Misión cumplida

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Unamuno, Gonzalo, Que todo se detenga, Bs. As., Galerna, 2015.

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Misión cumplida

Estamos ante la primera novela de Gonzalo Unamuno. Me interesó inmediatamente. Conozco sus poemas, me gustan mucho, me intrigaba saber cómo sería su prosa.

“Intenté que fuera un cross a la mandíbula”, dijo sobre ella su autor en alguna entrevista y aumentó mi curiosidad.
La leí con placer página a página, con un placer incómodo. Sí. Una suerte de goce molesto me mantuvo pegada a la voz del protagonista, Germán Baraja. Porque la novela se construye con la voz de su conciencia, que es la “del derrotado”, la del que accedió a hacerse “daños reales para que la victimización posterior sea creíble”, dice al comienzo.

El personaje se nos presenta durante “el bajón”. La estructura de la novela es inversa: empieza con el final y termina con el principio, que es cuando está más eufórico producto de la ingesta de cocaína; además, es cuando se entera de que su madre está internada.

Decide no visitarla. Germán no crea vínculos, más vale, los rompe. Es distante con su hermana, no quiere ver a su amigo Francisco y se fastidia cuando Agustina, una antigua compañera del colegio, lo llama para saber cómo se encuentra.

Descree de todos y de todo. Está desilusionado, su desgano también desborda la política: “es apasionante a cierta edad”, dice al explicar por qué ya no milita en el kirchnerismo. El neoliberalismo de los 90 lo vació de patria, confianza y arraigo. Es un nihilista. “Me siento una víctima de la época, un desperdicio”, afirma. Solo se llena de satisfacción cuando consume cocaína.

Germán Baraja piensa, piensa mucho y toma merca, no lo vemos movilizado por nada más. “Creo haber alcanzado la […] aceptación del aburrimiento total […] el acatamiento pleno de la inacción”, dice. Y su voz molesta, perturba la desidia, el desprecio por sus semejantes, su misoginia.
“¿Sos feliz?”, se pregunta al preguntarle a un amigo.

Soy alguien que “pudo haberlo alcanzado todo, pero se preguntó qué es todo”, confiesa y provoca, pues su discurso no es sobre la carencia de posibilidades —Germán Baraja tiene “todo” para ser feliz— sino sobre el exceso y la posterior indiferencia, que pone en jaque el mandato de la felicidad tan reclamado en estos tiempos.

Inevitable expresión del hastío de una clase acomodada y de la insatisfacción generacional contemporánea —se trata del fastidio de un nene bien, de la desdicha de un treintañero que no tiene objetivos ni metas, menos sueños—, el personaje de Germán Baraja, hijo de los 90, además encarna la despersonalización y la frivolidad de esa época. No por nada idea un corto “metáfora de los 90” en el que el personaje principal, identificado consigo —“tiene nuestra edad”, dice Baraja al presentarlo—, resucita en el cementerio de Chacarita, plagado de elementos alusivos a esa década: cartuchos de Family, Supernintendo y de Sega, cassettes “con biromes dentro de los huequitos…”

Que todo se detenga es una novela post 90 de hecho, el protagonista es un constructo de secuelas de aquella década: Germán Baraja es un vende patria, un vende madre y él es consciente de eso, porque piensa, piensa mucho. Y desde allí, con esos ojos, piensa la actualidad. Nos ahoga en su mar de ideas. Nos perturba cuando reflexiona sobre distintos colectivos sociales y cuando ironiza con lucidez sobre estereotipos actuales, sobre la figura del “careta” y la del “anticareta” tan reclamada y tantas veces impostada, entonces sentimos que en algún punto de la cara nos duele y que Gonzalo Unamuno cumplió su objetivo.

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