Eduardo “Tato” Pavlovsky

0
23

“Escribir y publicar mis obras es importante, pero solo siento que realmente hago teatro cuando estoy en escena. Antes de cada función me pregunto ‘¿Qué carajo estoy haciendo acá?’, y al acabar le encuentro sentido. El teatro para mí es la vida”. Así se definía Eduardo “Tato” Pavlovsky ?dramaturgo, actor, médico con formación psicoanalí­tica y autor de piezas memorables de la escena nacional como El señor Galindez, Potestad y La muerte de Marguerite Duras entre otras?, quien murió hoy a los 81 años.

Pavlovsky nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1933. Es el iniciador del psicodrama en América Latina y autor de varios libros sobre el tema, entre ellos el primer libro en castellano Psicoterapia de grupo de niños y adolescentes. A sus más de 20 obras y 15 libros, se suman sus trabajos como actor y director. Según el diario El País, “es un experto a la hora de moverte el suelo bajo los pies. Practica un teatro visceral, furiosamente realista, que de repente vira hacia territorios oníricos”.

Recibió, entre otros, el Premio del Teatro IFT (1967), el Premio del Festival de Teatro de las Américas (Montreal, 1987), el Premio de la Revista Time Out (Londres, 1987), el Premio Molière (Francia, 1989), el Premio Prensario (1994), los Premios Argentores y ACE (1995), el Premio Konex de Platino (2001) y el Premio Konex – Diploma al Mérito (1994, 2001 y 2004).

El santo de la espada (1970) de Torre Nilson, Los herederos (1972) de David Stivel, El exilio de Gardel (1985) de Pino Solanas y Las mujeres llegan tarde (2012), de Marcela Balza, son algunas de las 15 pelí­culas en las que actuó.

En este mundo de fin de siglo las cosas están muy cantadas. Hay una producción permanente de subjetividad que tiende a una estandarización global de maneras de pensar, donde surge lo que el sociólogo Gilles Lipovetsky denomina “la era del vacío”. Esta era está marcada por la pérdida de solidaridad y del sentido de ciertas utopías, y por la agudización de la introspección y el narciciscmo, el mirar hacia adentro olvidando siempre el afuera, por la muerte de la política militante, desplazada por los grupos de poder económico que manejan lobbies. Existe la idea de que para que el mundo funcione un poco mejor hay que excretar a un sector de la población fuera de la producción capitalista. Un mundo basado en el individualismo, la introspección, el egocentrismo. En este mundo nos queda muy poco espacio. O formás parte de la maquinaria, sos un yuppie o un sociólogo de marketing, o te queda una zona. ¿Qué hacés en esa zona? Te podés suicidar, te podés deprimir, te podés resignar o podés encontrar optimistamente ciertos territorios de producción de subjetividad que, como dice Guattari, se hacen por los bordes, espacios donde independientemente de toda esa maquinaria florecen otras opciones existenciales. (Pavlovsky, 1994)