Telegraph Avenue, de Michael Chabon

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Situada en el verano del 2004 en el boulevard que une Oakland, Norte de California, y Berkeley, llamado Telegraph Avenue, donde los socios y amigos Archy Stallings, un hombre negro, y Nat Jaffe, un judío blanco, tienen Brokeland Records, una disquería que se especializa en vinilos usados y raros ubicada en lo que antes era una peluquería de la que creen haber heredado esa condición característica de reunir todo tipo de personajes (como hombres blancos que se hacen pasar por negros) que pasan ahí el tiempo, se ven amenazados ante la inminente construcción de una cadena de shoppings Dogpile que va a tener una sección especializada en música negra en vinilo, del mismo estilo que ellos: soul jazz, funk de los ’60 y ’70, cuya construcción está a cargo de Gibson “G Bad” Goode, un ex quarterback de la NFL, ahora también el “quinto hombre negro mas rico de América”, alineado con el concejal Chandler Flowers, compañero de un viejo crimen con el padre de Archy, Luther Stallings, una retirada estrella del cine de blaxpotation en los años ’70 con un largo historial de adicciones y fallas parentales, puntualmente, abandonar a Archy, quien ahora lo resiente y guarda un particular respeto por el concejal a pesar de que este los haya traicionado al pactar con Gibson Goode para instalar su nuevo Dogpile, o por lo menos todo el respeto que los nervios de Nat no pueden tener, mientras Luther planea chantajear a su viejo amigo Chandler Flowers con un guante ensangrentado que guardó de un crimen que este cometió, para con eso financiarse su vuelta al mundo del cine y completar la saga de Strutter, de la que era protagonista, a pesar de que este mundo mayormente ya lo haya olvidado y la otra parte crea que ya había sido olvidado, esta es la última novela de Michael Chabon.

La alarma de la gentrificación se dispara en las cabezas de Archy y Nat en la forma de una bancarrota, pero interiormente, lo que sienten en juego son sus propias identidades, esas que expresan a través de su dedicación musical -además de ser coleccionistas y vendedores especializados de vinilos, tienen su propia banda y están en contacto con otros músicos locales, algunos ya legendarios-, y la de ese espacio geográfico que simboliza Telegraph Avenue, cumpliendo el rol de conservar la tradición cultural.

La música ha sido considerada desde las primeras teorizaciones como el lenguaje universal, hasta se ha pensado que el mundo tiene su propia armonía. Aunque los siglos de estudios (antropología, etnomusicología, etc.) hayan avanzado sobre las razones por las que el humano identificó la música de esta forma con lo metafísico, en comunicación con la naturaleza y el espíritu, la aproximación totalizadora sigue vigente, todavía por algunas buenas razones, y cuando la comunicación de esa identidad transcultural que representa se ve ante la posibilidad de un cambio masivo, no se sabe si es correcto seguir la corriente capitalista o resistirse para conservar las cosas como están. Nadie puede aprender en la practica la forma apropiada para conservar el pasado cuando es tiempo de hacerlo porque también significa la perdida de algo inherente a la forma en que hacemos las cosas actualmente, lo que conlleva la realización y la ansiedad de que nuestros propios momentos van a ser, de alguna manera, también homenajeados y conservados, y de que la forma de las memorias futuras dependen de como nosotros nos hayamos comportado con el pasado.

Pero la sociedad de Archy y Nat se expande más allá de Brokeland Records y de su amistad. Sus esposas, Gwen Shanks y Aviva Roth-Jaffe, también mejores amigas, llevan juntas un negocio de parteras. Después de un parto que se complica y termina en manos de un médico en un hospital, Gwen se ve envuelta en un caso de discriminación que se confunde con su incapacidad para pedir perdón, de respetar la autoridad de los médicos, su futuro profesional, el bebe que va a tener y el padre de éste, Archy, con quien también tiene que cargar después de una infidelidad. Nat y Aviva ya son familia, tienen un hijo de 14 años, Julie Jaffe, gay, espíritu artístico, completamente su propia persona, involucrado sexualmente con el joven Titus Joyner, hijo perdido de Archy, como él mismo lo es de Luther, aspirante a cineasta, y juntos acuden a un seminario sobre Kill Bill de Quentin Tarantino.

