Michel Foucault: el filósofo que cambió la manera de mirar el mundo

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Influido por Nietzsche, Heidegger y Freud, Michel Foucault (1926-1984) es motivo de lecturas y relecturas cada vez que nos enfrentamos a ciertos temas como el poder, la sexualidad, el lenguaje, entre otros.

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En su ensayo Las palabras y las cosas (1966), el filósofo critica el concepto de progreso de la cultura, al considerar que el discurso de cada época se articula alrededor de un paradigma determinado, y que ?por lo tanto? resulta incomparable con el discurso de las demás. Del mismo modo, no podría apelarse a un sujeto de conocimiento (el hombre) que fuese esencialmente el mismo para toda la historia, porque la estructura que le permite concebir el mundo y a sí mismo en cada momento ?y que se puede identificar, en gran medida, con el lenguaje? afecta a esta misma esencia o convierte este concepto en inapropiado.

El tema del poder aparece, por ejemplo, en Vigilar y castigar (1975) donde Foucault realizó un análisis de la transición de la tortura al encarcelamiento como modelos punitivos, para concluir que el nuevo modelo obedece a un sistema social que ejerce una mayor presión sobre el individuo y su capacidad para expresar su propia diferencia. De ahí que, en el último volumen de su Historia de la sexualidad, titulado La preocupación de sí mismo (1984), defendiese una ética individual que permitiera a cada persona desarrollar, en la medida de lo posible, sus propios códigos de conducta.

Como todo gran pensador, Foucault nos abre interrogantes, nos obliga a replantearnos saberes que tenemos incorporados y a los que nunca se nos ocurrió cuestionar, nos hace ver el revés de la trama y nos recuerda constantemente que la esencia del hombre es dudar, preguntarse, no creer demasiado en los supuestos; en sus propias palabras: «Lo que hago es la historia de la manera en que las cosas se problematizan; es decir, la manera en que las cosas se vuelven problemas».

El Occidente y la verdad del sexo

(Le Monde, N° 9885, 5 de noviembre de 1976)

