“Complicidad, respeto, hermandad en el escenario”, Pepa Luna

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De la mano de Federico García Lorca, Juan Goytisolo o Alfonsina Storni, entre otros, se presenta los viernes a las 21.30 –el 30 de octubre, y el 13 y 20 de noviembre?, el musical Buenos Aires Ibérico de la artista española Pepa Luna en La Biblioteca Café, en Marcelo T.de Alvear 1155.

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En diálogo con Leedor, Pepa habla, entre otros temas, de su infancia con flamenco, lo que la marcó, y la hizo unir canto y actuación.

Pepa Luna 1

Sos actriz y cantante, ¿cómo fueron apareciendo estas dos facetas en vos?

Más que aparecer, yo diría cuándo fue que las reconocí y, en mi caso, el canto fue lo primero. En mi casa siempre se escuchaba música, sobre todo flamenco, y lo mejor eran esos fines de semana que mi padre iba a las peñas flamencas o a los festivales de cante y me llevaba de su brazo para ver a las grandes figuras del momento. Ahí sería, entonces, la primera vez que tomé conciencia de esas dos facetas dentro de mí, porque ahí estaban vivas, podía escucharlas y verlas cantar y actuar. Para mí, ambas facetas van de la mano. Yo no sé cantar sin actuar y viceversa. No sé subirme a un escenario sin poner ambas facetas encima de él: alma, tripas, corazón, pasión, entrañas, verdad…, y eso lo aprendí y aprendo viendo y escuchando a los que, para mí, son figuras, artistas en mayúsculas.

En la adolescencia, llegó más y más música a mis oídos. Tengo un hermano 6 años mayor al que le gusta también la música, así que tuve esa ventaja, y pude escuchar y conocer otros estilos, otros artistas que, sin duda, me siguen nutriendo y enriqueciendo.

En casa, también, se veía mucho cine, sobre todo el clásico, así que también desde pequeña, comenzó a despertarse en mí la faceta actoral. Recuerdo los cines de verano, comiendo pipas y bebiendo gaseosa, viendo pelis de vaqueros, de amor, de suspenso, uno de mis géneros favoritos. Aún recuerdo la noche que vi Los crímenes del museo de cera; no pude dormir en toda la noche. Era muy pequeñita todavía, pero ya me entusiasmaba ese género, así que cuando mis padres me dejaron ver otra peli de suspenso, recuerdo que fue Los pájaros del gran Hitchcock, y caí rendida a sus pies irremediablemente, me hice fan para siempre. De hecho, cada vez que voy al pueblo a visitar a la familia, siempre terminamos escuchando flamenco “del de antes”, como dice mi padre, y viendo los clásicos como: Encadenados, La mujer X, Cortina rasgada, Vacaciones en Roma, La Heredera, El apartamento, Jezabel, una de mis pelis favoritas, como también a la gran Bette Davis, una de mis actrices favoritas. Siempre quedo embelesada mirando la pantalla como si fuera la primera vez que veo esas películas que casi me sé de memoria, y aprovecho para seguir observando y aprendiendo de esas magistrales actuaciones, de sus sutilezas. Una escuela imperdible, altamente recomendable.

¿Qué considerás que se aportan ambas profesiones entre sí?

Cada una me aporta algo que retroalimenta a la otra. Son un regalo, un don que, además, no me pertenece. Me brindan la oportunidad de estar en continúo movimiento, aprendizaje, presencia, diversión; me hacen estar y experimentar la completa incertidumbre, el vértigo, el desasosiego, la rendición, la responsabilidad. Son un desafío y una invitación constante a saltar al vacío. Me he dedicado a trabajar en otras profesiones que me han dado muchas satisfacciones, pero sé que si no me dedicara a esta profesión, estaría, sin duda, muerta en vida. Puede sonar bastante drástico e incluso dramático, pero en mi experiencia, es la pura verdad.

Cuando decidí atravesar el océano, una de las razones principales y motoras fue esa sensación. Yo vivía en Madrid y era feliz. Tenía “todo”: Un buen trabajo más que bien remunerado, un precioso departamento en Pozuelo de Alarcón, auto propio, grandes amigos, familia y raíces a sólo 600 km, pero…

¿En qué géneros te sentís más cómoda?

