Nadie quiere ser nadie, Mariela Asensio

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Nadie quiere ser nadie es la disección de una clase con miembros tan diversos que resultan imposibles de clasificar, pero que tienen en común la disconformidad. Basada en entrevistas a personas reales, la obra toma su propio vuelo. El tema de la clase media le genera a Mariela Asensio (actriz, directora, dramaturga) más interrogantes que certezas, según ella reconoce, y eso la ha movilizado a escribir esta impecable obra donde se contraponen puntos de vista que arman un rompecabezas en el que cada pieza encaja.

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El punto medio aparece como aquel lugar donde alcanzamos el equilibrio. Ni muy arriba ni muy abajo, ese es el sitio de la clase media. Pero no por eso está libre de excesos. Excesos de poder, de control, obsesión por las apariencias. La clase alta es flaca; la baja, gorda y la del medio vive a dieta. Esa es la caracterización de uno de los personajes. Todos luchan por ocupar un lugar en la sociedad. Tras las puertas de un country se esconde una madre dominadora y frívola, un hombre que lucha por no caerse de su propio pedestal y una hija que no sabe qué hacer consigo misma. Abusan del whisky para ocultar la falta de sentido en sus vidas. Todos se vinculan con una empleada que trata de pasar inadvertida, y que es escudriñada hasta más no poder por sus empleadores empecinados en saber cuánto ha comido. No tienen nada mejor que hacer y eso resulta triste. Los personajes están teñidos de cierto patetismo, algunos generan empatía; otros, lástima. Un guardia de seguridad abusa de su función al registrar bolsos de los que entran y salen del country. Los débiles se enfrentan a los aún más débiles.

En paralelo, hay otros personajes que luchan por ser alguien en la vida. Un actor que migró de su país y una chica que reniega de su posición, de su falta de dinero. Harta de que en arte no pueda ganar plata, los confronta a sus compañeros de clases de teatro que están en una situación más acomodada. Nadie quiere ser nadie cuenta historias de personajes que están en lugares muy opuestos: el que tiene que ser mozo porque no puede vivir de su arte, y la que goza de bienestar económico, pero no encuentra la pasión y admira a sus compañeros que luchan contra viento y marea para hacer lo que aman. La ama de casa que se aburre, solo vive criticando todo el día se enfrenta con la empleada, que tiene que dejar a un lado sus sueños para poder sobrevivir. Todos ellos infelices: los que creen que en la plata está la felicidad verán como el mundo de la clase media alta se cae a pedazos y los que creen que se puede ser feliz solo viviendo del arte también podrán apreciar las complejidades de toda vocación. Jugarse por lo que a uno le gusta tampoco garantiza la felicidad.

La obra ofrece la visión de una clase media para nada homogénea, más fragmentada y conflictiva de lo que parece. “La clase media es mucha gente y es también muy diferente. Pero ¿quiénes son? ¿Mi depiladora es clase media? ¿El matrimonio que compró una propiedad en un country es clase media? ¿Mi amiga que paga un crédito hipotecario de acá a veinte años es clase media? ¿Mi padre mecánico de autos es clase media? ¿Ser alguien implica pertenecer a algo? ¿Uno es lo que tiene?”, se pregunta la dramaturga en un texto publicado en Perfil. La autora cuestiona la idea de que el tener está por sobre el ser o que el tener es más importante que el ser. “Por mi parte, me rebelo ante la idea que antepone el tener al ser. Que instala el poder adquisitivo como asunto central en la vida de las personas. Que impone lo material como prueba real de éxito”, afirma. Y por ello en los personajes de la obra que generan empatía hay una pugna constante del ser por afirmarse, hay una búsqueda por revelar ese ser. Quizás la hija del matrimonio sea la que más sufre por no poder pertenecer del todo al mundo del tener, ni al del ser, por no poder anclarse en ninguna parte. Mientras que en aquellos personajes que generan rechazo prima el tener, la pesadilla de siquiera pensar en mudarse a un barrio como Almagro dejando a un lado la vida controlada del country.

La psicóloga no podía faltar en esta radiografía de la clase media: es la única esperanza para salvar a los personajes de la desesperación; sin embargo, ella también está perdida.

La obra retrata un mundo donde los sueños no se parecen a la realidad porque “nunca nada alcanza”.

Las intervenciones con fragmentos de musicales resultan muy acertadas, logran generar un clima interesante e instalar cierta ironía, un recurso que brilla en las manos de Asensio. Las actuaciones, todas excelentes. Los instrumentos y las voces logran ponerse al servicio del guión, enfatizando y matizando las palabras y lo que se relata. La tensión creciente de la obra está muy bien sostenida. El uso del espacio es inteligente y se logran grandes efectos con elementos mínimos. Nadie quiere ser nadie es claramente una negación: aquello que seguramente no queremos ser. Ahora bien, qué es aquello que sí queremos ser: ¿ricos, inteligentes, exitosos, famosos, talentosos, reconocidos? Esa pregunta quedará flotando en el espectador.

Ficha técnico-artística

Autoría: Mariela Asensio
Actúan: Florencia Ansaldo, José Joaquin Araujo, Salome Boustani, Anahí Gadda, Teresita Galimany, Guillermo Jáuregui, Carlos Juárez, Natalia Olabe
Vestuario: Vessna Bebek
Iluminación: Ricardo Sica
Asistencia general: Paola Luttini
Producción ejecutiva: Pamela Santangelo
Dirección: Mariela Asensio

Duración: 60 min

CELCIT
Moreno 431 (mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4342-1026
Web: http://www.celcit.org.ar
Entrada: $ 120,00 / $ 80,00 – Sábado – 22:00 h – Hasta el 21/11/2015