El otro lado de las palabras, entrevista a Nuria Manzo, poeta

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Nuria Manzo (“Nuria Nuy”) es una joven poeta que habla sobre sus poemas, los temas que los recorren, sus lectores y la influencia del rock.

¿Cuándo y cómo nace este amor por lo poético?
Era muy chica cuando empecé a escribir poesía. Era catarsis, cien por ciento catarsis. Aquello tenía un sabor poético, pero no era poesía… Me hiciste acordar que mi vieja, hace poco, me trajo a casa una hoja número tres. No tenía forma de poesía, pero era poético. En la hoja decía 98, yo tenía 13 años. Por esa época –97, 98– agarraba la hoja y escribía lo que me saliera en el momento, pero no era una práctica diaria ni siquiera leía poesía.

Se podría decir que tenés la poesía en tu ADN.
Sí. Siempre asocié la poesía a lo musical. La música siempre estuvo en mi vida y más desde que empecé a escuchar a Andrés Calamaro y después a El Flaco (Luis Alberto Spinetta). Ellos son los poetas del rock nacional.

En tus textos se nota esa influencia del rock.
Me vino más por el costado de la música que por el costado de la lectura. Incluso hará cinco años que estoy leyendo poesía.

Muchos autores han escrito sobre la naturaleza de la poesía. Vos, ¿cómo la definirías?
Cuesta no apropiarte de las definiciones de algunos poetas que ponen en palabras lo que uno quiere decir. Eso es lo que le pasa a un lector cuando se fascina con un autor. Yo lo encontré hace poco en un documental de Juan Gelman. Me inspiró a escribir que el poeta ve y percibe el mundo como poeta. Uno está como en un trance: uno piensa poéticamente. De todo podés sacar poesía.

Sería el ojo del alma.
Hoy la poesía representa mucho en mi vida porque veo muchas cosas con ese ojo. En la escritura diaria; ahora sí escribo todos los días, me desafío a no hacer solo poesía. Lo que estoy haciendo es renovar el diccionario, o sea, no casarme con determinadas palabras. Hay muchos autores que tienen palabras que se repiten en varios de sus trabajos. Quiero despegarme de eso.

Según Gustavo Adolfo Bécquer, el texto poético es el cadáver de la poesía.
Gelman dijo que lo mágico de escribir poesía es el proceso de escritura. Cuando el texto estaba completo la poesía ya estaba muerta para él. El gustito está en escribirla.

Utilizás elementos como la lluvia, la risa y la noche que configuran una atmósfera de intimidad cargada de erotismo. Cuando componés tus textos, ¿cómo condiciona a tu lenguaje poético lo cotidiano y lo erótico?
Bueno… (Risas.) Es buenísimo encontrar que del otro lado se detecte que hay un hilo temático, y eso es el quiebre de una obra. En lo que quiero publicar está presente la lluvia. Quiero representar aire, movimiento. Está presente la noche, también. Escribo a la noche porque es cuando mi yo poético está despierto y tiene los sentidos más activos. El otoño también está presente. A la risa la empecé a incluir. El sentido de lo erótico tiene que ver con eso de que la poesía no tiene explicación. No puede haber un detrás de la escena porque la poesía es abierta. Abre mucho en el lector, y todo eso que abre son disparadores que hacen que hoy le encuentre un sentido y dentro de unos años, otro. En mis textos, el erotismo no cae en lo literal. Me parece que ese lenguaje cotidiano que mencionás se mezcla solo. No está medido, aparece. Siempre que escribo se me viene el tema del tiempo. Encuentro en él colores. Un día como hoy, por ejemplo, que está caluroso, pero estamos en otoño, te podría decir que es un día amarillo. La noche no es negra ni azul.

También, la lectura y el lector ocupan un lugar privilegiado. En “Es”, el yo poético define la lectura como una magia de un espacio sin espacio; en “Andar”, la lectura es un tejido que, sin destino, forma los pasos del lector. ¿Cómo imaginás a tus lectores?
Si agarro un libro para llegar a un determinado lugar, probablemente no llegue porque la expectativa genera decepción: lo que esperamos no se da, y si no esperamos, nos damos lugar a sorprendernos. Ahí está el factor sorpresa con el que me gusta caminar, por eso se llama “Andar” y habla de los pasos. Tiene que ver con ese sabor a lo incierto que me lleva sin destino.