Siento natural el género melódico, un espacio que reconozco, un lugar cómodo, pero me considero una buscadora de desafíos y me gusta atravesar, con conciencia, mis propias zonas de comodidad, mis propios límites, así que, en estos momentos, me encuentro, estudiando al varón que me robó el corazón: el tango, un amor que, sin duda, ya es para toda la vida. También estoy sumergida más y más en la cuna que me vio nacer, el género que escuché desde la panza: el flamenco. Ambos géneros, tan distintos y a la vez tan cercanos, similares. Ambos fueron tratados de igual forma: rechazados, marginados; nacieron de esa mezcla de razas. Tantas líneas trazadas en común tienen el tango y el flamenco, hasta históricamente. En mi show Buenos Aires Ibérico, hablamos sobre ello, y el público experimenta esa hermandad que hay entre la copla y el tango, entre la zamba y el fandango. Sin duda son primos hermanos, compinches

Trabajaste con varios directores, ¿qué privilegiás a la hora de elegir un espectáculo?

Es fundamental que el espectáculo, el libreto, incluso la canción, me atraviesen. Más allá de las palabras, hay una pregunta que siempre me hago: ¿qué mensaje final tiene? Normalmente, cuando una propuesta cae en mis manos, la leo de manera ansiosa, de un tirón. Luego me relajo, la tomo nuevamente entre las manos y la leo pausadamente, masticando las palabras. En esa segunda lectura, comienzo a tener algunas percepciones y emociones que me traen respuestas inmediatas. Si tengo que leerla una tercera vez, normalmente comienzo a tomar notas, subrayar, etc., y es cuando me doy cuenta de que ya estoy “poseída” por ella.

El último proyecto teatral, hasta ahora, en el que he trabajado fue Ilusión de Galo Ontivero, una desgarradora historia, un desafiante trabajo actoral. Un personaje inolvidable: Olga, una mujer atravesada, escindida por las circunstancias de su vida en ese momento, hito, con un final, quizás inesperado, conmovedor; uno de los personajes que, hasta ahora, más he disfrutado interpretar sobre las tablas, y con el que he aprendido y me he nutrido en cada función que hacíamos en el precioso Teatro Patio de Actores, y al que esperamos regresar en el próximo otoño.

La crítica alaba tu voz, tu energía, tu gracia, entre otras cosas, ¿cómo te definís vos en Buenos Aires ibérico?

Mi definición en Buenos Aires Ibérico no sería posible sin mis “compis” de andaduras y locuras: el Maestro Héctor Romero en guitarra flamenca y Pablo Alexander en percusión. Ellos son mis pilares, con los que me siento a definir cómo y qué temas trabajar o versionar; me siento a ensayarlos, explorarlos, hacerlos nuestros; también a componer y compartir nuevas ideas, temas propios. Y todo ello entre mates, cervezas, risas, compartires. Si no nos divertimos, no funciona. A veces ensayamos y trabajamos temas que ni siquiera han visto todavía la luz, y es probable que ni la vean, pero mientras trabajamos con ello, seguimos creciendo como artistas y le ponemos el corazón, y eso es lo que luego se ve en el escenario: complicidad, respeto, hermandad.

También me acompañan: el Maestro Ricardo Flanagan en guitarra criolla y mi querida Carmen Mesa al baile. Qué sería de mí sin mi querido Maestro Flanagan, el hombre que, hasta ahora, más me enseñó y enseña de ese varón que me ha robado el corazón.

Y mi Carmen…, sobran las palabras: amiga, compañera, talento, arte y pureza en su máxima expresión, con la que también aprendo, me nutro y comparto cada día de mis raíces flamencas y andaluzas.

Así que mi definición es que somos un equipo, y solo puedo estar agradecida de tener a estos talentosos monstruos a mi lado. Quizás sea por eso que “Buenos Aires Ibérico” es lo que es, o mejor sin el “quizás”. Nos preparamos, estudiamos, ensayamos, creamos, nos reímos, nos equivocamos, buscamos frescura en los temas que interpretamos, pureza, espontaneidad, simpleza.

Nos gusta ser nosotros en el escenario, respetar a los autores y sus temas cuando los hacemos nuestros. Nuestro objetivo es disfrutar junto al soberano. Poder tener la posibilidad de, aunque sea por unos instantes, convertirnos en los alquimistas de esa mezcla mágica que generan la poesía, la música, el baile, la pasión, y todos los corazones presentes latiendo a la par.