#FTR2015: 11° Edición del Festival de Teatro de Rafaela

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“El escenario es la ciudad” fue la frase que arrojó el periodista rosarino Miguel Passarini para intentar resumir algo de lo vivido en estos intensos seis días de Festival. “El escenario es la ciudad” asintieron otros y en esa repetición volvían las imágenes de las calles, de las plazas, de las vecinales, de los anfiteatros, de la carpa de circo.  Es indudable: en Rafaela el teatro está en todas partes.

La permanencia (que es también pertenencia) de ya once años no se consigue por generación espontánea. Se trata, en primer lugar, de una decisión política para hacer (para seguir haciendo) de Rafaela una ciudad de cultura. Se trata además de trabajo constante y sonante para que cada cosa salga perfecta (todo lo perfectas que las cosas puedan salir). ¿Alguien puede poner en duda el profesionalismo, el esfuerzo y la dedicación absoluta del equipo que encabeza Marcelo Allasino, secretario de Cultura y director del Festival? ¿Alguien puede cuestionar la inversión, el tiempo dedicado, las certeras decisiones cuando es la ciudad la que tomó este evento como propio, como parte de su hacer y quehacer cotidianos? Sí, se puede. Sobre todo en épocas electores y de chicanas políticas, los molinos de colores que pueblan las calles en estos días se convierten un poco en gigantes y hay que combatir y hay que darles pelea. Ladran, Sancho…

Esa permanencia se debe también, creo, a que el FTR se hace desde y para la gente de Rafaela. Parece una verdad de Perogrullo pero hay tanto evento en Argentina que responde a intereses mezquinos, a ciertas posturas snobs, a ciertos amiguismos evidentes que resulta necesario aclararlo. Se piensa en los niños, en los estudiantes de la EMAE (Escuela Municipal de Artes Escénicas), en jóvenes y adultos, hombres y mujeres de la ciudad de todos los estratos sociales. Es inclusivo pero nunca conformista. Va por más en cada edición y su programación (rica en variedad y calidad) es desprejuiciada, a veces provocadora y siempre un camino arduo para hacer estallar el pensamiento o la sensibilidad (o ambas cosas a la vez).

Su carácter inclusivo le permite además albergar cariñosamente a los otros, a las subsedes  y  a los elencos, directores,  dramaturgos, productores, técnicos, críticos y periodistas que llegan a la ciudad. Todos se sienten parte, nos sentimos parte porque el festival te envuelve (le dan en la tecla incluso en la elección de frases) y en ese abrazo cabemos todos. Y no hablo sólo de la hospitalidad, del buen trato y la excelente atención. Va más allá. El festival brinda concretas posibilidades de encuentro: entre los artistas que pueden  ver los trabajos de sus compañeros, entre los críticos/periodistas y entre críticos y artistas. Entonces, todos quieren ir, quieren participar porque ya lo vivieron o porque les contaron que allí ocurre algo único en su tipo.

Las mesas de devoluciones son, en ese sentido, un espacio (ganado y sostenido) para la reflexión y el intercambio de ideas. Precedidos por CRITEA (Círculo de Críticos de Las Artes Escénicas de Argentina) y con la participación de críticos y periodistas de todo el país y público en general,  estos encuentros fomentan el sano ejercicio del diálogo fluido entre los diferentes artífices del hecho teatral, se cuentan procesos de trabajo  e incluso se propician ( y se aceptan con respeto) acaloradas discusiones. Una rareza, vital y absolutamente necesaria. En la última jornada, Marcelo Castillo, integrante del Grupo teatro La Cochera, concluyó: “Existen pocos espacios en los festivales para el intercambio. La apuesta de este festival es importantísima porque generalmente no hay encuentro entre nosotros. El festival y los críticos de CRITEA vienen abriendo estas instancias que son muy significativas para la reflexión y el  encuentro.”

Queda claro por lo que antecede que el FTR es un fenómeno social  y cultural que excede a su destacada programación y cuyos alcances también van más allá. En el acto inaugural, Marcelo Allasino señaló: “El teatro ha llevado el nombre de Rafaela a los medios masivos de comunicación de todo el país, ha hecho resonar su nombre en Latinoamérica y tantos otros lugares del mundo, ha generado expectativas en jóvenes que se toman las vacaciones en coincidencia con este festival para venir a disfrutarlo desde Santa Fe, o Córdoba o Buenos Aires. Ha hecho trascender a esta Capital Provincial del Teatro con un proyecto que nos pone en discusión, que celebra la diversidad, y que es ejemplo de gestión.”  Al tiempo que invitó a sus conciudadanos a seguir resistiendo y trabajando para el cambio: “Entonces, rafaelinos: no dejemos pasar la oportunidad de seguir potenciando a nuestra pequeña ciudad como referente cultural del país. Nuestras futuras generaciones lo agradecerán, como le decimos gracias a los pioneros de esta tierra que edificaron teatros en medio de la nada. Ayudemos a quienes se resisten al cambio. A los que temen. Construyamos desde el respeto y la tolerancia por la diversidad de unos y otros. Que el amor siga circulando para contagiar y transformar aquellos corazones que fueron ganados por la avaricia, la prepotencia, la intolerancia, el egoísmo o la violencia.”

Hubo para todos los gustos, para todas las edades, para todas las inquietudes, búsquedas o intensidades. 32 espectáculos y cerca de 70 funciones. Distintos modos de producción, diferentes espacios (más o menos convencionales), autores reconocidos y jóvenes dramaturgos, actores consagrados y otros que realizan sus primeras experiencias, espectáculos locales y otros extranjeros, propuestas existencialistas y otras cargadas de humor, obras recién estrenadas y otras de larga data, circo, danza, espectáculos callejeros,  poéticas variadas ( incluso contrarias) conviviendo ahí, en esa zona de aceptación de lo disímil que es, en definitiva, este festival.