Un inglés, que no ha dejado su nombre, escribió a finales del siglo XIX una inmensa obra que fue impresa en una docena de ejemplares; jamás fue puesta a la venta y terminó cayendo en manos de algunos coleccionistas o en algunas raras bibliotecas. Es uno de los libros más desconocidos, se llama My secret life.
El autor hace allí el meticuloso relato de una vida a la que él había consagrado al placer sexual. Noche tras noche, días tras día, cuenta hasta sus menores experiencias, sin fausto, sin retórica, con la única preocupación de decir que pasó, cómo, según qué intensidad y con qué cualidad de sensación. ¿Con esa única preocupación? Quizás. Porque de esta tarea de escribir lo cotidiano de su placer habla frecuentemente como de una sorda obligación, un poco enigmática, a la cual él no sabría rehusar someterse: es necesario decirlo todo. Y sin embargo hay otra cosa; para este inglés testarudo en este ‘juego-trabajo’ se trata de combinar en su justo término el uno con el otro, el discurso verdadero sobre el placer y el placer propio del enunciado de esta verdad; se trata de utilizar este diario –ya sea que él lo releyera en voz alta, o que lo escribiese a medida? de los desarrollos de nuevas experiencias sexuales, según las reglas de ciertos placeres extraños donde ‘leer y escribir’ tendrían un rol específico.
Steven Marcus consagró a este oscuro contemporáneo de la reina Victoria algunas páginas remarcables. Por mi parte no estoy tentado en ver en él un personaje de las sombras, ubicado del ‘otro lado’ en una época de mojigatería. ¿Es una revancha discreta y risueña sobre la mojigatería de la época? Sobre todo me parece situado en el punto de convergencia de tres líneas de evolución muy poco secretas en nuestra sociedad. La más reciente es la que dirigía la medicina y la psiquiatría de la época hacia un interés cuasientomológico por las prácticas sexuales, sus variantes y su disparate: Kraft-Ebing no está lejos.
La segunda, más antigua es la que desde Rétif y Sade, ha inclinado a la literatura erótica a buscar sus efectos no solamente en la vivacidad o rareza de las escenas que imaginaba sino en la búsqueda encarnizada de una cierta verdad del placer: una erótica de la verdad, una relación de la verdad a la intensidad son característicos de este nuevo ‘libertinaje’ inaugurado al fin del siglo XVIII.
La tercera línea es la más antigua; ella ha atravesado desde la Edad Media todo el Occidente cristiano: es la obligación estricta para cada uno de ir a buscar en el fondo de su corazón, por la penitencia o el examen de consciencia, las huellas incluso imperceptibles de la concupiscencia. La cuasi-clandestinidad de My secret life no debe hacer ilusión, la relación del discurso verdadero con el placer del sexo ha sido una de las preocupaciones más constantes de las sociedades occidentales. Y esto desde hace siglos. ¿Qué no se ha dicho sobre esta sociedad burguesa, hipócrita, mojigata, avara con sus placeres, testaruda en no querer ni reconocerlos ni nombrarlos? ¿Qué es lo que no se ha dicho sobre la más pesada herencia que ella habría recibido del cristianismo –el sexo? el pecado? ¿Y sobre la manera en la que el siglo XIX ha utilizado esta herencia con fines económicos: el trabajo antes que el placer, la reproducción de las fuerzas antes que el puro dispensar las energías? ¿Y no estaba aquí lo esencial? ¿Y si hubiese, en el centro de la ‘política del sexo’, engranajes muy diferentes? ¿No de rechazo u ocultación sino de incitación? ¿Y si el poder no tuviese por función esencial decir no, prohibir y censurar sino ligar según una espiral indefinida, la coerción, el placer y la verdad?
Imaginemos solamente el celo con el que nuestras sociedades han multiplicado desde hace siglos hasta ahora, las instituciones destinadas a extraer la verdad del sexo y que por esto mismo producen un placer específico. Pensemos en la enorme obligación de confesión y en todos los placeres ambiguos que, a la vez, la perturban y la vuelven deseable: confesión, educación, relaciones entre padres e hijos, médicos y enfermos, psiquiatras e histéricas, psicoanalistas y pacientes. Algunas veces se dice que Occidente no ha sido jamás capaz de inventar ni un sólo tipo de placer nuevo. ¿No cuenta para nada la voluptuosidad de escrutar, extraer, interpretar, brevemente el ‘placer de análisis’ en el sentido más amplio del término? Antes que una sociedad dedicada a la represión del sexo, yo vería a la nuestra como dedicada a su ‘expresión’.
Permítaseme esta palabra desvalorizada. Yo más bien vería a Occidente encarnizado en arrancar la verdad del sexo. Los silencios, los impedimentos, los hurtamientos no deben ser subestimados pero no han podido formarse y producirse en sus dudosos efectos más que sobre el fondo de una voluntad de saber que atraviesa toda nuestra relación al sexo. Voluntad de saber en este punto imperiosa y en la cual estamos tan involucrados que hemos llegado no sólo a buscar la verdad del sexo sino a demandarle nuestra propia verdad. A ella le tocaría decir lo que somos.
De Gerson a Freud se ha edificado toda una lógica del sexo que ha organizado la ciencia del sujeto. Nos imaginamos gustosamente pertenecer a un régimen ‘victoriano’. Me parece que nuestro reino es más bien el que imaginó Diderot en Les bijoux indiscrets: un cierto mecanismo difícilmente visible que hace hablar al sexo en un parloteo casi interminable. Estamos en una sociedad del sexo que habla. Así quizás es preciso interrogar a una sociedad sobre la manera en la cual se organizan en ella las relaciones del poder, la verdad y el placer.
