Una historia de amor matemático

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La historia es extraña, sobre todo porque se da entre apasionados amantes de las Matemáticas. Y eso es extraño en un mundo como el de Filosofía y Letras. (Las historias de amor siempre son extrañas, si no lo fueran no serían dignas de ser contadas o incluso a veces cauterizadas. Las verdaderas historias de amor siempre dejan huellas, tanto en la memoria como en el cuerpo, tanto de los protagonistas como de los testigos).

Él era el profesor titular de Análisis Matemático. Una materia optativa de la facultad que, a decir verdad, en Filo tiene muy pocos adeptos. Claro que fui uno de ellos y no sólo eso, sino un promotor entre mis compañeros, para que la cursen y le pierdan ese miedo infantil e irracional (tan común en los estudiantes de humanidades y ciencias sociales) a las ciencias formales. Me escapo por la tangente, si alguien que estudia Filosofía (o cualquiera de sus hijas:  llámense ciencias o humanidades), realmente quiere comprender que es una abstracción, el camino más sencillo es aprender matemáticas o lógica o programación (que al fin y al cabo parece ser que son todo lo mismo).

Él era ingeniero y un cultor de la literatura, más específicamente de Borges. Siempre usaba en las clases algún texto del escritor, como para introducirnos en la problemática. Su mundo era el del puro pensamiento. Una anécdota lo pinta de cuerpo y forma. Era la década del ‘90 y el neoliberalismo ya se hacía notar. Para ese día estaba programado un corte de luz voluntario (la ciudad se iba a oscurecer a las 8 de la noche) y un cacerolazo (¡cuánta polisemia en un concepto!). El profe estaba hablando de Egipto y del famoso problema de la frecuencia de las inundaciones (según nos decía se aproximaba a un fractal). Los poquitos alumnos le avisamos que en breve vendría el corte y el cacerolazo, pero él seguía concentrado, relatando esa formidable historia. Cuando faltaban cinco minutos, le volvimos a insistir (valga la redundancia nerviosa de aquel momento) y nada, siguió dando clases. A la hora señalada se cortó la luz y comenzó el sonido metálico. Ensimismado en el problema que durante más de 3000 años había puesto en jaque la habilidad de los matemáticos (al menos hasta la construcción de la represa de Asuán), siguió un ratito más, hasta que el ruido se hizo ensordecedor.

Apenas averiguaba que un alumno era de antropología, inmediatamente preguntaba por ella: – ¿y usted la conoce a la profesora?, ¿qué días da clases?. Y si el azar lo ponía cerca de un aula donde ella dictaba sus cátedras, se quedaba mirando, a través de las ventanas de la puerta, absorto en el paraíso platónico, en una maravillosa contemplación abstracta.

Yo tuve, alguna vez, la loca idea de juntarlos, de armar una charla sobre métodos cuantitativos y antropología, con la sola excusa de presentarlos (¿cuántos alumnos podrían llegar a ir?). Quería jugarla de Celestina, de escuchar al pueblo gritando “alcoyana, alcoyana”. Pero no, me colgué, era joven y en aquellos tiempos no entendía qué cosas eran las importantes.

Ella tenía un posgrado en estadística en una universidad gringa y había trabajado con el mismísimo Gino Germani. Uno la miraba con ojos de estudiante y si lograba superar el pánico que una profesora de estadística genera en un futuro antropólogo, encontraba en su elegancia un estilo admirable. Todavía al día de hoy recuerdo algunas lecciones metodológicas, que no sólo aplico en mis investigaciones, sino que repito siempre a mis alumnos (“para muestra basta un botón… siempre y cuando todos los botones sean iguales”).

Ella era viuda y un rasgo característico era su orgullo, levemente aristocrático. La recuerdo en clase, con sus lentes grandes, casi de diva de la estadística hollywoodense y un único guantecito blanco, para proteger su delicada mano derecha del rigor de la tiza abrasiva y del áspero pizarrón. Tenía un carácter importante, tal vez forjado en horas de lucha contra estudiantes troskodíscolos de Filosofía y Letras, para quienes los números eran simplemente una categoría-obstáculo para aprobar la materia. Yo le conté en una oportunidad que estaba cursando “Análisis matemático” y ella abrió, sorprendida, sus ojos profundos. Ahí mismo aproveché y le comenté acerca de lo buen profesor que era el ingeniero, pero ella como si nada. Sospecho que en el fondo adivinaba mis intenciones; evidentemente la indiferencia era su arma favorita. Le sacaba el tema, pero no conseguía que revelara ninguna intención, ni un brillo lejano en el fondo de los ojos, no parecía importarle en lo absoluto la suerte del matemático; sí claro le sorprendía y le agradaba que un estudiante de antropología tuviera esa rara vocación numérica.

Así estuve un cuatrimestre (que en aquel momento duraba una eternidad), pensando más que actuando, soñando que se juntaban y que pasaban los últimos años de su vida (ambos se estaban jubilando) tomando el té con scones, charlando de abstractas relaciones, de modelos e hipótesis nulas y que en ese maravilloso mundo ideal, el amor se vectorizaba. Pero nada de ello ocurrió. Él siguió esperándola o al menos contemplándola, anulando la variable independiente, es decir el tiempo. Ella siguió indiferente, haciendo que su propia correlación tienda a 0. Sólo yo fui el testigo silencioso de algo que pudo haber sido, pero que, como aquellos famosos amantes del infierno dantesco, estaban destinados a cruzarse y nunca juntarse. O mejor dicho, para seguir con la metáfora, fueron como la curva que nunca toca al eje, como una función de un amor asintótico.