Sobre La muerte de Manuel Quaranta y los límites

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Supuse que leyendo La muerte de Manuel Quaranta (Baltasara Editora, 2015), podría llegar a dilucidar alguna idea acerca de la muerte, de la elección de la muerte como idea para un primer libro. Fui crédula, nada de eso ocurrió.

La lectura del libro me dejó envuelta en un remolino caótico: tal como Quaranta se pregunta, circularmente, acerca de la muerte y sus avatares, yo estoy llena de dudas que me dejan en el mismo sitio, una y otra vez. Dudo sobre lo narrado, sobre la trama, el narrador, el argumento y hasta de la literatura.

No está demás la aclaración, aunque suene anecdótico -no lo es-: mientras promediaba la lectura, ocurrió todo el episodio ya públicamente conocido, de la querella que cierta viuda de famoso escritor le inició (sabrán dispensar la falta de identificación prudencial). No pude resistirme a la influencia de este hecho en la posterior lectura, cosa que no hizo más que aumentar el estado de vacilación en el que me encontraba entre esas páginas.

La muerte de Manuel Quaranta, al libro me refiero, nos lleva a una lectura circular en la que no pueden distinguirse una entrada ni una salida del texto. Ni siquiera podemos ubicar como referentes la primera y última página del libro, no. Antes de posar nuestros ojos en la primera letra, ya leímos a Quaranta o escuchamos sobre él. Lo mismo sucederá al final, tras la última hoja, contratapa, incluso. La obra y Quaranta se confunden.

Entramos (y sólo lo llamaremos así por una necesidad topológica) en el soliloquio del personaje, abrumado hasta la desesperación por la idea de la muerte que lo constituye y lo subjetiviza, lo define a él, a su entorno, su circunstancia, a su yo y a las cosas.

Quaranta, el autor, se burla de todo. De la realidad, de las ideas, de la filosofía, de la ficción. Se ríe hasta del lector. El narrador comienza a desdibujarse de tal forma que el lector se pregunta de quién es la voz que está escuchando, cuál de todos los personajes toma la palabra en cada caso. Incluso, si la voz del Quaranta-narrador está aún presente o se retiró del texto y nos dejó solos frente a la palabra. Uno se imagina un autor virtual, del otro lado del texto, como una pantalla, que nos susurra: cuidado, esto que estás leyendo puede que sea yo, puede que no, fijate. Se ríe, y sin embargo, también dudamos: ¿es él quien se ríe o soy yo quien no puede soportar lo angustioso de la muerte y elijo creer que eso es una risa y no un lamento, un aullido?

Hace más o menos un mes, en uno de mis viajes a Rosario, mi pareja y yo tuvimos la posibilidad de tomar un café con Manuel Quaranta. Hoy, después de leer La muerte de Manuel Quaranta, después de todo lo sucedido, me pregunto si fue real ese café, ese bar, si fue real Quaranta, el libro, Rosario y todo lo demás.