La Wagner, Pablo Rotemberg

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Pablo Rotemberg, al igual que en anteriores propuestas como La idea fija, Las Vírgenes o Savage, reafirma el análisis crítico de la diferencia de género y de sexo producto del contrato social heterocentrado. Ofrece la posibilidad de pensar los cuerpos más allá de la categoría binaria: hombre o mujer, masculino o femenino, heterosexual u homosexual, ya que en escena los actores han sido despojados de las performatividades normativas o estas han sido parodiadas a través de la coreografía con repeticiones en serie de las prácticas asociadas con el placer sexual.

En esta oportunidad, en La Wagner, cuatro bailarinas, con zapatillas y rodilleras por único vestuario: Ayelén Clavin, Carla Di Grazia, Josefina Gorostiza y Carla Rímola, reitera lo dicho. También propone pensar el cuerpo como máquina y el sexo como tecnología de pulsión, pero ya no pornográficamente codificada (la educación sexual recibida a través de la pornografía hace coincidir el placer sexual con determinados órganos logrando determinadas reacciones anatómicas). Vemos, por ejemplo, a una de las bailarinas obligando a otra a practicarle sexo oral a sus dedos y así cuestionar la reducción del cuerpo a zonas erógenas en función de la distribución asimétrica del poder entre los géneros femenino y masculino.

En la misma línea ponen en evidencia que otra distribución de la violencia es posible y que la arbitrariedad de dar a un órgano el poder de instaurar la diferencia sexual y de género nada tiene que ver con la naturaleza.

En el espacio despojado es la luz y la música de Wagner el primer párrafo del contrato tácito que el director firmará con el espectador. La manera poética de presentar la luz como la primera de las cinco presencias, la tecnología que modificará la mirada del espectador sobre los cuerpos, el modo de David Seldes, a cargo de la iluminación, de mostrar y ocultar varios puntos de vista en el mismo plano. Es La Wagner otra de las maneras de Rotemberg de cuestionar los códigos de representación que excluyen la posibilidad de algunos cuerpos de ser sujetos en sus prácticas sexuales, y de volver a explorar a través de este teatro profundamente político, los límites del cuerpo escénico.