Roland Barthes, Diario de Duelo

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¿Quién sabe? ¿Tal vez un poco de oro en estas notas?

Roland Barthes, 27 de Octubre de 1987

Roland Barthes (1915-1980) empieza a escribir este libro que hoy conocemos como “Diario de Duelo” al día siguiente de la muerte de su madre, el 25 de octubre de 1977.

Lo hace a mano, en tinta azul, en unas fichas, que cortaba en cuatro partes a partir de un papel de hoja estándar, de las que siempre tenía a mano en su escritorio. Apuntes de pensamientos, emociones, recolección de algunos eventos pasados, mientras que cuando se trata de uno presente se menciona solo en relación a la aflicción que siente por la muerte de su madre.

Así, aunque las entradas comienzan el 26 de octubre de 1977 (“Primera noche de bodas. Pero ¿primera noche de duelo?“) y van hasta el 15 de septiembre de 1979, sólo se limitan a este tema, apenas sí podemos hacernos una idea de la rutina de sus días, sus compromisos profesionales, sociales. Momentos que se cuentan pero que se revelan inconsecuentes, sin dirección. En este sentido, no se trata de un diario convencional, no es un elogio de la cotidianidad, al paso del tiempo, la maduración; no hay enseñanzas más que la de la empatía, tanto más rica, mientras lo vemos convertirse en un personaje. Tampoco es todo lo escandaloso que puede ser un diario, sin confesiones o intimidades embarazosas -lo que, por otra parte, no arregla la discusión sobre si su publicación invade su privacidad o no, agregado a que el mismo Barthes no escribe en ninguna parte, dentro o fuera del diario, su deseo sobre publicarlo (“No quiero hablar por temor a hacer literatura —o sin estar seguro de que eso no lo sería— aunque de hecho la literatura se origine en estas verdades“).

Pero ciertamente el libro es un Barthes, que hasta cuando trata de entregarse enteramente al proceso (“…Sé que mi duelo será caótico“), a la desmesura de sus sentimientos, resulta ser sutil, elegante, intelectual, lleno de recursos. Pero, a pesar de estas cualidades que era inherentes a su escritura, advierte: “Al tomar estas notas, me confío a la banalidad que está en mí.” Tal es así que algunas de sus observaciones parten de una realización tardía, o directamente infantil, acerca de su propia muerte y de la de los otros, que en una de sus notas le parece ser un secreto de la vida descubierto solo a él, porque al ver a la gente en la calle no ve que ninguno se comporte como si estuviera al tanto de su propia mortalidad. Pero así es como llega a reconocer que siempre sintió miedo al momento en que su madre muriera, y “a partir de ahora ya no hay otro término sino mi propia muerte“, mientras tanto arriba el miedo a lo que ya sucedió (la muerte de su madre) concepto que leyó de Winnicott.

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El 30 de octubre descubre que los eventos no lo han destruido y reconoce en esto sus ganas de “vivir perdidamente, hasta la locura“. Al día siguiente escribe “Muchos seres me aman todavía, pero desde ahora mi muerte no matara a ninguno -ahí esta lo nuevo.”

La estructura episódica del diario da cuenta de que la narratividad, para el lector, es la cronología, de otra forma, la secuencia de las fechas debería ser autoexplicativa (esto se sigue de aquello). Pero no funciona así, porque si bien mientras no sabemos lo que sucedió en los intersticios de sus pensamientos y eso hace que el diario parezca invitar a la reconstrucción entre una entrada y la otra, esta lectura entorpecería la evocación de la realidad del duelo, que resulta ser autoimportante, por la forma en que los recuerdos tienen que ver con la intensidad y no con la temporalidad. Barthes se vuelve una y otra vez sobre las palabras que dijo su madre antes de morir “Mi Roland, mi Roland” y rompe en lágrimas, se retuerce en su aflicción: “las palabras que me dijo en el aliento de la agonía, hogar abstracto e infernal del dolor que me sumerge“.

