Placer y martirio

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¿Relato moral? ¿Un híbrido entre telenovela y cine de autor? ¿Historia de clase? José Campusano, director que venimos acompañando desde este sitio con entusiasmo y respeto, se reinventa en su ultimo opus como el gran manipulador de la crítica argentina, aquella que prefiere regodearse en sus propias palabras antes que olfatear una debacle, la que sigue la inercia de un fenómeno antes de sincerarse frente a una pelicula tramposa y tan manipuladora como su personaje principal.

Con Vil romance o “Vikingo” Campusano había instalado una discusión casi extraña, y muy sana por cierto, en el campo cinematográfico relacionada con que el cine argentino se producía desde una mirada de clase y algo más interesante todavía, que la crítica tambien se hacia, se hace, desde una mirada de clase.

Había costado largas discusiones, tal vez de las más interesantes de la ultima década entendiendo que si hay algo que no tenemos es una crítica muy sagaz, ubicar esa estética “bruta”, de los márgenes, “desprolija” con temas a los que el cine argentino se había animado desde las mismas escuelas de cine o festivales de la clase media, intelectual, progre, culta en algún estamento posible. El cine de Campusano lo descolocaba todo.

Con el tiempo, las observaciones pasaron por la prolijidad en progreso, su coqueteo con el maisntream, y el paulatino perfeccionamiento formal. Elementos que parecen llegar en Placer y martirio a un momento fundamental: el cambio de timón desde los barrios bajos de Quilmes hacia Puerto Madero, parecía justificar esta historia de mujeres insatisfechas, aferradas al “recocijo de la imposibilidad” de relaciones amorosas obtenidas como ganancia capital. El paisaje, algo desdibujado, de una de las zonas más rica de Buenos Aires no es suficiente para hablar de los problemas existenciales de la clase alta, como sí lo es la manera en la que se mueven en otros contextos las criaturas desangeladas de Fango o Fantasmas de la ruta.

Placer y martirio, cae en la maqueta, en la excesiva justificación de los actos, en el arquetipo burdo (orgias sexuales de señoras aburridas?, la fotógrafa contratada para hacer tomas de una relación sexual?), diálogos antinaturalistas que producen distancias insalvables. Nunca vamos a entrar en el corazón de estos personajes, no nos atraviesan con sus pasiones, sus obsesiones o sus paranoias. Es más, lo que parece querer disfrazarse con este antinaturalismo intencionado, en realidad, digamoslo con todas las letras, tiene que ver con actuaciones débiles, muy poco virtuosas, responsables que la pelicula se caiga al terminar la zona de créditos, más exactamento en los primeros dos minutos 30 segundos, los más interesantes de toda la pelicula: dos breves plano-secuencia en los que Delfina y su amiga recorren un gran espacio SUM acompañadas por la música de Claudio Miño, que parece ser el único elemento formal que interpreta o intenta transmitir una punta de algo de lo que puede llegar a pasarle a estos personajes.