El Concilio de los Pájaros

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… we live on, enchanted seers of the ghostly world!

E.T.A Hoffman, 1813

Mientras caminan por el bosque gritando el nombre de Otto, los tres amigos que fueron a visitarlo solo pueden escuchar sus propias voces. Dentro de la cabaña encuentran el desorden de los raptos de creatividad de Otto. Paul (Thorsten Wien), su viejo amigo de los años de estudio -ahora acompañado por su nueva esposa, Anna (Eva Maria Jost) y Wilhelm (Daniel Krauss)- encuentra entre los papeles lo que sería la composición más reciente de Otto, esa que éste menciona en la carta de invitación junto a sus impresiones sobre la unidad del espíritu con la naturaleza del lugar, en el que ahora lleva una vida solitaria, después de escapar de Berlín y de un matrimonio fallido. Paul llena el vacío de Otto con anécdotas sobre él, anécdotas de una mente errática, inaprensible, de prodigioso talento musical, el modelo del genio romántico (es 1929; entonces, un romántico tardío, posmahleriano). Wilhelm lee en voz alta una carta que Otto le dejo a Paul en el escritorio, anticipando el arribo de su amigo y prediciendo su propia ausencia, que Paul no puede leer porque no encuentra sus lentes entre el equipaje, a pesar de que, como tantas otras cosas sobre Otto, probablemente nunca hallaría la graduación ocular con que leerla. El tono sombrío y melancólico de la carta va a sugerir que Paul suscriba estos sentimientos a la lectura de la composición que encontró, ya casi terminada, simple aunque expansiva, su última sinfonía, su novena, su maldita. Para Anna la carta tiene más tono de despedida que de recibimiento amistoso a la morada y siente miedo (Otto escribe haberse encontrado en “donde se pierde de vista todo lo humano” un “lugar ciego y oscuro”). Mientras Otto siga sin aparecer, lo único que va a dar cuenta de su vida es el hecho de que todavía haya alguien esperándolo. ¿Sería el mismo bosque si no pudiera esconder aquello sobre lo que nunca tuvimos certeza de que alguna vez haya estado ahí?

Cuando Paul descubre que el corazón de la sinfonía es una melodía que imita al canto de los pájaros del bosque, cae rendido ante el genio de su amigo, hechizado por la tragedia. El pájaro es símbolo del genio en tanto no está atado al mundo fijado por reglas, tradiciones y costumbres. En su vuelo cambia el juego y hace nuevas reglas en la máxima expresión de su libertad creativa. El Concilio de los Pájaros, dirigida por Timm Kröger, desarrolla su propio paso con sus modestas y compasivas actuaciones, la repetición de las secuencias que sostiene la estructura general, la superficie anecdótica que agrega posibilidades al idealismo de los personajes y cala sobre sus conciencias más de lo que un evento podría. Cautivadora mientras se mantiene misteriosa y va por lo trascendental, cuyas respuestas deben ser encontradas en la tradición y los mitos del romanticismo y el concepto de música pura, una ambición que el propio Kröger parece evocar con su cámara al capturar el imponente bosque en toda su grandiosidad, como el poseedor divino de los pájaros, la jaula del alma de Otto, El Concilio de los Pájaros gana su propio silencio adquiriendo el nuestro.