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Michael Chabon escribe literatura desde el género, el fanatismo, con obsesiones y curiosidades, al mismo tiempo inteligente y autoconsciente (por ejemplo, hay referencias al Condado de Vineland, California, que solo existe en la novela de Pynchon del mismo nombre, que al mismo tiempo guarda muchas similitudes con Quentin Tarantino, la principal referencia a la cruza de géneros posmodernista a la que se alude en Telegraph Avenue), priorizando la práctica de la escritura por sobre la teoría -aunque claramente la reconozca-, y eso, para el lector, no es otra cosa que un regalo. Habla el lenguaje íntimo de los viejos amigos, de los matrimonios, de padres e hijos, lleno de la comprensión y el desentendimiento de esos que saben dónde golpear cuando quieren herir, que con una oración o una mirada pueden revivir un perdido y reencontrado mundo de traiciones, promesas rotas, declaraciones dichas a medias y confesiones silenciosas, y es ferozmente entretenido al hacerlo. Esa misma comprensión de las relaciones internas con las que hace referencias a la alta y la baja cultura en sus libros, entre lo personal y lo histórico, es con la que en esta ocasión se propone pensar sobre las tensiones raciales, la relación entre negros y blancos, sus límites, sus posibilidades, y si acerca de este tema el escepticismo del lector (blanco) cae sobre las paginas en algún momento, puede recordarse que la mayor parte del libro está escrita desde el punto de vista de Archy, además de Gwen, Titus, Luther y otros personajes secundarios, y que él está empatizando con los problemas de todos ellos.

Telegraph Avenue se puede abrir en cualquier página para encontrar las más detalladas metáforas que expanden el mundo según como lo comprenden sus personajes, y que nos dejan ver como sus propios procesos de pensamiento responden a la misma vertiente gregaria de observaciones con la que Chabon escribe su lirismo verborrágico, como si fuera un Proust cómico. Es válido decir también que algunos de estos pasajes se sostienen tanto en sí mismos que pueden traer algo de distracción a la escena principal, mientras también es válido asumir que esto es un efecto deliberado (como él lo noto en el trabajo de Thomas Pynchon).

En una escena del libro aparece Barack Obama en un evento, viendo tocar a la banda de Archy, y en referencia a la dedicación de éste, hace reflexionar a Gwen sobre la importancia de hacer lo que uno ama. Chabon ya ha remarcado el carácter transformativo de la expresión artística en The Amazing Adventures of Kavalier and Clay, pero quizás es todavía más valioso cuando lo encuentra en otros oficios, trabajos, intereses a los que entregarse y que nos ayudan a convertirnos no en aquello que queremos ser sino en eso que ya somos -actuar acorde a la armonía interna- y esto se refleja en la tradición musical acerca de lo que es auténtico y original. Solo hay que saber escuchar, y para eso, son personas como Archy y Nat, pertenecientes “a una liga de hombres solitarios en la búsqueda de las glorias perdidas de un mundo desaparecido”, quienes pueden preservar la libre navegación de los territorios del descubrimiento, Gwen y Aviva quienes pueden traer vida, y los padres que, inclusive en su completa ignorancia sobre cómo ser padres, pueden enseñarnos algo sobre lo que somos, las cosas que tenemos, a las que pertenecemos y aquellas que tenemos que adoptar.

Más de diez años pasaron desde ese verano en que Barack Obama era Senador por el Estado de Illinois. Las cosas cambiaron desde ese entonces, pero uno puede fallar al intentar verlas sobre la misma dirección positiva marcada por Michael Chabon hacia el final del libro. Sobre este aspecto social, es entre el desconcierto y el asombro que una década más tarde (de entrenamiento en cinismo y algo de realidad) un lector puede recibir una novela con el nervio optimista de Telegraph Avenue.

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