El petiso orejudo, Julio Ordano

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“Nadie nunca lo besó, excepto su madre”. Esta doble negación en boca de uno de los personajes traduce el espíritu de la obra en su mirada humana e intimista hacia un personaje indescifrable como Cayetano Santos Godino: “El petiso orejudo”.

Basada en la historia real de este asesino serial de niños, la multipremiada obra de Julio Ordano, dirigida por Adrián Cardoso muestra en esencia la reclusión y los últimos días de Godino en la cárcel de Ushuaia. Algunos flashbacks rememoran los instantes precisos de su último crimen y su derrotero de encierros hasta llegar al penal de máxima seguridad.

El director propone con audacia y perfección una lectura diferente de los hechos ocurridos. Aquí, el mal no se conjura ni se justifica, se lo asume y se lo “interioriza”. Víctimas y victimarios comparten la escena y el calvario y esa dualidad de la vida se debate en el pensamiento.

Godino, hijo de inmigrantes calabreses, representa el ánimo grotesco de la sociedad de entonces, quien en sintonía con Lombroso atribuía la atrocidad de sus crímenes a la deformidad de sus rasgos y a tendencias innatas de orden genético.

Si bien está ambientada en la época de los sucesos, su contexto es anacrónico porque en él subyacen las críticas a una falta de compromiso con la realidad, no solo carcelaria o jurídica sino humana. En su monólogo, Santos vocifera: “Yo estoy preso, pero ustedes están jubilados de la vida”, quizás tan presos o tan muertos como él. En su imaginario o en la realidad se asimila a sus jueces: tal vez ellos sean tan fríos o insensibles como él. Con ingenuidad o sarcasmo no tarda en decirlo: “Yo también experimento”, como ustedes con los perros.

Esta idea está presente en toda la obra, late por debajo de las palabras y se filtra en el discurso como un fantasma. ¿No es acaso el espejo que pide Cayetano para verse, para saber “si ha cambiado” el mismo donde nosotros, como sociedad, debemos mirarnos también. ¿Hemos cambiado?

La escenografía es despojada, pero exacta y precisa en su función. Cada elemento comporta un símbolo: la escoba, las hojas, las cartas, el clavo. El espacio reducido proporciona profundidad a los personajes, quienes interactúan con él desde el encierro emocional que provoca la historia. La luz y su clave tonal acentúan lo monstruoso y lo triste de los hechos. En esa lejanía, el sonido del viento nos sitúa en el entorno inhóspito, hostil e inhumano del fin del mundo.

La actuación es impecable, como el vestuario. Pablo Juan compone con maestría el personaje de Godino: sin enmendarlo le otorga al niño asesino ese trazo de humanidad que alguna vez le negaron. Su estremecedora entrega nos permite atravesar esa delgada línea que a veces se cierne entre la misericordia y el castigo.

Enrique Cabaud muestra destreza y calidad en sus múltiples interpretaciones como médico, director del penal, psiquiatra o recluso. En esa vorágine camaleónica muda de piel más allá del vestuario y a cada personaje le impone un destino. Basia Fiedorowicz recorre con sutileza y con carácter un camino similar al de Cabaud. Si para Borges: “un hombre es todos los hombres”, ella es todas las madres, todas las hermanas, todos los dolores, todas las ausencias.

En su conjunto, esta excelente obra encierra más de una reflexión, alguna quizás a destiempo, no por ello menos válida y necesaria. En los labios del Petiso me viene a la mente ahora una de Enrique Santos Discépolo: “La vida es tumba de ensueños con cruces que, abiertas, preguntan… ¿pa’ qué?

Ficha Técnica

Autor: Julio Ordano
Intérpretes: Pablo Juan; Enrique Cabaud y Basia Fiedorowicz
Escenografía y Maquillaje: Magdalena de la Torre.
Vestuario: Pablo Juan.
Asistente: Florencia Montanucci
Dirección: Adrián Cardoso

JUEVES A LAS 21
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