instalados en la ciudad y llegó a la conclusión que se podía quedar: “estaba entre los buenos”.

Se instala en Harlem en un modesto departamento, que en realidad era un estudio de fotógrafo con baño y cocina. No tardó mucho en llenarlo de revistas, libros, álbumes y archivo. Rápidamente se adaptó a las nuevas tecnologías y armó un taller de visualización y edición de imágenes.

Tampoco dejó de lado sus proyectos personales uno era “Visions from my knees” (Visiones desde mis rodillas), un serie de fotografías capturadas, furtivamente con su cámara disimulada en sus rodillas cuando viajaba en el subway.

Otro de sus proyectos pendientes era “Una canoa para la vida”, declara: “Desde siempre los medios de transporte le han interesado como tema para sus reportajes y ensayos fotográficos: del submarino hasta burro. Caballo, tren, barco, avión, helicóptero, he viajado en todos”. Su idea era publicar lo que llamaba “la Nereoteca”, una colección dedicada a distintos temas de no más de 70 imágenes cada uno: “La selva grita”, “El amor es un número par”, “Viaje a la nostalgia”, entre otros muchos.

Nereo López es el autor de las más emblemáticas fotografías colombianas, desde que hay registro y quizás sea su pequeño reportaje “El entierro” (Soacha, 1958), donde se consuma toda su genialidad, dominio de la técnica y calidad de encuadre. Tres únicas imágenes que conforman en sí mismas un relato cerrado, donde nada sobra, pero nada queda fuera. Una historia mínima, encontrada no buscada, pero que da perfecta muestra de su talento. El cortejo de los campesinos acompañando en mitad del desierto, en una soledad apabullante, a un ataúd que apenas se distingue, como si intentaran una celebración de la vida más que un culto a la muerte.

“El entierro” define el estilo de este hombre que a los 80 se decidió a vivir otra vida, siempre fiel a sí mismo, murió en agosto pasado a los 95 años pleno y vital para no “enrrutinarse”, como él lo decía.

.