La crítica de cine dominicana en el laberinto de los espejos

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La crítica es una ciencia y una pasión que abruma al pensador, a ese degustador de las artes que en un alarde de generosidad busca compartir con una comunidad de seres interesados en el dialogo fructífero con la obra artística.

Lejos de la imagen del amargado criticón o el habitante exquisito de una torre de cristal que prodiga sus finas atenciones a la minoría opulenta, analizar el contexto íntimo de un filme, es una obra de amor al cine.

El contrato social fue firmado para ejercer, como Aqueronte el barquero, el oficio de transportar conocimientos escondidos en los arcanos del celuloide hasta el espectador, destinatario final de esa preciosa carga.

¿Qué es la crítica a veces sino el naufragio en el laberinto del minotauro o el salón de los espejos? Porque de tanto verse a sí mismos, algunos de sus representantes se han creído los hijos de Zeus, viviendo en el Olimpo, rodeado de una corte de zánganos que repiten como niños de preescolar sus opiniones.

El apandillamiento en las sociedades no cosecha buenos frutos en sus obras y mucho menos en el mundo de las ideas. Las ovejas y sus balidos en cadena no son un referente estético a la hora de apreciar sus virtudes cantoras. Asimismo, los críticos que se valen de una cohorte de seguidores sin opiniones propias no valen ni una mota, como decían mis abuelos, y en este caso se aplica a las valoraciones sobre películas.

La situación en industrias emergentes como la dominicana jamás será ni fácil ni armoniosa, pues aún estamos en el proceso de acomodo de una gran cantidad de factores, muchos de ellos extra- cinematográficos, que colocan al analista en situaciones que sus pares de otras latitudes desconocen.

La piel de nuestro país siempre ha sido muy sensible para asumir los señalamientos críticos. Esto es debido a la cercanía existencial que prima en las sociedades isleñas y tropicales, bañadas por unas relaciones excesivamente primarias que dificultan la necesaria distancia para diseccionar una obra con la objetividad debida.

Enfrentarse a los amigos que hacen cine y a los conocidos con puestos ejecutivos en la exhibición y en la distribución, no es una opción elegante cuando se opina, y esa opinión puede afectar los intereses o los afectos de personas con las que te ves la cara a menudo.

El camino intrincado que toman muchos analistas criollos tiene dos vías, y me permito decir que equivocadas ambas, pues existe una tercera, independiente moderada y justa, que puede enfrentarse a cualquier película, analizarla y salir airosa, sin perjuicio de su imparcialidad.

“Sed justos si queréis ser felices”… proclamaba nuestro Padre de la Patria Juan Pablo Duarte, y así parece ser que muchos ni han sido justos a la hora de analizar las películas dominicanas, ni han sido muy felices con sus juicios, por carecer de distancia, de precisión o por estar basados en prejuicios o en intereses. Esos intereses que nublan el entendimiento, castrando su autoridad para emitir un veredicto, no solo inapelable sino con la certeza de imparcialidad debida, sin ataduras al vil metal o el compadreo social.

La distancia necesaria debe ser una exigencia interior del mismo analista que necesita cuidar con celo el acercamiento a esas fuentes productoras de contenido. Esto será necesario para no contaminar su análisis con las opiniones, no siempre desinteresadas, de los intereses comerciales que estarán, y es normal que así sea, forzando para que lo que escriba sobre sus películas sea siempre benigno.

A veces la lucha es interior, contra sí mismo, peleándose a muerte con ese monstruo llamado “el gusto”, que implacable busca eternizarse en las mismas películas, los mismos rostros, los mismos contenidos, una y otra vez, repitiéndose hasta el hastío infinito de escribiente y espectadores.

Acechan también los deseos de complacencia con esas audiencias que pagan las taquillas, con esos fans que no admiten mas veredictos que el favorable, que insultan, denigran y acosan al atrevido que ejerce la desagradable labor de diseccionar con rigor la obra fílmica que tiene de frente.

Pero el rigor no puede transformarse en obcecación de no reconocer las áreas en donde se avanza en nuestro cine, haciendo el papel de voces agoreras del desastre, negándose a ver cualquier atisbo de logros, con un pesimismo digno de Olafo el Amargado, para el cual todo es motivo de queja.

La crítica no es un martirio, así como la sala de cine no es Gólgota, donde se lápida cuanta película se exhiba en nuestra pantallas. Y mucho menos el acceso a los medios de comunicación pueden servir de podio de quienes vierten su bilis en el celuloide como forma de catarsis personal, en un flaco servicio al arte que dicen defender y a la industria que pretenden apoyar.

La misión del crítico o analista de cine es muy sencilla, es una verdad de Perogrullo, porque su trabajo como hemos repetido muchas veces, es de tender puentes comunicantes entre el autor de la obra cinematográfica y el público. El crítico tiene como facilitador la responsabilidad de señalar vicios de construcción, pero también de traer a la luz los elementos que hagan posible lo estético

Las razones para perderse en los laberintos del análisis cinematográfico son muchas por la variedad de intereses que se mueven en este negocio. Si el sujeto que disecciona la película pierde la brújula o se deja guiar por aquellos a los que debería conducir en el diálogo de las imágenes, queda atrapado en ese túnel oscuro.

Los parámetros para analizar una cinematografía como la nuestra, tienen que partir de los elementos intrínsecos de la realidad fílmica dominicana, echando mano a las herramientas metodológicas estandarizadas por la crítica internacional. El error es no adaptar o no filtrar esos parámetros y desconocer las particularidades de cómo se hace cine por aquí.

La crítica de cine en nuestro país goza de buena salud por el acceso a lo más reciente del panorama nacional e internacional. Sus niveles de actualización la mantienen conectada en tiempo real a los últimos productos del mercado. La preocupación es por ciertos niveles de virulencia en las opiniones sobre los filmes nacionales que no guardan relación con el tratamiento hacia filmes extranjeros, haciendo comparaciones que muchas veces no se corresponden por las asimetrías de producción con otras industrias.

Analizar una obra cinematográfica es una labor rigurosa, paciente y debe ser ejercida con la mirada limpia y una conciencia justa, tomando en cuenta factores específicos de la producción, el grado de desarrollo y la etapa por la que transita esa industria. Lo contrario sería escribir en el viento, desde el desconocimiento y los prejuicios.

Ilustra la nota: Geraldine Chaplin y Yanet Mojica en la producción dominicana Dólares de Arena.

Publicado en Vanguardia del Pueblo

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