El hambre de los artistas

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Y aunque no haya solución ni respuesta, me seguiré preguntando cómo es que me siento parte de un todo que antes formó parte de lo mismo que yo, nosotros, hoy día, vivimos. (….)Parte de un todo, que formó antes parte de lo mismo que nosotros hoy vivimos. ¡La parte de nosotros, del todo, de mí mismo que formó esto que hoy vivimos! ¡Partes! Hoy, nosotros, ayer, antes…¡Mañana! Formamos parte del futuro que hoy vivimos. Antes, mucho antes, del mañana que vivimos; somos parte de este instante, y así lo compartimos.” Alberto Ajaka , Fragmento de El director, la obra, los actores y el amor

 

El teatro es un montón de cosas. O mejor: el teatro que propone el Colectivo Escalada es un montón de cosas. LA COSA. Por eso es tan difícil de asir, a pesar de que uno o una (cualquiera, yo) quiera  abrazarlo y no dejarlo ir, porque sí, porque nos gusta, porque entendemos que allí sucede algo del orden de la maravilla; una belleza atolondrada y caótica que toma por asalto el lenguaje, más bien, los lenguajes (de la tradición, de las vanguardias, de la literatura, del habla popular, etc.) para, en el pastiche, hacer estallar el sentido, todos los sentidos posibles.

“No tengo mucho para decir sobre lo que expresa la obra. Ahí está: lo dice y se va” anuncia Alberto Ajaka en el programa de mano y agrega “Que hable la escena, que para eso vinimos” y después de verla caemos en la tentación del silencio porque lo que sucede (“¡Qué suceso! ¡Qué suceso!”)es demasiado, es extremo. Sin embargo, ese mismo exceso nos obliga a decir, algo, como se pueda, para acallar el barullo interior, las imágenes que vuelven en tropel y las palabras que unas tras otras forman mundos, viajes en el tiempo, encuentros imposibles.

El hambre de los artistas se afirma en una estructura coral que iguala, o casi, las voces de los doce actores en escena, todas en un mismo nivel de importancia. Esa tesitura supone un entramado textual que se bifurca en varias direcciones y en diferentes planos  y se traduce también en el espacio: una puesta compleja con una escenografía que se pliega y se descubre hacia la profundidad para volver a cerrarse en el final.

Un viaje en el tiempo, por las entrañas de la tierra a través de la mierda, los reúne: los antiguos (una troupe de artistas de variedades y un actor “serio”) y los nuevos (un grupo artístico revolucionario que intentará terminar con el pasado y cuyos nombres nos arrojan directo a un futuro de ficción) conformarán una lucha de fuerzas, dirimida también en el registro de actuación y en los contrastes del vestuario.  Se enfrentan al cómo vivir juntos: ¿Hay que matar al pasado? ¿Seducirlo? ¿Fornicar con él?  Esos interrogantes se plantan en la escena y mueven la acción pero, claro está, tratan también, no sin un gesto paródico, de un estado del arte, la cultura y el teatro. Entre el pasado y el futuro, nos queda la certeza del presente de la escena, el tiempo y el espacio detenido en el puño de los actores, ese instante irrepetible y único del aquí y ahora. No hay otra verdad en el teatro.

La obra nos remite a otra obra. En El director, la obra, los actores y el amor el fantasma de Leónidas Barletta presenciaba un ensayo de ésta, la obra que hoy nos ocupa. La escena trabajada se perdió en el trayecto como algunos de los personajes y algunas situaciones allí planteadas. La ausencia habla de  procesos y procedimientos de trabajo que no temen desechar material valioso, rico y valedero en pos de  cierta obsesión y de cierta búsqueda.

Una imagen persiste: El teatro está hecho de fantasmas. Barletta dice en aquella obra: “En una obra de teatro, arriba del escenario, todos somos fantasmas. Creer o reventar, así es el teatro, o dormirse o irse…“ En ésta, el tío asegura, mirando al público: “Estamos muertos y nos hacemos los vivos”. El teatro como una avivada, capaz de resucitar a todos tus muertos en una referencia solapada, abrupta o descarada: Shakespeare, Kafka, Vallejo, incluso Picasso o Da Vinci,  rondan la escena en una gracia, un chiste o una humorada que no acaban ahí sino que encierran  un punto de inflexión, un estallido que rebota en  nuestra(s) forma(s) de pensar. Allí está toda la ficción, toda la desmesura del artificio.

El hambre de los artistas conforma así una suerte de tríptico con dos obras anteriores del Colectivo Escalada, ¡Llegó la música! y la ya mencionada El director, la obra, los actores y el amor.  Según Ajaka funcionan de ese modo en términos de terapéutica. Se trata siempre de un agrupamiento de artistas que intentan que la cosa funcione, como ellos, que reafirman su condición de existencia en ser parte de ese todo, imperfecto y frágil porque un grupo, en un mundo (el del teatro, ese mundito) regido por las individualidades y las reuniones fugaces, es difícil de sostener y  porque, además, hay otras posibilidades, deseos personales y piedras en el camino. Pero ahí van, haciendo el mejor teatro que pueden (que es mucho y hermoso, créanme), a contrapelo de los lugares comunes, las temáticas en boga y los estereotipos, muertos de hambre y de ganas de comer porque “un artista no abandona la hambruna que persigue”. Ojalá, se lo deseamos, no encuentren nunca una comida que les guste.

 

Ficha técnica

Autoría y dirección: Alberto Ajaka. Elenco: Leonel Elizondo, Sol Fernández López, Karina Frau, Rodrigo González Garillo, Georgina Hirsch, Luciano Kaczer, Gabriel Lima, Julia Martínez Rubio, Luciana Mastromauro, Andrés Rossi, Alberto Suárez y María Villar. Coordinación de producción: Mariana Mitre, Asistencia de dirección: Silvia Sacco, Tamara Gutierrez, Asistencia artística: Hernán Ghioni. Música y el diseño sonoro: José Ajaka, Alberto Ajaka, Iluminación: Adrián Grimozzi, Vestuario: Betiana Temkin, Escenografía: Rodrigo González Garillo. Funciones: de jueves a sábados a las 21 y domingos a las 20. Platea: $130.- Día popular: jueves (entrada general): $ 70.- Teatro Sarmiento (Avenida Sarmiento 2715, CABA).

 

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