Nick Cave, sus 20.000 días y el artista contemporáneo

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Escuché por primera vez a Nick Cave cuando ví Las Alas del Deseo (Wim Wenders, 1987) una película sumamente poética y política, que me deslumbró y todavía me deslumbra. En ese momento, en esa escena concreta de la película, ese tema de Nick Cave hacía latir la sensación de que él, como el mismo Wenders, estaban haciendo la movida urbana desde la melancolía de una época que se extinguía, que ese fin era inexorable y que lo que vendría no parecía contener rasgos para una mirada esperanzadora. Wenders leyó ese cambio en los cielos berlineses. Sin dudas, todo cambió en los 90.

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De ángel caído blanco y negro al ángel caído superstar. La vimos en BAFICI el año pasado y es una suerte de documental biográfico, yo preferiría llamar performance cinematográfica, del genial músico nacido en Australia en 1957, residente en Londres, Nick Cave, dirigida por Iain Forsyth y Jane Pollard, compañeros de ruta en desde su formación en el Goldsmith College de Londres.

La película es muy interesante en sí misma, y les recomiendo leer la excelente reseña realizada aquí en leedor por mi colega Fredy Friedlander.

Ahora bien, la riqueza del personaje de este filme, diciéndose y actuando como una obra viva en un entorno cultural propio y desde su sola experiencia, es un monólogo abierto y confrontador que logra volver su universo íntimo en algo interesante. Porque hay un otro lado de estos 20.000 días, que son como las 20.000 leguas de viaje submarino, un trabajo de buceo por un universo creativo que condensa y refracta a comienzo de siglo al protagonista de una práctica artística multimedial, virtualizada en un juego de espejos que pareciera diluir la simplicidad en una polifonía sin fondo, animal (a fines del siglo XX dejé de ser humano, dice Cave en el filme), autorreferencial, que construye a partir de la memoria un archivo personal, potente y sobre todo, contemporáneo. La película de Nick Cave podría estar en cualquiera de las bienales de arte, ser comprada por la colección de un museo, figurar y ser exhibida en las galerías de los espacios centrales de Europa, Asia o EE.UU.

Porque, reitero, la película pone de relieve la vida de un artista totalmente contemporáneo, y su figura disuelve los límites entre el rockstar y el artstar, en una lista de creadores integrales que, sin salirse en ningún momento de la industria cultural son circulados dentro del panorama del arte. Son músicos artistas, cuyo panteón perfecto podría estar constituido por Cave junto a Lou Reed, Tom Waits, y se aceptan nombres… Algo más que músicos rebotando en el top ten de los chart de Londres y Nueva York.

La película bucea en el mundo creativo alta gama de la sociedad de consumo, sosteniendo un prototipo de artista que ha nacido (aunque también logrado sobrevivir), al ritmo enloquecido, mercantil y noventoso de la industria. Con esta película, Nick Cave, su delicada imagen, su cuerpo mismo puesto a efecto de la sensación, su cara dura intermediando como un nuevo producto cultural, una no puede dejar de pensar en el campo de las artes visuales, y en la tensión/distancia que puede haber entre Cave y algunos de los YBAS que la experiencia galerística de Charles Saatchi supo instalar, con nombres como Damien Hirst, Angus Fairhurst, Liam Gillick, Sarah Lucas, Gary Hume, Fiona Rae, Sam Taylor-Wood… por nombrar algunxs artistas visuales formados, oh casualidad inevitable de hipotetizar lecturas, también en el mismo Goldsmith College…

El mismo gesto autobiográfico, mediático y sensacional, crítico y comprensivo a la vez de la sociedad de masas, la misma potencia del acto interpretativo en la revalorización de una práctica artística de autor inserto en la lógica cultural posmoderna. Miles de personas en el concierto de Cave, miles de personas en las fábricas devenidas cubos blancos de Saatchi viendo, por ejemplo, el tiburón de Hirst. Hay un punto en común al que llegan ambas prácticas corridas por las matrices del mercado en la cultura: la música en Cave deja de ser mera industria cultural replicada en youtubes para convertirse en algo único, el arte de los YBAS deja de ser academia y Bellas Artes para ser patrimonio de la cultura de masas.

Algo más en 20.000 days… que logra el grande, enorme, de Nick Cave. Y es el destello de sinceridad, esa misma vuelta que está en el comienzo, el de ser memoria de todos contándose desde el proyecto personal. Como si siguiera (con sus letras y músicas, que la película exhibe en fragmentos que llegan en el momento justo), hablando desde el paraíso perdido.

Se recomienda verla Y si no, siempre quedan sus músicas.