TÚ y YO, crónica documental de un autoritarismo cotidiano

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Cuando se investigan las raíces profundas del frondoso árbol de las actitudes despóticas nunca puede obviarse la célula primaria de nuestra sociedad: la familia, vilipendiada y anunciada su extinción, pero que sigue ahí, impertérrita, como fuente a la cual acudir para explicar una multiplicidad de sucesos.

El hogar, como espacio de convivencia cercana, se presta a ejecutar los primeros ejercicios democráticos o los asomos despóticos de un dictador en ciernes. Los niños aprenden en la casa a respetar los límites, a practicar la tolerancia y a interactuar con los familiares. Todo esto ayuda a reforzar las actitudes inclusivas socialmente del futuro adulto.

¿Por qué son tan importantes la familia y el hogar en la práctica social? Por ser la primera escuela en donde se conocen y afinan los valores que se van a practicar con el resto de las personas en los espacios educativos, laborales y políticos.

Los jóvenes observan la coherencia entre discursos y prácticas que ejercemos en tan reducida extensión, aprendiendo las actitudes del trato entre familiares, y en los casos donde existan, las relaciones con las personas del servicio, pues la minusvaloración de estos crea una grieta en la credibilidad de esta ágora familiar.

Los cineastas dominicanos Natalia Cabral y Oriol Estrada se adentran con Tú y Yo (2014), en el particular campo de batalla de dos mujeres con orígenes y clases sociales muy diferentes. La Doña, una señora entrada en edad, vendedora de orquídeas, y Aridia, la joven a su servicio, comparten el protagonismo de este documental hecho a dos manos y con dos personajes.

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Con una paciencia y una visión de entomólogos, los realizadores diseccionan con inteligencia y sensibilidad el día a día de estas mujeres en su incesante batallar con la limpieza, la muerte y las relaciones familiares o sentimentales.

El uso inteligente de las miradas, los silencios y el ambiente como métodos expresivos colocan al espectador como participante activo y no como mero observador. Su estrategia narrativa es exitosa en cuanto nos involucra, nos empuja a convivir con la Doña y Aridia, en su particular campo de batalla.

La Doña es un personaje lleno de contradicciones, autoritaria y meticulosa a más no poder. A su ojo nada se escapa en una suerte de heredera del Gran Hermano de George Orwell en clave caribeña. Llegada al otoño de su vida, controla con mano férrea el desenvolvimiento de los menesteres hogareños, hasta no dejar espacios libres de su omnímodo poder.

El sentido que tiene su vida es ejercer ese autoritarismo casero en donde todo esté donde ella quiere que esté, en el orden en que le parezca a su mayor gloria como dueña de una casa que es posible extrapolar a un país. Los resultados de esta extrapolación pueden ser aterradores.

La Doña es un ser de costumbres esclerotizadas en el tiempo, producto de una educación deficiente, pero no es en absoluto una persona carente de sentimientos ni incapaz de ofrecer afecto. Esto lo podemos observar cuando muere su hermano, o en como bromea en ciertas ocasiones con Aridia, e incluso preocupándose por la educación de su empleada.

Las relaciones con ésta pueden ser llevaderas y cordiales mientras no se le contradiga. Ahí es cuando se le disparan todas las alarmas, activando los temores interiores sobre la pérdida de su influencia y poder sobre la más cercana víctima: su trabajadora del hogar.

Para entender a Aridia tenemos que sumergirnos en la marginalidad de sus orígenes, en la deprimida región sur de nuestro país que obliga a una mujer sin estudios formales a vender su fuerza de trabajo y a recibir un salario que solo le permite sobrevivir. Porque a su estado no se le puede llamar vida plena.

En varios momentos, ella escudriña en silencio las afueras de la casa, el cielo y el horizonte, quizás buscando las respuestas que su intelecto se niega a ofrecerle para salir de ese círculo vicioso de pobreza y marginalidad social.

Aridia mantiene una complicada relación con su patrona llena de resistencia y desencuentros, con algunos oasis de tranquilidad en momentos como las comidas o al sentarse juntas para disfrutar de las telenovelas de turno. Pero hasta ahí llega su entendimiento, pues demasiadas cosas las separan.

Otro elemento que dificulta la comunicación entre estas mujeres son los factores geográficos. La Doña proviene del Cibao, la región norte de Republica Dominicana, mientras que Aridia es del sur, como dijimos, una región económicamente muy deprimida. Los usos y costumbres de estas dos regiones guardan muchas diferencias, que sumadas a los factores de carácter y desigualdad social, convierten la casa en un campo de batalla.

Las imágenes alusivas a Trujillo y al fascismo no son gratuitas, pues este movimiento se engendra en la cotidianidad hogareña, ya que el primer aprendizaje de cualquier pichón de autócrata es adquirido observando a la familia y a sus padres en el calor del hogar.

Tú y Yo desmitifica la afabilidad que vende la publicidad para ilustrar el idilio bucólico de las relaciones laborales entre los amos de la casa y los empleados a su servicio. Nada más falso que esos spots donde aparecen las trabajadoras sonrientes, vendiendo este o aquel producto bajo la aprobadora mirada de la dueña de la casa.

Asombra que estos dos jóvenes hayan alcanzado unos grados estéticos y analíticos de primer grado en esta su Opera Prima, que pareciera más un trabajo de cineastas con una larga hoja de realizaciones. Natalia y Oriol se han fundido en una sola mirada y una misma dirección para producir esta interesante obra.

Nos llama poderosamente la atención el humor agridulce pero distante que manejan estas dos mujeres, como si quisieran hacer las paces por un momento. Pero ni la Doña pretende dejar de ejercer su poder absolutista, ni Aridia deja de resistirse. Ella será oprimida, pero no pretende dejarse avasallar ni quedarse callada en este particular duelo de voluntades.

Tú y Yo retrata con desarmante sencillez las raíces de un fascismo cotidiano, de unas formas de opresión disfrazadas de amables sonrisas que todos tratan de ocultar sin lograrlo. Debajo de esas máscaras se esconden las raíces de todos los autoritarismos de la vida social y política.

 

Publicada originalmente en Vanguardia del Pueblo

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