Uno de esos días, después de haber estado llorando, escribe: “Así puedo cernir mi duelo. No está directamente en la soledad, en lo empírico, etc. (…) Está ahí donde se vuelve a desgarrar la relación de amor; el “nos amábamos”. El punto que quema más en el punto más abstracto…”. En los primeros días él parecía creer en una suerte de progreso, se decía estar olvidando la voz de su madre, “el grano mismo del recuerdo“, pero en el mes de agosto sus memorias ya son más sutiles y agudas, “me acuerdo del menor de sus gustos, de sus juicios”. Así es como advierte el carácter “discontinuo” del duelo y sobre su “duración amontonada, insignificante, no narrada, gris, sin recurso“. Se lamenta del “sufrimiento suplementario” por todavía poder reír con amigos, trabajar, socializar sin que lo noten afligido, la culpa por no estar más “desorganizado”, aunque admite que esto es un prejuicio, “¿Por qué vivir sin alguien a quien se amaba significa que se le amaba menos de lo que se creía?”.

La única figura literaria a la que hace mención es su admirado Proust, de quien cita unas cartas que el novelista envió después de la muerte de su propia madre y otra que envía a un amigo después de la muerte de la de éste. En éstas encuentra consuelo, la primera de ellas dice “en la noche (…) las almas son inmortales y un día se reunirán…”, que se alinea a la superstición de Barthes al mantener los rituales del mantenimiento de su casa tal como su madre los realizaba, sintiendo que esta era la única forma en la que mantenían un dialogo. Por otra parte reflexiona sobre el rol que cumplió durante la enfermedad de su madre, “Durante meses, fui su madre. Es como si hubiera perdido a mi hija (¿hay dolor mayor? No había pensado en eso)”, y así como reconoce esta confusión de funciones con su madre, y al mismo tiempo se deja ver que sufre por la confusión sobre cómo comportarse durante su duelo. Se sentía frustrado por la sensación de que no podía escribir el diario si no hablaba solo acerca de él mismo, nunca de ella. Su “egotismo”. Aflicción “siniestra”, tal vez porque en la reproducción que estaba llevando a cabo de su madre en su propia conducta -como copiar “pequeños gestos” o tener los mismos “fallos de memoria que creía que la caracterizaban”- percibiera el destino trágico en que el vivo se hace a imagen y semejanza del muerto.

Las lecturas de las cartas de Proust se van haciendo cada vez más frecuentes y en ellas parece encontrar un modelo que de alguna manera empieza a subsanar la sensación de estar perdido. En la segunda carta citada en el diario se lee: “Esté usted inerte, espere que la fuerza incomprensible que lo ha roto, lo levante un poco, digo un poco pues siempre guardará usted algo de roto. Dígase usted esto pues es una dulzura saber que no se amará nunca menos, que uno no se consolará jamás, que se acordará cada vez más.” Barthes hasta llega a tener el reflejo intelectual de hacer un atisbo de teoría respecto a la cultura del duelo en su sociedad, o a la falta de ella, y es en esas entradas que el lector de Barthes puede imaginar que estos eran, al menos potencialmente, los apuntes de un trabajo mayor en la línea de sus Fragmentos de un Discurso Amoroso. Pero, así como lo encontramos, el Diario de Duelo es una pieza hermana de Cámara Lucida, la obra oficial dedicada a su madre.

Texto de las fotos:

27 de octubre
—“¡Nunca jamás, nunca jamás!”
—Y sin embargo, contradicción: ese “nunca jamás” no es eterno ya que tú mismo morirás un día.
“Nunca jamás” es una palabra de inmortal.

29 de octubre
Cosa rara,su voz que conocía tan bien, de la que se dice que es el grano mismo del recuerdo (“la querida inflexión…”),no la oigo.
Como una sordera localizada…

10 de noviembre
Golpeado por la naturaleza abstracta de la ausencia; y sin embargo es ardiente, desgarradora.
De ahí que entienda mejor la abstracción: es ausencia y dolor, dolor de la ausencia —¿quizá es entonces amor?

10 de noviembre
Molesto y casi culpabilizado porque por momentos creo que mi duelo se reduce a una emotividad.
Pero ¿no ha sido toda mi vida sino eso: emoción?