Una lectura como exploración.
Sí. Yo nunca sé a dónde me va a llevar aunque lea siempre a un mismo autor. A mí me gustaría que mis lectores encuentren eso. Además, la sorpresa no es ausencia de un estilo marcado. Pizarnik tiene un estilo muy marcado, es una poesía oscura que siempre me sorprende. Hay un espacio que voy a habitar y allí me va a conducir la poesía. No hay límite: puedo decir que esta taza se dobla ante tu sonrisa, y la taza no se dobla. Ese es el juego: todo es posible. La masividad hizo que muchos lectores me lean en el colectivo, mientras están metidos en Facebook con sus celulares. Imagino lectores que no disponen de tiempo. Eso es lo que le falta a todo el mundo. Lo que hay, en realidad, es la sensación de no tener tiempo. Hace cincuenta años, nuestros viejos tenían la misma cantidad de horas que nosotros. Lo que cambió es la percepción. Hoy pensamos que el tiempo es finito y, justamente, el tiempo no es finito. Imagino una lectura dentro de la vorágine. No imagino un lector relajado en un sofá mientras fuma un habano. Mi lector es el que abre el face o el blog y se enfrenta a algo que lo hace seguir leyendo o no. Lo imagino con ese algo que lo despierta y lo encierra en esa poesía. Primero es un llamado de atención, y luego viene la atención. Nadie hoy arranca a leer en medios virtuales con la atención misma del leer, porque para eso está el papel. La escena de lectura de “Continuidad de los parques”, con la lámpara y con el sillón, ya no está. Si yo tuviera un libro en papel, podría imaginar a mi lector de otra manera. Igual me costaría porque no es así cómo el lector llegó a mí. Llegó a mí por las redes.

Entonces, el ritmo cotidiano condiciona la lectura.
Ese es mi ritmo de lectura.

Le pregunto a Nuria qué término prefiere: poetisa o poeta. Ella contesta: Poeta. Poetisa le sonaba a novicia. En Nuria Nuy se advierte lo contemporáneo: la palabra pegada a los vaivenes culturales de lo cotidiano. Tal vez ese apego al hoy se conecte con la circulación de sus textos: Facebook, el blog y sus espectáculos.

Además de hacer circular tus textos a través de las redes sociales y del blog (paseoliterarionuy.blogspot.com.ar), participás en diversos espectáculos en centros culturales y pubs, ¿cómo surgió esta forma de difundir tu obra?
¿Cómo surgió? Leandro (Leandro Toscani, voz y segunda guitarra de la banda En calma) es el primero que se me viene a la cabeza. Es un amigo de toda la vida. Él estaba empezando con su banda y fue el primero a quien me animé a mostrarle lo que yo escribía. Él me empujó muchísimo a hacer circular mi trabajo. Hace cinco o seis años, yo no tenía Face. El primer blog se llamaba Paseo literario y publicaba en forma anónima. Empecé a sumar gente. Había imágenes y textos. Las fotos me inspiraban a escribir. No sé si llamarlo inspiración. No creo en la inspiración. Tal vez es una evocación que abre algo que lo tenías encerrado: ves una imagen y te das cuenta que tenés mucho para decir. Vuelvo a Leandro. Por las devoluciones que tenía mi trabajo en las redes, él me propuso si yo quería formar parte del espectáculo de su banda. Sus recitales son muy tranquilos, y ese clima es ideal para leer. Pese a todas mis inseguridades y miedos, puse la cara de piedra y acepté. La primera vez fue una experiencia intensa. Estaba muy nerviosa. Los nervios se perciben del otro lado. Estoy muy concentrada en la palabra: al qué y no al cómo. Si uno le dedica un poco más al cómo, lo que uno exprese cambiaría. Ahora estoy haciendo un taller de teatro para hacer estos shows, para reparar en el cómo. Yo escucho leer a Tom Lupo y se me cae el pelo, se me cae todo. Encuentro poesías suyas que no me terminan de convencer, pero cuando las lee, me encanta. En lo que es espectáculo de lectura de poesía, él es el que más me gusta. Bueno…Yo me la jugué. Puse la cara de piedra y fui. Me encontré con un montón de cosas. Me dije: “Yo acá no estoy leyendo frente al espejo, tengo todas las miradas encima, y esto es muy mío”.

¿Cuál es tu sensación de trasladar tus poesías del papel al escenario?
En la escritura te sentás y escribís. Lo mandes a donde lo mandes, hay una lectura privada. Cuando leés en un escenario, se mezcla todo. Se mezcla lo que el texto le genera a uno mismo con lo que le está generando al otro. Por eso, tenés que dejar de pensar si va a gustar o no. Es como si a un guitarrista le sacás la guitarra y le decís: “Cantate un tema”. Se muere porque su refugio está detrás de la guitarra.

¿Qué es lo que se viene de Nuria Nuy?
Quisiera publicar.

Ir al papel.
Sí, el libro es más que una fotocopia.

