El encuentro. Sobre APARECIDA de Marta Dillon

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El encuentro

Sobre APARECIDA de Marta Dillon

 

Con furia y a la vez tiernamente, con ansiedad y sin resignación, apurada, apremiante Marta Dillon cuenta la historia del reencuentro con el cuerpo de su madre. Con su cuerpo, con sus huesos, con su espíritu, con el cuerpo simbólico y material de su madre. La novela fragmentada como un rompecabezas va y viene en el tiempo, en el espacio, en los sentires, en los saberes. Los recuerdos aparecen urgentes dispersos en una memoria personal y colectiva siempre activa. Aparecida se organiza (si este término fuera posible en esta novela) de un modo fragmentado como el cuerpo de su madre, escritura descarnada como esos huesitos pelados, emotiva como las lágrimas que Marta deja salir finalmente. Una novela hecha a pulmón, que respira furia y a la vez resistencia, que funde los recuerdos de poleras azules sin mangas, de cabellos rubios y sedosos, de tumbas repletas de huesos sin nombre y a la vez es la narración de un presente plagado de afecto, de amor, de hijos, de hijas, de cuerpos nuevos que no reemplazan pero completan vacíos.

Aparecida es un proceso de descubrimiento, es un buscar permanente, es la búsqueda de su madre y su descubrimiento, el descubrimiento de su muerte, de su asesinato y a la vez de su vida. Los recuerdos, inevitables, certeros y borrosos a la vez empapelan la novela y empañan la escritura seductora y femenina de la autora.

Es una novela de mujeres, un clan femenino que va de abuelas a madres, de madres a hijas, de hijas a nietos, de hermanas, de tías, de amigas. Como la cajita que construyen adornándola como un alhajero, la novela construye una saga familiar que es adornada con experiencias presentes y pasadas, con espacios como la España en la que Marta recibe el llamado de los forenses que le comunican la aparición de su madre, ese momento es su presente, su inmediatez con la presencia de Albertina – su pareja- y su hijo Furio;  hasta ese Montevideo de madre en bikini y sonrisa, de cabellos rubios y de varios hijos colgados; su pasado, su infancia. Son relatos que circulan acerca de la madre “desaparecida”, relatos no sabidos, no conocidos que ayudan a Marta a recomponer su figura, su cuerpo (siempre el tema del cuerpo, de sus movimientos en el espacio y en el tiempo; de sus fuera de campo, de sus apariciones, de sus vacíos). Esos muchos espacios que la novela recorre de algún modo determina su posición, de viajera incesante en el espacio y en el tiempo. Si la escritura empieza en España con su presente vívido, una llamada que le dice que han encontrado a su madre; termina en su casa, en un viaje que cierra de algún modo la búsqueda, que clausura uno de los sentidos posible, donde “aparece” la “desaparecida” viajando en una caja adornada con piedritas amarilla, muñequitos de plomo, espejos, hasta el lugar de su entierro, rodeada de sus hijos, sus nietos, sus compañeros, de esa Evita Montonera que la cubre, de esos “presentes” a grito pelado, de esas hijas Naná y Marta ambas columnas vertebrales de sus madres y finalmente la vuelta al principio, ese presente que se cierra en el abrazo con Albertina, con el amor, con el respeto, con la justicia poética, con la sensación de llanto que se acolchona en los hombros y en el alma.

Aparecida, además es una historia de aparentes dicotomías: desaparecidos que aparecen, muertos sin nombre y nombres sin muertos, sepulturas con demasiados huesos y huesos sin sepulturas, duelos sin cuerpos y cuerpos sin duelos, los presentes y los pasados, la memoria y su incorrección, los signos y sus ausencias, las orfandades y las paternidades.

Hay también, y por suerte es inevitable, un reclamo político. Desde lo femenino y sus derechos, desde lo político y sus derechos, desde los mismos derechos humanos: lo doméstico, la vida personal, en Aparecida deviene en político. Dillon, de alguna manera logra quebrar el viejo precepto que conjugaba a los hombres con lo político, con lo público y a las mujeres con lo doméstico, con lo privado. La novela es una narración femenina y feminista, una novela de mujeres políticas, activas y activistas. Una polera azul sin mangas, una campera a rayas son testimonios políticos que Marta atesora y expone y nos deja sin palabras, nos suspende en el aire, nos deja sin aliento. El activismo de Marta es el activismo de su madre Marta Angélica Taboada, secuestrada el 28 de octubre de 1976 y asesinada el 3 de febrero de 1977, ese activismo es una herencia (política, activa, poética, femenina) que no sólo se lleva en el alma, sino en el cuerpo, en los huesos que la hija recoge de su madre; esos huesos encontrados en 1984 e identificados en 2010. Los huesos que son la esencia, el núcleo central de un cuerpo descarnado, son lo último que se encuentra hurgando mucho, buscando hasta la desesperación, royendo el alma y los sentidos.

Esta especie de autobiografía de Marta Dillon, esta escritura del yo, en primera persona; esta escritura que resume, economiza y a la vez expande sus experiencias y su memoria, tiende la posibilidad inevitable de la supervivencia. Ahora, en este ahora siempre impreciso, siempre incómodo; ahora Marta puede sobrevivir, después de haber escrito esta novela, después de haber reunido los escombros de la historia de su madre, que obviamente es la suya, la de su hija, la de su pareja, la de esa familia desmembrada y a la vez reunida.

Uno de los efectos de sentido que destila Aparecida es el de acercamiento. Activar la memoria, reunir los testimonios, juntar los huesos, sepultarlos y finalmente resistir es una línea de sentido cercana a nosotros, ese nosotros que circula en el texto y nos incluye, rozándonos los brazos con emoción, pura sensibilidad a flor de piel.

Después de leer esta novela, de celebrarla, sólo nos queda acompañar, como siempre, a las Martas, tomando un vino en casa.

 

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