El “american dream” y su influencia en la literatura norteamericana

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Leyendo la excelente nota de Luis Zas, “James Cameron: Una épica de 1000 millones de dólares”, quedó flotando el tema del “sueño americano” –el “american dream”–, inseparable no solo del cine, sino también de la literatura estadounidense.

El sueño americano es el de una felicidad que abarca desde la realización personal, hasta la utopía de una nación libre, igualitaria y próspera. Los colonos que huían de Europa llegaron a América buscando su Jardín del Edén, un nuevo comienzo en un paraíso posible.

Para entender cómo este concepto influyó en la literatura, habría que comparar la novela inglesa con la norteamericana. Más allá de que compartan el mismo idioma, es mucho lo que las separa, y más los separaba en el siglo XIX. Si bien no hubo un Charles Dickens, un William Makepeace Thackeray, un George Eliot o un Anthony Trollope en los Estados Unidos, tampoco hubo un Nathaniel Hawthorne o un Herman Melville en Inglaterra. Ambas sociedades eran y son diferentes, por lo tanto, necesariamente produjeron narrativas diferentes.

Como corolario de lo anterior, el gran tema de la novela europea, y en especial de la novela inglesa, fue la vida del hombre en sociedad, más precisamente la educación de hombres y mujeres para que aprendieran a distinguir lo verdadero de lo falso en ellos mismos y en el mundo a su alrededor.

Los primeros estadounidenses dejaron Europa para huir de aquellos elementos de la sociedad europea que Henry James había llamado civilización refinada. El norteamericano era, por consiguiente, un europeo que venía a América para romper con su pasado, a una tierra prometida donde llevar a cabo el mencionado sueño americano.

Los protagonistas también son diferentes: las novelas estadounidenses clásicas, a diferencia de las inglesas, presentan un hombre solitario que lucha consigo mismo –Melville, en Moby Dick, por ejemplo–. Estos héroes adquieren entonces una cualidad épica y mítica. Una simple lista lo demuestra: Natty Bumppo de Cooper, Hester Prynne de Hawthorne, Ishmael y Ahab de Melville, Huck Finn de Twain, Gatsby de Fitzgerald, Joe Christmas de Faulkner, Holden Caulfield de Salinger, Henderson de Bellow. Todos son personajes alienados de la sociedad, y hasta se podría concluir que la sociedad y el héroe estadounidense característico son inevitablemente opuestos.

Además de este alejamiento de lo europeo, hay otros factores que contribuyen a la complejidad del destino norteamericano: las condiciones de vida en la frontera, que dominaron el comportamiento estadounidense durante varias generaciones, y el puritanismo de Nueva Inglaterra con su maniqueísmo –bien/mal, luz/sombra–. La imaginación estadounidense, de la misma forma que la mente puritana de Nueva Inglaterra, parece menos interesada en la redención que en el melodrama de la eterna lucha entre el bien y el mal; menos interesada en la reconciliación que en la alienación y el desorden.

La expresión literaria del sueño americano, asimismo, puede percibirse en el hecho de que aún es posible para un joven novelista en los Estados Unidos soñar con escribir la gran novela estadounidense. Esto es impensable para un novelista inglés que tiene a sus espaldas una tradición de tres siglos de novelas.

En síntesis, es como si todo el tiempo el estadounidense debiera definirse a sí mismo, definir eso que lo hace americano; poner en práctica esto del self made man y, por qué no, del self made writer.

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