Hugo Cifuentes: Esplendor y ceniza.

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Cuando tenía nueve años construí una caja de cartón a la que había colocado un vidrio como lente. Era mi primera cámara fotográfica, con ella jugaba e imaginaba que hacía fotos. Hugo Cifuentes.

Quién se aproxime a la obra de Hugo Cifuentes estará haciendo un repaso fundamental por la historia de la América Andina. En sus fotografías encontrará retazos de los grandes escritores que al igual que Cifuentes centraron su objetivo en los desclasado en los “serranos” como despectivamente se los llama en el Perú. En el “Indio”, así a secas, con todo el desprecio con que la “raza de bronce” fue obligada a vivir durante más de quinientos años.

En cada una de las fotografía retumban las palabras de Alcides Arguedas, Jorge Icaza, José María Arguedas o Manuel Scorza.

Cifuentes captura las cicatrices de su pueblo: manos lastimadas, pieles curtidas por los vientos de las alturas, cuerpos sin abrigos, pies descalzos, ojos apasionados, voluntades devotas, parece sin duda haber usado los mismos modelos los mismos desgarros que su compatriota Oswaldo Guayasamin.

Como los grandes fotógrafos, supo del “instante decisivo” que hablaba su admirado Henri Cartier-Bresson, de ese momento preciso que la vida asalta, por lo que siempre hay que estar atento para capturarlo, para no dejar escapar la toma única e irrepetible.
Conocedor de las vivencias de su pueblo supo retratar como pocos sus carencias, pero también la alegría, los festejos y las devociones. Para eso marchó junto a ellos en las peregrinaciones, transitó los mitos y las tradiciones, hurgó en los talleres de los imagineros, que como él, transforman la devoción en arte.

Hugo Cifuentes nació (Otavalo 1923-Quito en 2000) con el ensayo fotográfico Huañurca, junto a su hijo su hijo Francisco, obtuvieron el premio Casa de las Américas en 1984.En Huañurca, palabra que en quichua significa “ha muerto”, los Cifuentes acompañan los ritos funerarios de un pequeño niño de la comunidad indígena de Otavalo. Su trabajo en blanco y negro, asiste al velorio, al cortejo y al entierro del niño, como un miembro de la comunidad.

Como profundo conocedor del significado de los rituales y las ceremonias de su gente, Cifuentes consigue despegarse de la mirada antropológica, que el contexto hubiera inducido a cualquier otro fotógrafo, para poder sumergirse en el ritual como un doliente más.
Cifuentes dice: “Parece que está dormido. Su rostro pálido, de recién nacido, permanece tranquilo como en una larga y reposada siesta de mediodía. Sus ojos alargados no se abren, aunque su padre lo mueve para acomodar sus manitas y colocarlo en una pequeña caja de madera, junto a una larga vela que pronto se encenderá. El niño está muerto, la gente a su alrededor se prepara para el velorio”.

Sus fotografías muestran el esplendor y la ceniza de su pueblo el sentimiento en el festejo y las procesiones. Recoge y refleja el sincretismo por el choque de dos culturas que tras quinientos años de desencuentros han alcanzado un inestable equilibrio, siempre tan cerca de fracturarse.
Cifuentes acompaña a los músicos, todavía trashumantes, que tanto asisten a un casamiento, como a una fiesta patronal, a un bautismo o como a un entierro, siempre tenues, siempre tan iguales a sus trompetas y sus clarines tristes.

Las calles eterna, infinitamente húmedas por la garúa andina, siempre inhóspitas de los pueblos que Cifuentes cuenta, son su coto ideal de captura. Es la geografía acorde que para un artistas con las raíces en esa tierra pueda asistir a ese milagro del “instante decisivo”: apenas un niño, un bebe todavía, dormido en una bicicleta, abadanado de todo en un equilibrio que tiene mucho de prodigio; una mujer apenas asomada en un misterioso balcón; un borrachín durmiendo su festejo entre las patas de su burro, a un costado del sendero. Un niño a quien el entusiasmo de la curiosidad le hace olvidar sus muletas contra la pared, las manos férreas que sostienen los velones en una procesión; los pies descalzos de una anciana sobre la ancestral piedra de los Andes, son las piezas que sin saberlo había salido a buscar, haciendo suya la definitivas palabras de Picasso “Yo, no busco… encuentro”.

Los quinientos años de conquista han asolado a un pueblo que ha sabido persistir, a veces enmascarado a sus Dioses, tras otros Dioses, a veces con la muda resistencia de la espera.
Cifuentes además de fotógrafo autodidacta fue pintor, dibujante y músico, en los años sesenta fue parte del grupo “Vanguardia Artística Nacional (VAN)” junto a otros importantes artistas y teóricos de su país como Enrique Tábara. Oswaldo Moreno, León Ricaurte, Moreno Heredia entre otros. El VAN trato de conjugar el constructivismo y el surrealismo con el arte precolombino.
Su arte especialmente la fotografía es de unja coherencia estética y ética tan innata como su talento.

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Recuperar la memoria y el trabajo de Hugo Cifuentes es un acto de defensa propia, porque aunque sus calles mal adoquinadas, sus piedras sacramentales, sus ritos y sus cenizas son parte insoslayable de, tal como suena en la voz de Laprida en Conjetural,: “nuestro destino sudamericano”.

La muestra “Hugo Cifuentes, maestro de la fotografía ecuatoriana” podrá visitarse en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco Sede Palacio Noel – Suipacha 1422. Desde el jueves 30 de Julio hasta el domingo 27 de Septiembre
Martes a viernes de 13 a 19 hs.

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