Breve semblanza de Franz Boas

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Franz Boas es uno de esos antropólogos que uno conoce en cuanto ingresa a la carrera. Claro, como su producción es de comienzos del siglo XX, en las materias introductorias hay siempre alguna referencia a él.  Apenas se lo lee y en todo caso queda en la memoria del estudiante de antropología su influencia en la academia norteamericana, como fundador de la escuela particularista en la costa este, más precisamente en Nueva York.  Pero ni se comprende acabadamente el papel que le cupo en los años venideros, ni se conoce su obra en el amplio sentido de la palabra “antropología”. Hay más de un trabajo suyo que sorprenderían a los propios profesores de las materias introductorias.

Como alumnos directos tuvo a los más conocidos antropólogos de Estados Unidos. Comenzando por Margaret Mead o Ruth Benedict y llegando a Alfred Kroeber (para los lectores no antropólogos: Kroeber era el padre de Ursula K. Le Guin, la notable escritora de ciencia ficción), pero el cúmulo no se detiene. Robert Lowie y Melville Herskovits fueron también sus alumnos, por no mencionar al famoso Edward Sapir, aquel de la hipótesis Sapir-Whorf que hablaba acerca del relativismo lingüístico. Jules Henry, Ashley Montagu y Julian Steward, así como Leslie White, tomaron clases con él. Su influencia era tan evidente, que incluso muchos de sus alumnos adoptaron puntos de vista teóricos radicalmente diferentes a los de su profesor. Hasta en lo que no hicieron se nota su  alcance.

Su concepción de la cultura, como un entramado (se adelanta 50 años a la definición de Geertz), implicaba un alejamiento del evolucionismo unilineal decimonónico; antes de intentar formular leyes es necesario conocer a las culturas desde dentro y para ello el trabajo de campo ocupa un lugar central. Como anécdota vale recordar una carta que le escribió a su esposa (apenas casado salió de trabajo de campo) donde le cuenta cuánto la extraña y como el único refugio que encuentra cuando se harta de la otredad, es en el famoso texto de Kant, “La crítica de la razón pura”. Hay que ser un nerd con todas las letras para irse de campaña apenas consumado el matrimonio y encontrar consuelo en ese denso mamotreto.

Uno de sus fuertes aportes fue el de darse cuenta que las culturas nativas norteamericanas estaban siendo avasalladas por la sociedad mayor y que toda esa riqueza humana se iba a perder irremediablemente. Fue por ello que encomendó a sus alumnos que salieran a recorrer los caminos y tomaran nota y toda clase de registro de esas originales formas de vida, sabiendo que la diversidad cultural es un resguardo contra las respuestas únicas; una manera de ofrecer alternativas frente a una situación de vulnerabilidad global. Todo esto en un contexto con una fuerte carga etnocéntrica, toda vez que Estados Unidos se estaba erigiendo como la gran potencia mundial y al interior del país se menospreciaba no sólo a las culturas nativas sino también a la inmigración y también a los descendientes de los africanos que hacía menos de 50 años habían sorteado la escalvitud.

Como parte de su lucha contra los prejuicios llevó adelante trabajos de investigación donde comparaba ciertas variables antropométricas de padres extranjeros con las de sus hijos nacidos y criados en los Estados Unidos. De esta forma comprobó que las diferencias no se debían a cuestiones biológicas, como aseguraban las poderosas posiciones racistas de la época (y de la actualidad podemos decir), sino al medio ambiente sociocultural (mucho más beneficioso en América en aquellos tiempos que en la difícil y empobrecida Europa).

De hecho Boas es reconocido como uno de los padres de la auxología moderna (es decir del estudio del crecimiento y desarrollo de los seres humanos) y uno de los descubridores del tempo de crecimiento de los individuos, que indica que las velocidades de desarrollo de los diferentes órganos no actúan todas de manera uniforme (el caso más notable es el famoso “estirón puberal”). Vale la aclaración que en aquellos tiempos la auxología formaba parte del bagaje metodológico de todos los antropólogos y que por estas cuestiones de la división posmoderna, hoy se encuentra circunscripta a la denominada antropología biológica.

¿Cómo es posible que se reconoce por unanimidad la complejidad del fenómeno de la sociedad y las culturas humanas, pero no se instrumentan los métodos adecuados para dar cuenta de semejante característica? Las ciencias sociales en general parecen hipnotizadas por la escritura, dejando de lado otras formas de construir el conocimiento que, luego de un análisis epistemológico, se revelan complementarias y en muchos casos superadoras. Bien haríamos los practicantes de la antropología y de las ciencias sociales en general en recordar a Boas y en tratar de imitar su mirada, amplia y variada, sin perjuicio de perder la propia especificidad.