Balvanera o la experiencia etnográfica

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De niño siempre me gustó el barrio de Once. Nunca supe bien porqué. Ahora puedo razonarlo, inventarme argumentos a favor; en aquellos tiempos simplemente me gustaba. Recuerdo que en el secundario, muchas de las veces en que me rateaba (faltaba adrede y a escondidas al colegio), me quedaba en un umbral, justo al lado de la entrada principal de la estación de tren y así pasaba toda la tarde. Mirando la dinámica urbana. Observando el entramado variopinto de apurados y estancados que caracterizaba y aún caracteriza a la zona.

También empecé a prestar atención a los edificios del barrio, a los muy feos y a los alucinantes. El viejo esplendor conviviendo con el mal gusto posmoderno. Fachadas horrísonas de un estilo que mezcla la crueldad con lo kitsch. Si uno mira para arriba, el asombro lo deslumbra. Cúpulas, gárgolas, arcos, terrazas ornadas, un cúmulo de estilos arquitectónicos diferentes; ecléctica altura la del barrio del Once. Por debajo un amontonamiento estético. Un rejunte de arreglos y adornos hechos a las apuradas. Presupuestos mal gastados donde se prioriza el impacto visual, aunque sea a costa del mal gusto. Carteles luminosos de múltiples colores, con mensajes diversos, que en común expresan la máxima empirista: Esse est percipi (Ser es ser percibido).

Ahora de adulto vivo en Balvanera y sigo disfrutando de la experiencia etnográfica de caminar sus calles. Ahora canchereo y retruco: una experiencia flanneur. Aquella que puso de moda Baudelaire (aunque un Profesor que a la sazón vive en Balvanera señaló una vez que Sarmiento se anticipó a la experiencia) y que el siglo XX, de la mano de la Escuela de Frankfurt, se encargó de consagrar como categoría analítica. Y ¿cuál es esa experiencia?. Simplemente la de dejarse llevar por la ciudad, la de sorprenderse por encontrar la novedad en aquello que vemos cotidianamente. La de sentirse parte de la multitud, aunque desde una perspectiva propia, no fusionada (podríamos decir levemente diferenciada).

Caminando por la avenida Pueyrredón, explota la diversidad cultural. En unas dos cuadras nos encontramos con, literalmente, medio mundo. Judíos ortodoxos y judíos no ortodoxos, orientales no uruguayos (chinos, coreanos y hasta japoneses), musulmanes con barba y mujeres musulmanas con shador, africanos y también latinoamericanos, generalmente peruanos, bolivianos y por supuesto argentinos y, ahora sí, uruguayos. Sin ir más lejos, el otro día cruzando la calle Lavalle veo una pareja proveniente de la India o de Pakistán (mi antropología básica no da para tanto); ropas naranjas con telas locas del Indostán, el tercer ojo pintado en la frente de ella y él con turbante naranja, ambos con un fenotipo propio de una peli de Bollywood. El paraíso para un antropólogo que ya ni siquiera tiene que viajar para encontrar esa variabilidad tan necesaria.

Pero no sólo existe en el barrio una rica multiculturalidad sincrónica y actual, sino que posee una historia increíble. Para empezar, podemos recordar el combate de Miserere, ocurrido durante la segunda invasión inglesa de 1807 y que implicó la derrota de las fuerzas del Río de la Plata, aunque sólo fue la antesala de la victoria posterior y la capitulación del ejército británico. Podemos mencionar a quien fuera dos veces presidente de la nación, Hipólito Yrigoyen, quien no sólo se crió en el barrio, sino que fue un destacado presidente del consejo escolar de Balvanera (nombrado por Sarmiento) y también comisario, es decir lo que hoy diríamos un puntero político. La presencia de la estación de tren y la posición que ocupa, muy cerca del centro de la ciudad, convirtió al barrio en un epicentro de gente que viene y gente que va. Así lo retrató Roberto Arlt en alguna de sus aguafuertes. En la esquina de Jujuy y Rivadavia en la misma confitería “La Perla” dos vanguardias, separadas por más de 40 años se juntaban allí a planificar el futuro. La historia también tiene sus puntos dolorosos, como la “Tragedia de Once” o Cromagnon” que hace pocos años enlutaron al barrio y al país.

Hay miles de historias que desconozco pero puedo intuir. Ahora recuerdo una, que nos habla de un Golem que recorre las calles por las noches. Como un retazo de Praga, en alguna casa del barrio de Balvanera, un rabino desafió la Kabalah y pronunció alguna combinación sagrada, de esas que usan el Tetragrammaton. Quien sabe que destino había reservado el rabino para su criatura, lo cierto es que al parecer y según algunos testimonios, el Golem es una suerte de ángel de la guarda, que va protegiendo a los vecinos de diferentes peligros. Robos, accidentes, incendios, cuando alguien peligra, allí aparece el gigante para salvarlo. Yo no lo he visto, pero alguna que otra noche de invierno, en un día de semana, me pareció, desde mi octavo piso, haber visto alguna sombra agigantada, moviéndose lentamente por la calle México en la esquina con Saavedra.

Para más información sobre la arquitectura e historia del barrio, se puede consultar esta nota de leedor: Balvanera, en Buenos Aires.