Anatomía de la melancolía

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Esta novela, como toda narración, tiene un asunto que no es lo que la hace asombrosa. Andreas Vesalius supera a Galeno con su obra De Humani Corporis Fabrica, lo que, ¡cómo no!, le vale la condena al fuego por parte del Santo Padre. Felipe II, su paciente, la conmuta por una peregrinación a Tierra Santa. En un barco sacudido por la tormenta comienza a relatar por qué disecó a un hombre vivo como si fuera una granada, y entre los mismos montes de agua termina el relato, y con él la novela.

El argumento la hace asombrosa no por flaco, sino por todo el resto que acompaña al texto. En primer lugar, las estructuras. Hay una evidente, una latente y una preferente, lo que evoca el cantar de Antonio Machado: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”. Y es que en tránsito por los andamios de Anatomía de la melancolía es el lector el que se siente mirado por la lectura, y objeto de diversión por parte de su autor.

La estructura evidente parcela el texto en dos andariveles: los capítulos y las visiones. Por cada capítulo trajinan los personajes (Vesalio padre y Andrés Vesalio, Jeroen, Jeroen Anthoniszoon Van Aeken –conocido como el Bosco o Jerónimo Bosch–, Pieter Brueghel el Viejo), que son diferentes y el mismo, y es precisamente en ese efecto trompe-l’œil donde el asombro de la novela comienza a construirse, obra que por lo demás es fuertemente pictórica.

Por las visiones, circulan el Ángel y Túngano, quien al final se alza como personaje hecho y derecho, y una de las claves de los diversos enigmas que en ese lugar coagulan y exhiben el sentido constante en su mejor esplendor. La estructura latente está expresada por los dibujos, los bocetos y los trípticos –como El jardín de las delicias, de Hieronymus Bosch– que entran a escena, reverberan, se consumen y desaparecen para reaparecer más adelante por sí o por sus imágenes reflejadas.

No sólo pinceles y colores hacen eso; también luces provenientes de una incandescencia perpetua, pestes de variada calaña –como la blanca– y hasta teólogos convertidos en nigromantes gracias a la calidad de orfebre de Aletto.

Luego, el lector puede preferir cómo elige leer la novela, en la primera o en las lecturas ulteriores, porque se trata de una obra tan hipnótica que es raro que alguien desee privarse de otra ronda. Así, las visiones pueden ser tomadas por el bajo continuo de los capítulos; como las inspiraciones de –por ejemplo– Jeroen; como el colofón del capítulo que ha expirado, el exordio del que continúa o bien como una secuencia en sí misma. Haberlas enriquecido con diablos, melancolías y el diablo de la melancolía no es sino otra de las destrezas del autor.

He mencionado alguno de los personajes principales. Sin embargo, los secundarios piden una secuela que los haga más visibles. Mencía de Mendoza, Marquesa de Cenette y Condesa de Cid; el forastero proveniente de Bruselas llamado Quentin; Zisca, el arrojado soldado que Jeroen y Quentin nombran por su capitán.

Si a alguien le hubiese parecido poco, todavía faltan los caracteres principales que se muestran como secundarios merced al disfraz del que los provee Aletto, como Jeroen el inmortal, o el borracho (que recitaba en su lengua y volvía las palabras y conceptos al español), cosa que se hace no por abuso de virtuosismo sino por excelencia en la administración de la trama, lo que se agradece. A continuación, tengo que mencionar el lenguaje, porque si produce un goce estético todo lo enunciado, éste no podría haber tenido lugar sin las palabras.

La novela está virada a un color arcaizante, que la caracteriza. Pero no a cualquier tono, sino a uno que tanto se detiene en los términos como en su sintaxis. “Cuando viene la seca es muy pestilencial” es una secuencia que compite sin vencedores con “viejos tacos de peral sin aceitar”, o con “médicos de orina y pulso”.

Luego están las figuras, de las que no me privo de reescribir dos: “Entre ambos lo llevaban en volandas por el aire como perro por carnestolendas” y “tardó primero en recogerlo con sus manos manchadas con los colores de un crepúsculo”. Si se mirara dentro de un caleidoscopio, los colores y las formas no serían tan variadas. Penúltimo, debo mencionar los tiempos que se cruzan entre las páginas como murciélagos dentro de una oquedad estrepitosa.

Mientras la leía, recordé El infierno tan temido, una película argentina de 1980 dirigida por Raúl de la Torre y actuada por Graciela Borges y Alberto de Mendoza –sobre cuento de Onetti–, en la que cuatro o cinco registros temporales se trenzan con comparable maestría. En Música para camaleones, en su prefacio, Truman Capote refiere que Norman Mailer definió A sangre fría como “un fracaso de la imaginación”. Es cierto, añade, que más adelante los críticos se dedicaron a emplear el método personalmente; y nadie con mayor rapidez que Norman Mailer, quien ganó un montón de dinero y de premios escribiendo “novelas reales”. No importa, dice Capote, “es un buen escritor y un tipo estupendo, y me resulta grato el haberle prestado algún pequeño servicio”.

En Anatomía de la melancolía son tantas las artes, las articulaciones y las artimañas que despliega Aletto que bien podría decirse que el libro es un prodigio de imaginación, una novela sencillamente prodigiosa. A punto tal que regresando a Machado, estoy tentado de decir que la novela que leés, no es novela porque vos la leas, novela es porque sea.