¿Una imagen vale más que mil palabras?

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¿Palabra o imagen? En torno a estos dos conceptos parece girar cualquier aproximación a las diferencias entre literatura y cine. El director argentino Carlos Sorín habla de una esencialidad, que no es reductible a palabras. Por esto, él considera, además, que la gran deuda del cine no es con la narrativa, sino con la pintura en tanto para el primero el gesto es “la vía más importante en la comunicación”. Sin embargo, también menciona ciertos escritores como García Márquez, cuyas novelas son imposibles de trasladar a la pantalla porque “la palabra evoca mucho más que la imagen, y ese es su fuerte. La palabra deja al lector enormes zonas para completar en su mente. La imagen es mucho más concreta, más pobre, en otros términos”.

Es obvio, entonces, que palabra e imagen se superponen en ambas artes: después de todo la palabra describe imágenes poderosas, significativas; la palabra muestra, dibuja, perfila. El cine, por su parte, se vale de las palabras y, si bien todavía es posible disfrutar de una película muda, son antológicos ciertos diálogos cinematográficos o ciertas frases que perduran y que llenan cientos de páginas web: basta poner en cualquier buscador “frases de películas” para que accedamos a numerosos ejemplos que permanecen en el recuerdo colectivo más allá de la imagen.

Yendo un poco más lejos, Luis Zas en una de sus publicaciones en el grupo de Facebook de Leedor Cine hablaba del “amor a primera vista: el comienzo de una película es como la primera oración de un cuento o una novela”; y agregaba: “qué decir de los finales… Es la parte que viene a cerrar eso que fue amansando el film durante toda su duración, a veces cómicamente, tiernamente, dramáticamente , sorpresivamente, o esos que me gustan más, que quedan en un limbo nada explícito, y cuya interpretación es solo nuestra….(si bien son clásicos, son eminentemente spoilers)”. También los finales en la literatura son así: esperados o no, abiertos o conclusivos; y como en una película, muchas veces sentimos tristeza frente a ese final porque hubiéramos querido que nunca llegara el momento de levantarnos de la butaca o de cerrar el libro.

Entre tantas cosas, lo que verdaderamente une al cine y a la literatura es el hecho de contar historias que, como tales, pertenecen al mundo de la ficción. Ambos lenguajes ofrecen una mirada sobre la realidad, no una mentira, sino otra forma de comprender el mundo. Si como decía Juan José Saer: “…la ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción. Ese deseo no es un capricho de artista, sino la condición primera de su existencia, porque sólo siendo aceptada en tanto que tal, se comprenderá que la ficción no es la exposición novelada de tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo, inseparable de lo que trata”, se entiende que vayamos al cine o leamos un libro no para verificar que algo puede suceder, sino para ampliar nuestro horizonte de la verdad y, en consecuencia, para entender más a fondo nuestra realidad.

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