Dos días, una noche

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Es extraño lo que los hermanos Dardenne pueden conseguir con un lenguaje mínimo, con imágenes cotidianas y con una Marion Cotillard cada vez más actriz, cuyo personaje (Sandra) vive un fin de semana a contramano, sin descanso, sin sonrisas. Es un fin de semana de angustia y valor, de caerse y levantarse, de creer en el triunfo y desmayarse ante la derrota. Es un fin de semana que muestra cómo Europa puede ir para atrás en conquistas sociales, sensibilidad, humanidad.

Dos días, una noche (“Deux jours, une nuit” en el francés original) se desarrolla en una ciudad industrial, Sandra trabaja en una Pyme de paneles solares, y ve cómo en su ausencia sus propios compañeros la cambian por un bono €1.000. Esposa de un simple trabajador de fast food que no termina de entenderla, y madre de dos hijos, vive en un fin de semana una odisea, pero no la de Homero sino la de Joyce por su síntesis e intensidad.

Ese fin de semana Sandra tiene que convencer a sus 16 compañeros que fueron estafados, por la patronal y les pregunta si son capaces de desprenderse de esa paga extraordinaria para que ella conserve su empleo. Necesita que los mayoría de los 16 vuelvan a votar por ella.
Las respuestas son las esperables, los violentos, los solidarios, los indecisos, casi una radiografía del estado de situación de un movimiento obrero desesperado y en crisis. Dos días una noche es una película que habla de la transformación, de cómo una trabajadora enferma se enfrenta con lo que no puede ver, el egoísmo y la indiferencia pero las respuestas la van moldeando, la van fortaleciendo, la van cambiando.
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Casi un ensayo fílmico, con una Marion Cotillard brillando, en el uso de un mínimo de recursos expresivos, sin maquillaje, con la misma ropa, Dos días y una noche es una película que asombra porque nadie espera que una historia simple, sin música, sin ritmos trepidantes, que podría estar situada en la Argentina de los 90’, pueda convocar nuestra atención por 95 minutos. Los hermanos Dardenne muestran de nuevo su destreza para contar historias simples con un núcleo dramático a flor de la piel y del ojo.

Hay algo nuevo, y a su vez imperceptible, en el cine de los Dardenne, un cine epitelial, sin erudición ni virtuosismo y con mucho de astucia de dónde se pone la cámara, planos cortos cercanos a los rostros y a los actos, donde lo que se filma es la energía dramática de los cuerpos, no su materialidad.
Hay algo de aquella naturalidad fílmica de Vittorio de Sica, de aquel retrato de la pobreza en clave poética de la postguerra. Los hermanos Dardenne tratan que ningun signo externo haga perder de vista al espectador de qué se trata de cine, nada de glamour, nada de ego, salvo Marion Cotillard, utiliza actores sin fama, desconocidos, para mostrar un conflicto que vive la mayoría, quizá sin tanta poesía como del Genio italiano pero buscando un lenguaje despojado, sin estetizar los conflictos humanos, ni siquiera buscando empatía.

La diminuta y valerosa Norma Rae (Norman Ritt 1979) protagonizada por la enorme Sally Field me recuerda mucho a la débil Sandra: ambas encuentran el sentido de su vida despreciando el egoísmo de sus compañeros porque saben que es la llave segura de una nueva derrota de un movimiento obrero europeo que pensaba que las palabras ajuste, pobreza y desempleo eran de un diccionario que solo se usaba en la periferia del mundo.
norma rae