Estás totalmente convencida de que el libro genera otra circulación.
Hay otra lectura y otro lector. Si se lo doy a la misma gente que hoy me lee en el Face o en el blog, no me va a responder en un mail; me va a venir a golpear la puerta. Entonces va a haber otra devolución: la más linda. Es la que encuentro cuando termino de leer. No me van a poner un “me gusta”. Publicar tiene que venir ya porque es el ciclo que se tiene que cerrar. Estoy necesitando ese cierre.

Tenés una escritura llana, y tus imágenes se despliegan en versos cortos de composiciones poéticas breves. ¿Qué poetas te influyen?
Te dije Pizarnik y no me puedo salir de eso porque es la que más me ha influido, si es que tengo una influencia. Vos me podrás decir: “Esto con Pizarnik, ¿qué tiene que ver?”. Desde lo minimalista me puedo encontrar con ella y también en la música que tenga poesía. El flaco Spinetta es el que más me gusta: escucho dos temas aislados y me puedo dar cuenta si pertenecen o no al mismo álbum. Cada disco de El Flaco es particular. Era un músico muy prolijo. Cerati, para mí, es su mejor discípulo. Empezó a escribir poesía de modo visionario: “Amor amarillo”, un disco del 89, parece grabado ayer.

Tenían una madurez increíble a pesar de haber empezado de muy jóvenes a componer.
En ese momento de juventud, uno está abierto a descubrir el mundo. Tiene que ver con la apertura de andar sin prejuicio y de funcionar a modo de esponja.

En vos está la poesía como escritura y como espectáculo.
Me cuesta mucho leer sin nadie tocando un tema de fondo.

En tu espectáculo, tenés un tono intimista, ese tono del momento de la tarde que uno se sienta tranquilo a fumar y se larga a hablar con alguien.
¡Qué bueno eso! Porque si no, está floreado; y circo no hago. No me gusta. Por ejemplo, Tom Lupo me influye. Lo que lee tiene un dejo de su hablar cotidiano.

Tom Lupo está asociado al rock nacional.
Bueno… Si una de las patas fundamentales de la poesía es la musicalidad, cómo un poeta no va a disfrutar con la música, cómo no va a generar lo suyo a través de la música. En mi caso, la música es una influencia más fuerte que la lectura.
Leí mucho a Girondo y a Neruda. En los últimos años, a Gelman y a Pizarnik. Me cuesta salir de estos dos autores porque tienen obras muy extensas. Hoy busco un sentido y mañana, otro. Pizarnik tiene algo mórbido. Ella me ancló bastante. Lo mismo me pasa con Gelman que tiene un lenguaje contemporáneo. Si bien su poesía es atemporal, hay imágenes que no son atemporales. Depende del contexto en que vos escribís. Hoy, yo leo a Alfonsina Storni y me quedo dormida, ¡qué dios me disculpe!, pero hay poesías que no puedo leer. Lo mismo me pasa con Baudelaire. Me cuesta las notas al pie, los glosarios. La poesía está mal vinculada al amor. Ese amor lo asocio al poema; no a la poesía. Vos me nombrás un poemario, y pienso en una escena rosada.

En el programa A fondo, Julio Cortázar destacó que tenía versos tatuados en la memoria. ¿Tenés algún verso que se haya vuelto parte de vos?
Sí, muchos. Y más con la lectura en público porque hay una chispa que se genera cuando me permito usar la memoria. Hay un verso que lo escribí no hace mucho y es la portada de mi página de Facebook. Está sacado de una poesía no muy extensa y dice: “La suerte dejó de existir cuando nació la decisión”; es eso, sin explicaciones. Te dije que la poesía no requería de explicaciones. Después hay poesías que me las sé de memoria. Recuerdo otra poesía que escribí hace muchos años: “El otoño encapsulado/con su vejez desnuda/con su memoria atada/con su mueca insegura/vine a anunciar”. Son fragmentos que te quedan tatuados.

Cortázar dijo lo de los versos tatuados en la memoria para referirse a Federico García Lorca y a esa mirada del poeta que mira el otro lado de las cosas, una mirada que va más allá.
La poesía no está en la literalidad de la taza que es de cerámica. Si yo te puedo decir que esta taza es de angustia, la taza deja de ser de cerámica. Y si encima te digo que la taza se dobla, ¿dónde está el lado A? Hay un lado B. Mirá, el lado B… ¡Qué buena idea! Me cuesta ponerle título a mis poesías. El blog me obliga a ponerlos para que el lector busque por título. Además, podés hacer un montón de caminos para acomodar las ideas, pero es en el lenguaje donde se acomodan.