Mi vieja y querida dama

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Paris permite el lucimiento de buenos actores de habla inglesa  

En nuestro reciente “Balance semestral de estrenos 2015” se señalaba la creciente preocupación derivada de la hegemonía del cine norteamericano en nuestra cartelera cinematográfica.

Cuando aparece una película europea es recomendable que el potencial espectador no deje pasar muchas semanas desde su estreno si su intención es verla.

Dicho consejo se aplica a “Mi vieja y querida dama”, cuyo título original (“My Old Lady”) es más representativo de la trama, al referirse a un sistema muy peculiar de Francia. “Viager”, tal su nombre, podría traducirse como “vitalicio” ya que quien vende una propiedad puede permanecer en ella hasta su muerte.

Mathilde Girard (la gran Maggie Smith) le vendió con dicho sistema una lujosa residencia en el cuarto distrito (arrondissement), también conocido como Marais, al padre de Mathias Gold (Kevin Kline). Éste llega a Paris (su padre ya ha muerto) dispuesto a reclamar la propiedad ignorando que en ella vive Mathilde de 92 años de edad y excelente salud.

Pero el “viager” no le permite el usufructúo de la propiedad y peor aún lo obliga a pagar un alquiler a la “vieja dama” si su intención es ocupar parte de dicha pertenencia, lo que finalmente acepta.

Pronto comprobará que allí también vive Chloé (Kristin Scott Thomas), la hija de Mathilde, con la que mantendrá numerosas disputas con la ventaja de saber que cuando fallezca la madre, Chloé no tendrá derecho a reclamo alguno.

Cuando Mathias indague qué hacía su odiado padre en Paris se descubrirán nuevos vínculos que no conviene revelar. De todos modos, el espectador sentirá que lo que se le ofrece tiene cierto aire de obra de teatro, expresión no necesariamente peyorativa, lo que se explica dados los antecedentes de Israel Horovitz, su director. Nacido en 1939, se trata de su primer largometraje de ficción, que tuvo que esperar 75 años de su vida para salir a la luz. Claro que Horovitz tiene en su haber varios guiones (“Los intocables/Machine Gun McCain”, “Al borde del precipicio”, “Las fresas de la amargura”, “Qué buena madre…es mi padre”) y experiencia en dirección teatral.

Es justamente esta última la que explica la acertada elección de sus intérpretes que son una de las fortalezas de la película. Nos devuelve al Kevin Kline de la década del ’80 y en el caso de Scott Thomas nos demuestra que es la más francesa de las actrices inglesas, como lo revela su reciente filmografía. En roles secundarios se lucen Dominique Pinon (“Delicatessen”) y Noémie Lvovsky (“Verano del ‘79”).