La escena local se vio representada por dos espectáculos que, según unanimidad, estuvieron a la altura de las circunstancias: Las arcanas. Las noches no son eternas de María Eugenia Meyer y Un lazo rojo de Ramiro Rodríguez.  De Fortaleza (Brasil) llegó la Cia. Dita con De-Vir. Desde Rosario llegaron Representación nocturna del Marqués de Sebregondi del grupo Sociedad Secreta de Actuación y El fabuloso mundo de la Tía Betty  por El Rayo Misterioso . La primera, parte de “El niño proletario”, el perturbador cuento de Osvaldo Lamborghini  para hacer efectiva una crítica de la violencia (física y moral) de las clases dominantes desde un planteo estético interesantísimo que busca belleza en medio de lo monstruoso. Por su parte, Aldo El-Jatib y su gente, a partir de una experiencia personal , recrean un sinfín de imágenes poderosas que hablan fantasmagóricamente de cierto inconsciente colectivo. Desde Mendoza llegó Mi humo al sol de Manuel García Migani y desde Córdoba arribaron dos propuestas: Argentina Hurra! ( Pensé que se trataba de cieguitos) por la Compañía Zéppelin Teatro y La fonda patrioootera del emblemático Grupo Teatro La Cochera. Esta última propuesta plantea un adelantado festejo del Tricentenario a puro humor pero también con cierto espacio para la reflexión sobre el patriotismo y la idiosincrasia cordobesa; incluso pudo instalar, en la mesa de devoluciones, un debate sobre el acoso callejero en relación con los piropos y los versos encendidos.

De Buenos Aires se presentaron gran variedad de propuestas. Pompeyo Audivert llegó con su inquietante Muñeca. Tragedia nacional sobre el amor no correspondido, una versión libre, y ligada a la poética de Marosa Di Giorgio, de la obra de Armando Discépolo. Dennis Smith se presentó con la tercera parte de esa suerte de tríptico basado en datos personales ficcionalizados: BoyScout. Como ya nos tiene acostumbrados, Dennis nos cautivó con su talento, su hermosa voz y su capacidad para desterrar emociones. Piedra sentada, pata corrida, de Ignacio Bartolone, se presentó en  Centro Cultural Municipal despertando la risa y el asombro por su desparpajo en el uso del lenguaje y su lectura (desde los bordes) de la  identidad nacional. Las actrices de Doberman, Maruja Bustamante y Mónica Raiola participaron además en otros dos espectáculos: Maruja Bustamante dirige Un gesto común, un complejo texto que Santiago loza que Iride Mockert, José Escobar y Diego Martín Benedetto hicieron carne y herida apropiándose de un espacio que pareció hecho para ellos. Mónica Raiola cautivó también con su actuación en Lunes abierto, de Ignacio Sánchez Mestre, una obra que se aleja de realismo para jugar con el tiempo, los recuerdos, los sueños y las palabras. Por su parte, Elisa Carricajo y Lisandro Rodríguez presentaron  Un trabajo, estrenada recientemente en Elefante Club de Teatro,  obra que apabulla y deslumbra desde su profusión temática y sus modalidades discursivas para poner en jaque cierta existencia mediatizada y la falsa comunicación y los lugares comunes sobre el género y el cuerpo. No podemos obviar la presencia de Pablo Rotemberg y La Wagner, un espectáculo absoluto donde los cuerpos hablan y cuando hablan denuncian lugares comunes, estereotipos y prejuicios instalados. Un verdadero cross a la mandíbula.

Dejamos para el final dos espectáculos. No porque sean mejores que otros ni nada parecido sino porque construyen imágenes fuertes, momentos difíciles de borrar de la retina.

Ingue (Clown), de Yanina Frankel y Darío Levin,  se presentó en dos vecinales y en Suardi. Estuvimos presentes en la función del sábado 18 de julio en el barrio Guillermo Lehmann y todo fue fiesta y alegría. A pesar de la dureza  del tema (la guerra y el destino oscuro de los inmigrantes), siempre un clown está ahí para cambiar la visión del mundo, para mirar desde otro lado. Yanina Frankel logró sorprender a un público de todas las edades, que desde temprano llegó a hacer una larga fila; logró la risa pero siempre al borde del llanto, de la emoción, de las ganas de abrazar. El peligro y la espera (sensaciones logradísimas desde los efectos sonoros de los aviones, alarmas, teléfonos) de una mujer que no estaba sola sino bien acompañada por muchas personas que, atentas, entraban en el juego. La experiencia de las vecinales es un hecho único y todos deberían poder disfrutarlo.

Fábula Gótica acerca de cómo los habitantes de los extramuros secuestran y sacrifican inútilmente a la retartada (O crítica apresurada a la clase media) de Matías Feldman fue unos de los grandes aciertos de esta edición del Festival. Un proyecto de graduación de la UNA (Ex IUNA), dramáticas, de una calidad actoral, artística, temática que no tiene nada que envidiarle a ningún otro material de artistas consagrados. Una obra enorme que nos coloca lejos de ciertos parámetros aceptados, incluso como espectadores. Y si además pensamos que la obra fue vista por muchos estudiantes de la EMAE que seguramente pronto deberán encarar sus propios proyectos, el círculo nos cierra. En La mesa de devoluciones, Feldman señaló: “La obra, más allá de lo que contamos y cómo lo contamos, no somos sólo nosotros, sino que nosotros con los espectadores vamos haciendo juntos la obra. Por eso, en el final, no permitimos casi el aplauso y vamos a saludarnos porque estuvimos todos juntos ahí, haciendo esto”. Un gesto amoroso que resume con precisión el espíritu del Festival de Teatro de Rafaela.

 

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