Colima, Festival Monólogos 2015. Avestruz no vuela, mexicano.

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Ficha técnica:

11 Festival Monólogos “Teatro a una sola voz” 2015, México (Hermosillo, Culiacán, Durango, Torreón, Saltillo, Monterrey, Nuevo Laredo, Lagos de Moreno, León, Colima, Morelia, México DF)
Obra: Avestruz no vuela, mexicano
Actor: Saeed Pezeshki
Dirección: Miriam Castañeda
Fisicalidad: Rocío Zúñiga
Textos: Saeed Pezeshki, Sofía Ramírez, Miriam Castañeda

Colima

Me sumé tarde a la gira, cuando sólo quedaban tres funciones: Colima, Morelia y el DF. Yo iba como cronista encubierto, no formo parte de la Compañía Circuito Liquen, fundamentalmente porque no soy gente de teatro. O bueno, soy parte de esa otra mitad, necesaria aunque no suficiente, que suele llamarse público. Y como soy amigo de  la Compañía, además de serlo de sus integrantes, los acompaño cada vez que puedo.

Decía que me sumé en Colima casi en forma clandestina, fundamentalmente por no tener ningún papel que cumplir, ni arriba ni abajo del escenario; bueno tal vez, insisto, el de ser público, público itinerante que acompaña la gira, y que como tal tiene el deber de brindar testimonio y testificar lo que observa, percibe y siente.

Llegué el día que debían montar la obra en el Teatro Hidalgo. Mención especial para el Teatro,  una construcción del siglo XIX, realizada por el arquitecto Lucio Uribe, de una gran belleza (lo cual no sólo habla bien del artista que lo diseñó, sino del mantenimiento que tiene, es decir de la gente que hoy lo maneja). El montaje es necesariamente un trabajo que requiere creatividad y método; hay que implementar lo pensado y resolver los conflictos (en el buen sentido del término) que cada nuevo espacio exige. El teatro es un trabajo colectivo en su sentido amplio, quien no lo entiende así no tiene muchas chances de éxito, aún cuando la vanidad pueda ocultarlo. Es un trabajo colectivo y por lo tanto el rol de la gente del teatro ajena a la compañía es fundamental. Me refiero a los técnicos y administrativos, a los ordenanzas y a los de seguridad. Sin ellos tampoco puede realizarse el acto. Los técnicos del Hidalgo de Colima se mostraron no sólo súmamente amables sino fundamentalmente profesionales. El conocimiento y la predisposición que tuvieron fueron esenciales para que todo estuviera listo y disponible en la noche.

El montaje llevó más tiempo del que se suponía; una de las claves del arte es, al igual que en la ciencia, la de detectar errores y corregirlos, una fatua pero persistente búsqueda de la perfección, que sólo se termina cuando se imponen las condiciones externas (en el caso del teatro, la hora de la función). Uno como espectador no sabe, la mayoría de las veces, cuánto trabajo requiere el montaje de una obra de teatro. Desde su concepción y diseño hasta su realización, en el estreno y en la temporada.

Todo listo, todos satisfechos, al menos en el punto en donde uno decide que sí, que ya se puede, que sólo resta esperar el momento.  Por suerte para el equipo de la Compañía, hubo un par de horas para descansar y concentrarse; para que la obra pueda desarrollarse de acuerdo a lo que se pensó, más allá de la dinámica propia y la adaptabilidad necesaria que cada espacio nuevo requiere.

Unas horas antes de la salida a escena, el grupo se acercó al teatro. Se liman los últimos detalles y comienza el proceso de calentamiento. Al menos desde la perspectiva de Circuito Liquen, que incluye siempre al teatro físico, la entrada en calor es determinante para el éxito de la obra. No sólo le sirve al cuerpo, evita lesiones y mejora los movimientos, sino que es una forma de concentración, un medio de prepararse psicológicamente para el intenso desgaste que significa la actuación. Meterse en la piel y en la mente de los personajes tiene siempre un costo, tanto cognitivo como físico y por supuesto, sentimental.

Y ahora sí, llegó el momento. La entrada al escenario es siempre un momento en donde no se puede evitar el concurso de los nervios. Aún cuando no sea un estreno, aún cuando haya una temporada detrás, siempre están presentes.  Esto lo deduzco por lo que sufro como espectador-amigo, si yo me altero no me quiero imaginar lo que sucede dentro de cada uno de los integrantes de la Compañía.

La obra puede enmarcarse dentro del biodrama, se toman elementos de la historia de vida de alguien y se los dramatiza, se los traduce al lenguaje del teatro. Una historia que ancla en el devenir de una familia, en como la casualidad y la causalidad juegan su partida (casi un proceso estocástico), en como las consecuencias del pasado influyen en nuestro presente, en como nuestra individualidad está fundada en elementos que no podemos controlar del todo.

El sentido del humor ayuda a comprender cierto costado trágico; de ningún modo un melodrama, pero sí ese gusto amargo que es inherente a la vida y del cual nadie, nadie, puede escapar.  Un árbol genealógico que es una columna vertebral, donde todos nos vemos reflejados. Pero la obra no es una apelación pura a nuestra individualidad y a nuestros recuerdos (al fin y al cabo todos tenemos familia e historias que parecen salidas de la imaginación de algún fabulador omnisciente). Desde allí se habla también de lo que nos sucede como sociedad, como grupo ya globalizado, donde lo local se universaliza y lo general se particulariza.

La respuesta del público fue también conmovedora; por lo poco que pude ver, la amabilidad colimense es proverbial y demuestran calidez en cada encuentro. Los miembros de la Secretaría de Cultura de Colima, Sergio Morales, Héctor Castañeda y su equipo trabajaron en forma denodada para que a la Compañía no le falte nada; no sólo demostraron un alto grado de profesionalismo y un costado humano que merece elogio, sino que con sus acciones lograron que el espectáculo fuera un éxito en todo sentido. Mención especial de agradecimiento para ellos.

Ahora a seguir viaje. Compañía y público (yo) continuamos a Morelia, Michoacán, a seguir con el desgastador pero satisfactorio trajín.

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