Me parece que se pueden distinguir dos regímenes principales. Uno es el del arte erótico. Allí la verdad es extraída del placer mismo, recogido como experiencia, analizado según su cualidad, seguido a lo largo de sus reverberaciones en el cuerpo y en el alma, y ese saber quintaesenciado es, bajo el sello del secreto, transmitido por iniciación magistral a aquellos que se han mostrado dignos y que sabrán hacer uso al nivel del placer mismo, para intensificarlo y volverlo más agudo y más acabado.
La civilización occidental, en todo caso desde hace siglos, casi no ha conocido arte erótica, ella ha anudado las relaciones del poder, del placer y de la verdad totalmente sobre otro modo: el de una ‘ciencia del sexo’. Tipo de saber dónde lo que es analizado es menos el placer que el deseo; donde el maestro amo maître no tiene por función iniciar sino interrogar, escuchar, descifrar, donde ese largo proceso no tiene como fin un mejoramiento del placer sino una modificación del sujeto (que por esta vía se encuentra o perdonado o reconciliado, curado o liberado).
De este arte a esta ciencia, las relaciones son demasiado numerosas como para que se pueda hacer de eso una línea de partición de aguas entre dos tipos de sociedad. Ya se trate de la dirección de consciencia o de la cura psicoanalítica, el saber del sexo lleva consigo imperativos de secreto, una cierta relación al maestro y todo un juego de promesas que lo emparentan entonces con el arte erótico. ¿Creeríamos que sin esas obscuras relaciones algunos pagarían tan caro el derecho de formular laboriosamente dos veces semanales la verdad de su deseo y esperar con toda paciencia el beneficio de la interpretación? Mi proyecto sería hacer la genealogía de esta ‘ciencia del sexo’. Empresa que no es una novedad, lo sé, muchos la emprenden hoy mostrando cuantos rehusamientos, ocultaciones, temores, desconocimientos sistemáticos han tenido largo tiempo bajo tutela todo un saber eventual del sexo.
Pero no quisiera intentar esta genealogía en términos positivos, a partir de las incitaciones de mecanismos, técnicas y procedimientos que han permitido la formación de ese saber, quisiera seguir desde el problema cristiano de la carne, todos los mecanismos han inducido sobre el sexo un discurso de verdad y organizado alrededor de él un régimen que mixtura placer y poder. En la imposibilidad de seguir globalmente esta génesis, intentaré, en estudios distintos, destacar algunas de sus estrategias más importantes, a propósito de los niños, las mujeres, las perversiones y la regulación de los nacimientos. La cuestión que uno tradicionalmente se plantea es: entonces ¿por qué Occidente ha culpabilizado tanto tiempo al sexo, y cómo sobre el fondo de ese rehusamiento o de cierto temor se ha llegado a plantear, a través de muchas reticencias, la cuestión de la verdad? ¿Por qué y cómo desde el fin del siglo XIX se ha intentado levantar una parte del gran secreto, y esto con una dificultad de la que incluso el coraje de Freud es testimonio?
Quisiera plantear totalmente otra interrogación: ¿por qué el Occidente se ha interrogado continuamente sobre la verdad del sexo y exigido que cada uno la formule sobre sí? ¿Por qué se ha querido con tanta obstinación que nuestra relación a nosotros mismos pase por esta verdad? Es preciso entonces asombrarse que hacia el comienzo del siglo XX hayamos estado tomados por una gran y nueva culpabilidad, que hemos comenzado a experimentar una especie de remordimiento histórico que nos ha hecho creer que desde hacía siglos estábamos en falta respecto al sexo.
Me parece que en esta nueva culpabilización, de la que parecemos tan gustosos, lo que es sistemáticamente desconocido es justamente esta gran configuración de saber que Occidente no ha cesado de organizar alrededor del sexo, a través de técnicas religiosas, médicas o sociales. Supongo que me conceden este punto. Pero asimismo me dirán: ¿“Ese gran trabajo de pulido alrededor del sexo, esa preocupación constante, no ha tenido al menos hasta el siglo XIX más que un objetivo: interdictar el libre uso del sexo.’? Ciertamente el rol de las interdicciones ha sido importante. Pero el sexo ¿está de entrada y ante todo interdicto? ¿O bien las interdicciones no son más que trampas en el interior de una estrategia compleja y positiva?
Uno toca aquí un problema más general al que sería necesario tratar muy en contrapunto con esta historia de la sexualidad, el problema del poder. De una manera espontánea, cuando se habla del poder se lo concibe como ley, como interdicción, como prohibición y represión; y nos encontramos muy desarmados cuando se trata de seguirlo en sus mecanismos y sus efectos positivos. Un cierto modelo jurídico pesa sobre los análisis del poder, dando un privilegio absoluto a la forma de la ley. Sería preciso escribir una historia de la sexualidad que no esté ordenada por la idea de un poder-represión, de un poder-censura, sino por la idea de un poder-incitación, un poder-saber, sería preciso intentar desprender el régimen de la coerción, el placer y el discurso que es no inhibidor sino constitutivo, de ese dominio complejo que es la sexualidad.
Desearía que esta historia fragmentaria de la ‘ciencia del sexo’ pudiese valer igualmente como el esbozo de una analítica del poder.